Un novato en la ciclovía

‘”Escribe sobre algo que no te guste. Ve a la ciclovía y escribe de eso”. Sospecho que el consejo encerraba además la insinuación de que estoy gordo.’

El bloqueo creativo llegó antes de enfrentarme a la hoja en blanco. Esta vez llegó en el momento de elegir un tema sobre el cuál escribir y “no sé sobre qué escribir” se convirtió con rapidez en un mantra. La solución llegó en forma de consejo: “Escribe sobre algo que no te guste. Ve a la ciclovía y escribe de eso”. Sospecho que el consejo encerraba además la insinuación de que estoy gordo.

33 años, más cercano de los 90 kilos de peso que de los saludables 75 recomendados por el doctor, un paquete de cigarrillos al día (dos cuando estoy estresado), malos hábitos alimenticios y un sedentarismo que rivaliza con el de Cerati. Nunca he ido a la ciclovía y nunca me he interesado por hacerlo. No me interesa hacer parte de la nueva onda fitness, sentirme lleno de vitalidad gracias al ejercicio y publicar en Instagram selfies desde el gimnasio usando camisetas talla S bañadas en sudor.

Sin embargo, la idea me sonó. De pronto era más fácil abordar algo nuevo y escribir sobre eso y ver qué salía. Y no lo quise reconocer, pero de pronto era algo que me quedaba gustando. A los 33 va quedando atrás la inmortalidad de los 20, esa actitud prepotente del que cree que su cuerpo no le va a pasar nunca factura por los excesos cometidos.

La Mylanta le empieza a hacer competencia al aguardiente y el “dámelo en combo agrandado y con adición de queso y tocineta” le va cediendo el paso al “mejor no, me cae pesado comer eso a esta hora”.

Ir a la ciclovía involucra más de lo que pensaba. Mis domingos han estado reservados desde hace años para el sueño hasta el medio día, pero en aras de la investigación me propuse madrugar a las 9:30 de la mañana. Media hora después, estaba listo y manejando hacia la allá. Sí, manejando. Ir en carro a un sitio para bajarme a caminar o montar en bicicleta es estúpido y contradictorio, pero después de ponderarlo por mucho tiempo decidí que era la única forma de llegar; de lo contrario, me arriesgaba a cansarme antes de llegar y tener que devolverme derrotado y con el rabo entre las patas.

Al parquear en un centro comercial, me reconfortó ver que no era el único que había llegado a en carro. Sin embargo, no fue tan reconfortante descubrir que de los otros carros se bajaban personas de la tercera edad o padres con niños pequeños.

Internarme en el torrente de gente que invade la ciclovía de la Avenida del Poblado un domingo en la mañana no fue tan intimidante como esperaba. No fue el desfile fashionista que imaginaba encontrar, ni tampoco un carnaval de endorfinas emanadas por dioses griegos encarnados en paisas. Era poca la gente que se esforzaba en llamar la atención y destacar, y poca también la gente que se esforzaba por parecer que no tratar de llamar la atención, por parecer artificialmente casuales.

Tuve que bajarme del prejuicio y reconocer que estaba equivocado. Las familias con hijos, familias con perros y familias con abuelos dominaban el paisaje, más atentos según el caso a lo que hacía niño, el animal o el abuelo, que al rendimiento físico propio o de terceros. El ambiente distensionado y poco pretencioso me gustó y me contagió lo suficiente como para recorrer un par de kilómetros a paso relajado y sin sentirme observado y evaluado por un panel de atletas profesionales.

Al terminar no me sentí más saludable ni más renovado. No me hizo replantear mi estilo de vida ni tomar medidas encaminadas a preservar mi salud. Ir a la ciclovía no me cambió ni me hizo mejor persona, no me convirtió en un paladín más de la moda “fit” que pregona incesantemente los beneficios del ejercicio. Pero mientras manejaba hacia mi casa y me fumaba un cigarrillo, concluí que no es tan mal plan como me imaginaba. De pronto vuelvo la otra semana.

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