Los tres deseos por Juan Gossaín

Recuerde cuando Juan Gossaín entró al mundo de la ciencia ficción, con este relato del libro Puro Cuento, cedido en exclusiva para Revista Diners.

Después del éxito de La balada de María Abdala, lanzada hace un año en cien mil ejemplares por la Revista Diners y ya con siete ediciones en Editorial Planeta, Juan Gossaín publica ahora Puro Cuento, donde se aleja de San Bernardo del Viento y se adentra en la ciencia ficción y aborda grandes personajes y mitos de Occidente, así como sus propias mitologías personales. Publicamos este relato de Puro Cuento, cedido en exclusiva para Revista Diners.

Con una vieja lata de pintura que había transformado en ducha, y un jabón de lavanda, Nicanor acababa de bañarse a la intemperie en la obra de construcción donde ejercía como oficial de albañilería, y sin embargo aún estaba agotado y sudoroso cuando vio la botella entre la basura del matorral. Iba cabizbajo para su casa, concentrado en limpiarse con la navaja los residuos de cemento y arena que se le quedaron atrapados en las uñas, pateando a su paso las cajas vacías de chicles, las bolsas de leche, el envoltorio pegajoso de las paletas, los vasitos con pulimento de cera en que vienen los helados, los cadáveres de las cosas, un reflejo que le sobrevivía desde sus años de futbolista profesional, que fueron breves, pobres y anónimos.

Lo que realmente le atrajo de la botella, por lo demás vulgar, fue el color verde intenso, casi negro, y el vidrio grueso y oscuro que espejeó bajo el último sol de la tarde. No parecía que en su buena época hubiera contenido vino, porque era más pequeña de lo habitual, sin llegar a serlo tanto como la media botella que sirven en los restaurantes de postín a los parroquianos tristes que almuerzan solos.

Nicanor tampoco tenía noticia de una gaseosa que se vendiera en envase similar. La cerveza, en fin, y él lo sabía bien por las escabrosas tertulias de los sábados en la tienda de la esquina, mientras el capataz de la obra liquidaba los pagos de la semana, se envasaba en botellas de un color ambarino para amortiguar los desperfectos que pudiera ocasionarle la luz.

La levantó del piso y buscó en la tersura del vidrio alguna señal que lo ayudara a precisarle el origen. No tenía etiqueta alguna ni impresión labrada a fuego sobre el cristal, como él había visto en los frascos antiguos de la alacena de su abuela. La botella estaba pulida por el uso y había algo de lustrosa dignidad en su destino de desperdicio callejero.

Con la manga de la camisa y un poco de cariño, Nicanor le limpió el pico, que no tenía roscas, por lo que dedujo con buen juicio que debía de taparse con un corcho. Mientras la frotaba, ocurrió el prodigio. Lo primero que oyó fue una música sedante que salía de la botella, una tonada adormecedora, como las melodías de anestesia que ponen en los consultorios de odontología y en los ascensores de los edificios de oficinas, y vio que echaba por la boca un hálito liviano, que recordaba la gasa de las cortinas o el humo de una vela blanca, y enseguida se disolvió en el aire quieto del atardecer.

Luego sintió la voz. Era demasiado juvenil para causar miedo, y no podía decirse de ella que transmitiera una impresión de misterio o de algún asunto sobrehumano.

La voz de la botella hablaba de forma natural, pero con el acento cómico de altibajos, entre agudo y grave, salpicado de falsetes, que tienen los muchachos impúberes cuando están entrando a la edad del desarrollo.

–Pide tres deseos –dijo la voz– y te serán concedidos.

Lo primero que se le ocurrió pensar a Nicanor fue que se trataba de uno de esos modernos cachivaches japoneses, que antes funcionaban con un modesto ingenio de cuerda, pero que en los años más recientes vienen dotados de un circuito microscópico de computador, que los hace hablar con una sinceridad tan humana que cualquiera podría tomarlos por una persona.

La voz guardó silencio a la espera de una respuesta. Nicanor, a su turno, creyó en vano que el disco empezaría a girar de nuevo. “Es un juguete de audio sin video”, se dijo luego el albañil, desencantado, mirando con un solo ojo por el pico de la botella.

–Estoy esperando –dijo la voz, con cierto aire de impaciencia.

