Ricardo Darín: Un actor poco común

Diners conversó en Buenos Aires con el actor Ricardo Darín sobre política, Hollywood y lo que lo hace realmente feliz, a propósito de su nuevo papel como presidente de Argentina en la película La cordillera.

Para tratar de entender cómo es Ricardo Darín hay que caminar por el barrio Once, de Buenos Aires, entre comercios de ropa y telas, casas y antiguos negocios de la comunidad judía. “En esa puertecita se crió Ricardito. Es del barrio”, me cuenta alguien, orgulloso del origen del rostro más reconocido del cine argentino, al pasar por la calle Hipólito Irigoyen, donde está el edificio en el que vivió de niño.

Darín evoca el prototipo del hombre medio porteño, el vecino guapo y sonriente con el que uno se podría cruzar en un día de suerte. El hombre común que, sin embargo, como refleja en sus películas, se enfrenta a situaciones extraordinarias. Esa personalidad le ha permitido interpretar decenas de personajes. Desde un taxidermista en El aura, pasando por estafador en Nueve reinas, hasta ferretero en Un cuento chino, detective en El secreto de sus ojos e ingeniero experto en explosivos en Relatos salvajes. En su nueva película, La cordillera, que se estrenará en Colombia el próximo 2 de noviembre, actuará en el rol de Hernán Blanco, el presidente de Argentina. Será la primera vez que interpreta a un hombre público, a un político, y no a un argentino típico, con su vida y sus penurias privadas.

En la película La Cordillera, Ricardo Darín interpreta a Hernán Blanco, un presidente argentino que enloquece por el poder y se ve envuelto en un caso de corrupción. /Foto: Diego Araya

En el país austral todos lo conocen. En la calle hablan de él como si fuera su amigo; los periodistas le dicen coloquialmente “boludo” y él se muere de risa. Cuesta encontrar quién se queje de él. Es difícil verlo enojado aunque sus comentarios políticos no gustan a todos; tiene buen humor y siempre mira a los ojos.

La imagen visible

Ricardito se convirtió en Darín ante los ojos de los argentinos. Lo vieron como un niño en la película He nacido en la ribera, en 1972; se acostumbraron a su cara en una publicidad de Pepsi; lo miraron hacerse novio de Susana Giménez, una de las vedettes más reconocidas del país; ser protagonista de telenovelas e instalarse como uno de los galanes del momento; luego desmarcarse de esa imagen y actuar en teatros de Buenos Aires y Madrid; hacerse famoso en el cine del país. Lo vieron volverse Darín, la imagen más visible del cine argentino y, si se quiere, latinoamericano.

Su primera película fue a los once años y él la odia, pero ya trabajaba desde los seis junto a sus padres, Ricardo Darín y Renée Roxana, “dos actores sin suerte”, como ha dicho. Ahora tiene sesenta años.

Se-sen-ta, no sé dónde. Es el primer pensamiento mientras él saluda por el nombre y se acerca con esa mirada que hemos visto tantas veces en el cine: ojos bien azules, ojeras y una sonrisa a medio camino, de esas que resaltan las líneas de expresión y hacen que los ojos sonrían también, como escudriñando a quien tiene al frente.

Aparte de un sacerdote que interpretó en Elefante blanco, que también es un político, en cierta medida, se trata de la primera vez que hace el rol de un presidente; lo encaro para saber si después de tantos años se cansó de esa etiqueta de “hombre normal” que le ha otorgado el cine y comienza a explorar otras facetas. “Siempre fue una fantasía imaginar cómo será esta gente (los políticos) en su ámbito privado; qué pasará cuando llegan a su casa y sus parejas les preguntan cómo te fue y ellos responden: ‘supongo que bien porque pude decir lo que realmente pienso’ o, en una versión b, dirán: ‘bien, porque logré engañar a mucha gente’”, dice.

