Guillermo Wiedemann, un expresionista en el trópico

El Museo de Arte del Banco de la República lanzó ‘Expresionista’, un libro que explora la trayectoria del artista colombo-alemán, figura clave del siglo XX para comprender el arte abstracto en Colombia.

La presencia de un pintor alemán en la rudimentaria Buenaventura de mediados del siglo pasado, debía ser tan llamativa como sospechosa. El artista se llamaba Guillermo Wiedemann y había llegado a Colombia en 1939, tras esquivar la más mortífera de las guerras humanas. Las excursiones desde Cali hasta el Pacífico colombiano quedaron plasmadas en óleos y acuarelas, donde se mezclan la exuberancia del trópico con señas claras del expresionismo que trajo incorporado desde su Múnich natal. En una carta fechada en 1951, le cuenta a Christina, su esposa, que en la ciudad portuaria se encuentra en los cafés con “gente formidable. Gángsters y locos”. Y describe un ambiente “insoportablemente caliente y tan húmedo, que es como si tuviera plomos en las piernas…”.

foto_texto_800x669 Guillermo Wiedemann pintando las puertas de un armario. Foto: Fernando Gómez, 2002.

Desde hace un par de décadas no se publicaba nada sobre uno de los precursores del arte abstracto en Colombia. Davivienda emprendió hace cinco años la tarea de revitalizar la obra pictórica del artista muniqués a través de un libro a cargo de Ediciones Gamma. Incluye, además, un cuaderno de bocetos, cartas y dibujos que el maestro llevaba en sus travesías por el Magdalena y el Pacífico y que hasta ahora habían sido poco difundidos al público. En esos bosquejos se aprecia el dominio técnico de Wiedemann. Lo cuenta María Elvira Iriarte, doctora en Historia del Arte y colaboradora fundamental en este libro: “Pintar al aire libre en las condiciones lluviosas, húmedas, del Chocó, por citar un ejemplo, y lograr lo que logró con esas acuarelas, me parece asombroso”, señala la académica bogotana.

De Alemania a Colombia

pintura_texto_620x460 Sin título, acuarela y lápiz sobre papel, 75 x 56 centímetros. Colección Museo Nacional de Colombia, 1957.

El artista nace en Múnich en 1905 en una familia de industriales. Sus años de formación están marcados por las entrañas de una ciudad culta, donde a las galerías se sumaban los numerosos museos y cafés que reverberaban con artistas e intelectuales. En ese contexto, previo a la Primera Guerra Mundial, surgen distintos grupos que dan vida a una corriente que marcaría su obra: el expresionismo figurativo alemán. Un mundo que en palabras de María Elvira Iriarte se expresaba de forma bastante agresiva: “No solo en Alemania. En Francia tenemos al mismo tiempo un equivalente en el fauvismo, que en español traduce algo parecido a fiereza”. No solo en el arte. En el cine, por citar un ejemplo, fue Fritz Lang con su película Metrópolis (1927) quien dejó, probablemente, la obra más influyente.

En pintura se caracterizó por los colores violentos como zarpazos y sus temáticas recurrentemente amargas. Wiedemann asistió a finales de los veinte a la Academia de Múnich, donde cultivó precisamente una gran sabiduría en el manejo del color y un respeto irreductible por su oficio. En 1933 sube al poder Adolfo Hitler y la persecución al etiquetado “arte degenerado” o manifestaciones de vanguardia que no encajaran dentro del catálogo oficial, lo obligaron a contemplar la partida de Alemania.

negras_texto_460x620 Negras, acuarela sobre papel, 75 x 76 centímetros. Colección privada, 1952.