Nicanor dio un respingo y ahora tomó en serio la reconvención. Se puso a pensar que sería preferible compor-tarse como un idiota cándido, sobre todo si no estaba presente ningún extraño que se burlara de su ingenuidad, en vez de desperdiciar en suspicacias lo que podría convertirse en la única oportunidad feliz de su vida menesterosa de futbolista mediocre, obrero sin destino, bebedor de cerveza avinagrada los sábados, pobre diablo del palustre y la plomada. “Con probar nada se pierde”, murmuró, en un afán de consolarse por sus propios medios.

–¿Lo que yo quiera? –preguntó, todavía desconfiado y titubeante.

–Lo que quieras –respondió la voz–, mientras no me pidas nada que haga relación con la política.

Nicanor detuvo la marcha. Se sentó a la vera de la calle, pocos metros antes de la esquina, y puso la botella en su regazo, como si tratara de dormir a un niño, mientras ganaba tiempo y ponía orden en sus emociones.

–Quiero una hamburguesa con doble carne y queso –dijo, para medirle la seriedad al negocio, que tampoco era asunto de tragarse el cuento sin hacer verificaciones.

Un plato apetitoso apareció a su lado. El albañil miró en torno suyo y comprobó que no había nadie a la redonda, ni mensajero alguno, excepción hecha de la tullida que dormitaba en la mecedora de la esquina. Estaba casi a cien metros. “Ni que pudiera caminar”, pensó. Tampoco era uno de los platos desportillados en que servían las empanadas con ají de la tienda los sábados por la tarde.

El jugo de la carne, que hervía como lava, le entró por la nariz y los ojos. “Los seres humanos son incomprensibles”, pensó la voz, asombrada, desde el fondo de la botella. “Se gastan un deseo en un pedazo de carne”. Nicanor comía con avidez.

–Las papas fritas van por cuenta mía –dijo la voz, con tono risueño, para entrar en confianza, y el albañil planteó su segunda petición masticando a conciencia.

–Quiero ser el hombre más rico de este barrio –dijo.

–Pero si en este moridero no hay ricos –replicó la voz.

–De eso se trata –insistió Nicanor–. Quiero ser el primero.

–Lo serás –dijo la voz, sin más regateos–. Cuando llegues a tu casa, estará repleta de oro, dinero y joyas. ¿El tercero?

En ese preciso instante se le vino a la cabeza la idea redentora, como un rayo de luz, y suspendió la comida. Maravillado, con la boca abierta, puso las sobras de la hamburguesa en el borde del plato, abandonó las papas que traía en camino, se limpió los labios con el envés de la mano sucia de cemento seco, se restregó los dedos grasientos en el faldón de la camiseta raída, que decía “Disneyworld” en el pecho, y guardó silencio.

Calculó todos sus movimientos con una calma minuciosa y después se puso la botella frente a los labios para que la voz lo oyera sin llamarse a errores.

–Mi tercer deseo –exclamó con voz timbrada y fuerte– es que me concedas tres deseos más.

Reinó el silencio. Nicanor supo que había atinado en el blanco porque la voz estaba atónita. “Este hombre es más loco de lo que yo creía”, pensó la voz.

–Nadie me ha pedido eso en veinte mil años que llevo en este oficio –le contestó.

–Me dijiste que podía pedir lo que quisiera –dijo Nicanor, recordándole su promesa.

–De acuerdo –respondió la voz, con voz resignada, y no pudo evitar que se le escapara un gallo a causa del pánico.

Aclarado el percance, Nicanor siguió diciendo que quería disponer a su antojo del corazón de las mujeres más hermosas de la Tierra y añadió, en segundo término, que desearía darse el gusto de anotar un gol en las finales del campeonato mundial de fútbol.

–Estás complacido –dijo la voz, recobrando su confianza en la sensatez de los hombres–. Y el tercero…

–Que me concedas tres deseos más –dijo Nicanor, temblando.

Ya estaba bien entrada la noche y seguía pidiendo sin prisa pero sin pausa: exigió manjares exóticos y permanentes para su mesa, pero con la condición accesoria de no engordarse jamás; la voz le explicó que una cosa eran los manjares y otra, muy distinta, no subir de peso, por lo que se trataba, en realidad, de dos deseos separados que no podían formularse como uno solo.

Nicanor, que antes de ser obrero se había ganado la vida como citador de un juzgado, le reviró diciendo que en realidad se trataba de un otrosí al deseo anterior, pero que en resumidas cuentas no valía la pena gastar pólvora en discusiones baladíes, y que poco importaban esas argucias de abogado, porque le iba a seguir pidiendo tres deseos más hasta el día en que se muriera, o más bien, corrijo, hasta la consumación de los siglos invariables y eternos, porque, ahora que lo digo, entre los deseos que pienso pedirle a continuación está el de no morirme jamás, per omnia secula seculorum.