Muchas preguntas. Pero en ellas está la razón por la que aceptó este papel en La cordillera, dirigida por Santiago Mitre. En el marco de una tensa cumbre de presidentes de América Latina ocurre una serie de situaciones oscuras. No solo aparecen las tensiones del balance de poder de la región, sino que salen a flote las áreas grises y los líos familiares bien ocultos de un presidente con un apellido paradójico: Blanco.

El director Santiago Mitre/Foto: Diego Araya

A pesar de ser premiado más de 32 veces, sin contar el galardón a su trayectoria que recibió en el pasado Festival Internacional de Cine de San Sebastián, Darín dice que no enloquece por el poder como su personaje Hernán Blanco.

“No es que no me atraiga. Pero sí me cuesta mucho dar mi brazo a torcer. Estando en una institución, la que fuere, uno necesariamente está obligado a negociar y yo soy bastante ‘cuentapropista’ en ese sentido. Acceder a que me hagan decir algo en lo que no creo, porque nos conviene, me costaría mucho en término de glóbulos de sangre”, dice.

Ya en otros momentos le han cobrado sus opiniones. Darín ha sido crítico de los gobiernos de su país. En una oportunidad se quejó de los casos de corrupción de funcionarios del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y ella arremetió contra él; en otras, ha criticado la situación económica de los argentinos y al gobierno actual.

No se arrepiente. “Yo nunca he dado definiciones ni partidistas ni políticas profundas, a lo sumo me atreví a decir en voz alta algo que se preguntaba la gente hace mucho tiempo. No solo con respecto a la presidenta y su familia, sino a los funcionarios en general”, explica. “¿De dónde sacan esas fortunas?, ¿cómo puede ser que nos tomen el pelo de esta forma?, me pregunté yo y creo que eso no es partidista, sino de sentido común ciudadano”, agrega.

Por eso, explica Mitre, director de La cordillera, en la película se cuidaron de identificar a Hernán Blanco con alguno de esos presidentes. De la misma forma que evitaron hacerlo con los demás mandatarios de América Latina aunque sea difícil alejarse de los estereotipos de la geopolítica tradicional. Colombia no aparece. “Teníamos un presidente de tu país, pero el actor –un amor– se nos desmayó cuando filmamos a 3.000 metros de altura”, asegura Darín.

“No soy un antiyanqui”

Una de las etiquetas que han perseguido a este actor es que no le guste Hollywood, una imagen que él se apresura a desmentir. “Me han hecho una fama de antiyanqui que es injusta porque admiro cosas de muchos ciudadanos norteamericanos y, además, no me gustan las generalizaciones. No se puede decir que todos son de una cierta manera. Hay gente valiosísima y también hay hijos de puta en todas partes del planeta”, dice.

Habla de la oportunidad en la que rechazó una propuesta de Hollywood. “Dije que no porque no me atrajo la propuesta concreta, no porque tuviera algo en contra de nadie”. Las razones del rechazo guardan relación con su forma de ver el mundo. El director Tony Scott (Enemigo público) lo convocó para hacer Hombre en llamas, que protagonizó Denzel Washington, pero quería que Darín interpretara a un narcotraficante mexicano. “Me molestó que tuviera que ser necesariamente mexicano. Pero lo que más me molestó es que digan que quería más dinero. No, no me interesa”, dijo el actor en una entrevista en la televisión argentina que se hizo viral.

Pero ¿y si le llega otra propuesta atractiva en términos cinematográficos? “No sé. Soy de los que creen que no hay herramienta más grande para el actor que el pensamiento y yo pienso en un idioma. Podría repetir en otra lengua, de hecho lo hice un par de veces en francés y en inglés; pero pienso en mi idioma. Es mi cultura, mi idiosincrasia, es lo que mamé y es mi estructura de pensamiento”, dice y continúa: “No digo que no lo pudiera hacer, pero me llevaría mucho trabajo y para eso necesitaría que fuera una propuesta atractiva”, agrega Darín, quien lleva una barba abundante, parte del personaje que hará en una película dirigida por el iraní Asghar Farhadi, junto a Javier Bardem y Penélope Cruz, con productores norteamericanos.

