Nicolás Suescún: “La poesía colombiana no existe”

Una visión muy personal y temeraria del escritor, profesor y traductor que falleció a los 80 años.

Revista Diners de septiembre de 1998. Edición Número 342

Se me ha pedido escribir unas palabras sobre mi relación con la poesía colombiana. Esta, me adelanto a confesar, es bien curiosa. Siempre he creído y creo que la poesía colombiana no existe. En el improbable caso de que hiciera una antología de la poesía que se ha hecho en Colombia, lo titularía tal vez “La poesía escrita en Colombia” o “La poesía de Colombia”, nunca “La poesía colombiana”. De ella excluiría a muchos poetas coronados, pero incluiría varias páginas de García Márquez, y una que otra de Isaacs, de Andrés Caicedo y otros prosistas. De los poemas de Isaacs, quizás sólo incluiría “Su sombra … “, este bello epigrama:

“Cuando el mar de Colón en alta noche
de súbito enmudece y anonada
sus iracundas olas,
es que veloz y fulgurante pasa
¡de Bolívar la sombra!”

No soy, ya lo habrá percibido el lector, ni crítico, ni profesor de literatura. Soy poeta, cuentista y antinovelista. Reseño libros para esta revista con la dudosa autoridad que me confiere una vida de intensas aunque desordenadas lecturas, y por tener un cierto prestigio -de esos tan propios de toda provincia- de ser, muy culto, lastre que me agobia desde hace no sé cuánto tiempo.

Nicolás en su estudio. Fotografía: Vida y Obra 2010

Lo soy, culto, supongo, en relación el deplorable promedio colombiano; tengo la certeza de que no lo soy comparado, por ejemplo, con el promedio de los intelectuales europeos. No terminé la universidad, no sé griego ni latín, ni aprendí el inglés por ósmosis y el francés con esfuerzo, pero no el alemán, que chapuceo, ni el italiano ni el fácil portugués. He sido víctima de mi curiosidad, mayor siempre que mi capacidad de leer y de aprender. Aspiré -y suspiro, pero cada vez con mayor escepticismo- a saber y a estar al corriente de todo, la literatura, antes que nada, pero también la pintura y la música, la historia de la filosofía, la ciencia y la actualidad, ese devenir cada vez más deprimente del mundo, la asfixiante y asfixiada aldea global.

Soy, pues, o me he vuelto, un esnob. Prefiero el New Yorker al Malpensante o al Número, no puedo leer a Castro Saavedra. En esto puedo ser un caso
extremo, y hasta ridículo, pero me es imposible no observar el carácter derivativo, consciente o no, de nuestra poesía. Y no porque no hayamos pintado, ensalzado o denigrado del país hasta la saciedad, sino porque los m ejores poetas no han hecho escuela, han sido como islas en un mar de vacua, quejumbrosa o furibunda retórica. Lo español fue el modelo de los poetas de la Colonia y de los piedracelistas, lo francés de los románticos y los modernistas, los beatnicks de los nadaístas. Hoy en día proliferan las influencias individuales.

La poesía en Colombia ha sido – no podía ser de otro modo- fiel reflejo de un país atrasado y provinciano. Por lo tanto muy conservador: en este siglo de las comunicaciones rápidas no llegaron las vanguardias poéticas. Hubo un destello surrealista en Suenan timbres de Luis Vidales, que no tuvo continuación alguna, ni siquiera en la obra del propio autor. Por otro lado no ha brotado en nuestra tierra un gran poeta, comparable a Rubén Daría, Borges, Vallejo o Neruda. En la reciente segunda edición de la gran antología Laurel de la poesía contemporánea hispanoamericana, desapareció Barba Jacob, el único colombiano incluido en la primera, de 1941. Sin embargo –¡vaya ironía!- nos consideramos un país de poetas, y Rogelio Echavarría nos informa en la nota introductoria a su voluminoso Quién es quién en la poesía colombiana, que se trata de un libro infinito”. ¿Qué quiere decir esto? ¿Que en Colombia hay más poetas que personas? No dudo que todo hombre o mujer esconda en su pecho a un poeta. ¿Pero a varios?

No, no somos un país de poetas, somos como todos los demás países, sin excepción alguna: tenemos nuestros poetas. Que estos sean vates solitarios, desafiantes e incomprendidos -salvo, claro, por sus cenáculos, círculos, admiradores, o solo amigos y la familia-, y no pasivos mensajeros que pasan la antorcha de la poesía de una generación a otra, son asuntos diferentes. Lo primero es cosa individual-la desigual lucha con los propios fantasmas- de cada poeta, más angustiante en estos tiempos en que la libertad, o si se prefiere, la anarquía formal, lo obliga a buscar el vehículo apropiado para su voz, las palabras, el ritmo, el tono y tema que le convienen; lo segundo es un índice del puesto perfectamente marginal de la cultura en una sociedad desigual, injusta y violenta.

Nicolás con Marylin Monroe en el sofá de su apartamento. Fotografía: Vida y Obra 2010.

Voces en el desierto, pues, los poetas, y además recitando trémulos en una lengua que cada día pierde más terreno ante el avasallador empuje del inglés, debido no solo a la herencia del imperio británico en buena parte del mundo, y al dominio científico, tecnológico y cultural de los Estados Unidos, sino a las virtudes mismas del nuevo lenguaje universal. En esta afirmación me siento apoyado, no solo por mi propia experiencia, sino por esa frase que Aurelio Arturo repetía con terquedad: “El inglés es el idioma de la poesía”. El español, con sus largas palabras y su estructura rígida era propenso a la retórica, y además estaba constreñido por la Academia. Carecía de musicalidad del inglés, de su sintaxis flexible y de su rico léxico, con el doble registro germánico y latino, y una ilimitada capacidad de enriquecerse adoptando palabras de todas las lenguas, guiado por el uso y no por reglas abstractas.

No creo que estas ideas fueran una justificación del silencio que, después de haber escrito Morada al Sur, tal vez el más bello libro de poesía escrito en Colombia en este siglo, se apoderó del sencillo y maravilloso poeta de Nariño. Eran, pienso, la comprobación de un tercer marginamiento que nos queja, más difícil de percibir pero no menos real que el mimetismo -la inexistencia de una tradición propia que nos nutra-, o la superfluidad de la poesía en un país en guerra.

Nada de esto, claro, evitará que aumenten las páginas del Quién es quién. Más, mucho más lentamente crecerá el implacable “Quién es quién” de la historia, el de poetas de verdad.

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