La voz lo miró, pasmada, pero de poco tiempo dispuso para la perplejidad. Nicanor le reclamó unas becas para los estudios de sus hijos, y la voz le decía, con la sana lógica de que siempre han hecho gala los genios orientales, que, tras la inagotable cantidad de riquezas que le había concedido, ya no necesitaba que le regalaran becas, porque en lo sucesivo él podría comprar las universidades, construirlas, inventarlas, sobornarlas o patrocinarlas, que es lo que siempre han hecho los ricos, pero Nicanor le devolvía la pelota de la lógica diciéndole que eso no importa, que tres deseos multiplicados en una progresión geométrica hasta los límites invisibles del infinito se hacen inagotables y hay que inventar peticiones nuevas, aunque sea para satisfacer carencias que no existen ni se padecen, porque de lo contrario se acaba la lista, se extingue el inventario de antojos, los hombres se declaran satisfechos y uno termina por aburrirse.

–Estoy hablando de necesidades que no necesito –dijo Nicanor.

Entonces la voz tuvo que admitir la verdad irrefutable que iba implícita en los raciocinios del albañil.

Reconfortado por ese triunfo, Nicanor, que ya se estaba quedando dormido, recuperó energías y le ordenó atavíos de seda para su mujer, demandó una casa de cien aposentos adornada con piscinas termales que enfriaran por sí solas en verano y calentaran con la primera gota de lluvia que les cayera en invierno; dijo que apetecía haciendas de veraneo, tierras de labranza, hatos de ganado, playas privadas para su exclusivo regodeo.

A la una de la mañana la negociación se había convertido en un frenético carnaval de requerimientos. Nicanor había presentado ya mil doscientos veintiocho deseos diferentes y aun así su imaginación era más fecunda que su avaricia.

En el momento en que estaba tomando aire para iniciar, por fin, el segmento de peticiones relacionadas con la inmortalidad, Nicanor oyó un sollozo en el interior de la botella.

–¿Qué te pasa? –le preguntó a la voz, pero la voz guardó silencio.

“A buena hora vengo a descubrir”, se dijo la voz, para sus adentros, “que no es posible satisfacer la ambición de los hombres”. El sollozo pronto se convirtió en gimoteo y luego en llanto. La voz lloraba con un quejido infantil si que también tenue pero no por ello menos lastimero.

Nicanor sintió que la compasión, la carga de sus emociones y el cansancio le estaban produciendo sueño. Empezó a cabecear.

–Nadie es inmortal –murmuró el genio de la voz–. Ni yo, que hasta hoy lo era.

–¿Qué dices? –preguntó Nicanor, entreabriendo los ojos, y la voz calló de nuevo.

Los primeros obreros de la madrugada, que bajaban por la calle rumbo a sus quehaceres, lo encontraron dormido en la acera y junto a él había una extraña criatura muerta, con figura de hombre, poco más grande que un ratón, de ojos verdes y enorme cabeza. Una hora después, alertados por los transeúntes, los inspectores de la Fiscalía General de la Nación llegaron al lugar de los hechos para hacer el levantamiento de cadáver que ordena la ley.

Lo que hallaron fue el cuerpo exangüe de una voz pálida, de cuarentaiún años, aproximadamente, que no portaba documentos de identidad ni sexo definido. Tampoco tenía señales particulares que merecieran consignarse en el expediente, salvo una inmensa tristeza en la cara, que no parecían de este mundo, ni la cara ni la tristeza. Lo registraron como NN, metieron sus restos en una bolsa negra y se abrieron paso por entre el tumulto de curiosos con el chillido de la sirena de su camioneta blanca.

Los fiscales nunca sabrían, ni les importaba, que se llevaban consigo la única oportunidad que había tenido el hombre de conocer el cadáver de un genio de cuentos infantiles, que se había suicidado con la tira de su propio turbante, colgándose del gollete de una botella verde. En la premura de la diligencia judicial, el turbante y la botella quedaron abandonados en la calle, hasta que al día siguiente los recogió el camión de la basura. En cuanto hace relación con Nicanor, nadie ha vuelto a verlo hasta el sol de hoy, ni siquiera su mujer.

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