Ricardo Darín recibió el premio Donostia, que reconoce su trayectoria profesional, en el pasado Festival Internacional de Cine de San Sebastián./Foto: Cortesía Festival Internacional de cine de San Sebastián

En familia

Si la vida en el barrio Once permite entender cómo logra esa sensación de cercanía con su público, hay que ir a su vida familiar para comprender que su relación con el dinero y la fama van más allá de una pose. Su padre, que fue aviador, “poeta anarquista” y actor de radionovelas, no creía en la propiedad material de las cosas, algo que contribuyó a desgastar la relación con la madre de Darín. Las discusiones de la pareja eran el pan de cada día y siempre por lo mismo, la forma desapegada en que su padre se relacionaba con el dinero. Hasta que el propio actor, siendo un niño, les pidió que se separaran.

El actor se chocó con la realidad cuando su padre murió y junto con su hermana Alejandra, también actriz, fueron a desarmar el apartamento alquilado donde vivía el viejo. “No tenía nada. Dos pares de zapatos, un juego de cubiertos, su casa estaba desprovista de todo, de una austeridad tal que vos decís ‘ah, bueno, el tipo vivió como pensó’, con una contundencia que es difícil de encontrar”, recordó Darín. Y a él le dedicó su Premio Goya.

La actuación en la sangre de Darín viene de su abuelo, de origen italiano, que tuvo un teatro que luego perdió. Pero fue gracias a sus padres que desembarcó en la actuación. “Casi por azar”, ha dicho él.

El salto al drama que le permitió ser tomado más allá del galán vino de una llave con Juan José Campanella, que muchos años después lo condujo al premio Óscar. Darín protagonizó El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia, Luna de Avellaneda, todas de Campanella, quien finalmente se llevó el premio a mejor película extranjera con El secreto de sus ojos.

En el camino, hizo otras más (85 en total) y es quizá por eso que en Argentina se suele bromear con su omnipresencia. “La gente cree que salgo en todas y no es tan así”, dice él. Aunque también se confiesa jarto de que le digan que actúa de sí mismo. “A veces me canso de mí mismo. Digo: ¿otra vez yo?”, bromea él que, para variar, dirigió una película llamada La señal.

Con ese tren de películas, pareciera que nunca habría buscado trabajo. Pero ¿Cuáles son esas oscuridades de Darín?, le pregunto. “Yo tengo días y días. Hay unos que creo que la vida es maravillosa y vale la pena incluso ser infantil y optimista, a pesar de todo, salir a la calle, poner la cara y seguir en el mano a mano con la vida; y tengo otros oscuros, en los que espero que el día se acabe rápido, porque me doy cuenta de que mi felicidad es muy acotada y me pregunto si no tendría que estar haciendo más”, dice. Vuelve a responder con las preguntas que se hace para sí mismo e intenta profundizar su respuesta.

“Teniendo una perspectiva de 360 grados es muy difícil encontrar felicidad cuando estamos en contacto con la realidad. Es tan perversa la disposición geográfica que hace que un chico nacido en barrios de América Latina o de África no tenga las mismas posibilidades que uno de Ámsterdam, que es muy difícil encontrar pequeños espacios para disfrutar de una felicidad acotada”.

“El tema es que no me alcanza con que la vida sea mejor para mí. Necesito que sea mejor para la mayor cantidad de gente. Sentirse privilegiado a veces es como una condena”, remata Darín, que suele poner los dedos sobre sus dientes al contestar.

Se acaba el tiempo. Se apaga la grabadora. Pero ahora es Darín quien pregunta como si hiciera un pase de tenis que tanto le gusta, a un jugador que no la vio venir. “Contame de tu país. ¿Está mejor la cosa en Colombia?”. Le hablo del logro del proceso de paz, de la polarización y del conflicto que aún está vivo. Quiere saber de política. “¿Escuchame, y ves alguna opción política de esperanza para tu país?”, suelta, pero la respuesta queda abierta.

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