El muniqués de 34 años desembarcó en Barranquilla a finales de los treinta y se nacionalizó colombiano en 1946. Dicen que aprendió a hablar un buen español, pero nunca se zafó de las “r” reteñidas de su alemán materno. También hablaba con cierta solvencia francés e inglés. En Bogotá trabó amistad con inmigrantes de toda Europa que encontraron un refugio en el páramo. Desde el galerista e historiador polaco Casimiro Eiger, pasando por los Ungar de la Librería Central, hasta su compatriota el también librero Karl Buchholz. Los primeros avisos de su presencia en el país los dio con alguna exposición en la Biblioteca Nacional. Afirma María Elvira Iriarte que en esos tiempos se dedicó como un “antropólogo, más que como un etnógrafo” a recorrer las selvas y ríos del país. Pintó y conoció a sus pobladores de cerca. Pero, como dice la académica, lo hizo “sin un espíritu colonialista ni crítico. Una cosa rara en un europeo culto de esa época”. El trópico le resultaba un mundo completamente nuevo. Y ajeno. A diferencia de Matisse, o Paul Klee, nunca había viajado por Marruecos o Túnez, donde tantos pintores quedaron prendados por la luz y las escenas exóticas del borde sur del Mediterráneo.

foto_texto_2_620x460 Pescadores, 1959.

Los primeros años cincuenta dan paso a un trabajo más íntimo. Sobrio, si se quiere. Apela a tonalidades más oscuras, densas. Todavía hay escenas selváticas, pero también algunos espacios interiores. Y emerge una nueva técnica en su pintura al óleo: el esgrafiado. Un método de pintura a partir de dos capas o colores superpuestos. Al raspar el lienzo con el cabo del pincel, u otra herramienta que no lo rompa ni lo raye, se revelan nuevas formas, pintas o matices. María Elvira Iriarte añade: “Es un sistema gráfico que le permite al artista trabajar sobre el color”. Estos trabajos representan las primeras señas de que nuevas soluciones se cocinaban en su mente. Más tarde vendría la abstracción. Pero primero hay una etapa intermedia, en la que todavía hay formas reconocibles, como construcciones, paisajes, o personas.

Camino a la abstracción

pintura_texto_440x600 Sin título, acuarela sobre papel. Colección privada, 1940.

Eran los días del dictador Rojas Pinilla. La profesora de arte de la Universidad de los Andes, Ana María Franco, que también escribe un capítulo en el libro, explica cómo la obra se va encauzando en un proceso de simplificación de las formas, las figuras y los paisajes. Sus personajes se convierten en siluetas, y los colores, en manchas. Nombres como Eduardo Ramírez Villamizar (1922-2004) o Édgar Negret (1920-2012) ya sonaban entonces con un nuevo lenguaje dominante que se servía de composiciones geométricas. Para Franco, lo importante es que el rumbo que toma Wiedemann se aleja de esa vertiente de la abstracción. “Me parece muy significativo el camino que lo lleva al tipo de obras que produce en 1963, que son los ensamblajes hechos a partir de basura. Por un lado encontramos la abstracción geométrica que simbolizaba progreso, internacionalismo, modernidad. Por el otro, el trabajo de Wiedemann, que refleja una realidad muy contraria con papeles rasgados, cartones, desechos de papelería. Quizás lo que quería plasmar era la pobreza, o la escasez de un país como Colombia”, explica Franco.

Ante la estupefacción del medio artístico en Colombia, por una nueva expresión que no solo les era ajena, sino que además marcaba un punto de inflexión, la crítica argentina Marta Traba fue de las únicas en alzar la voz a su favor en un artículo publicado en 1960: “Curiosamente, no fue la generación de artistas jóvenes en Colombia la que introdujo el expresionismo abstracto, sino un expresionista alemán que ha vivido aquí por 20 años, su nombre es Guillermo Wiedemann”. Para Ana María Iriarte, el maestro colombo-alemán hacía eco, sencillamente, de un mundo más globalizado. “Su trabajo ya encajaba en lo que genéricamente se llama informalismo. Ponga usted a Tapiès como uno de los grandes informalistas. Es decir, gente que no se expresa a través de una forma decidida, sino más bien de materiales pictóricos como leños, pedazos de telas, collages y otra cantidad de cosas. Allá eso nadie lo entendió”, sentencia. Entre estos trabajos destaca Palimeo, trabajo expuesto en la colección de arte del Banco de la República.

busto_480x720 Dos mujeres en la montaña, 1977

Quienes lo conocieron afirman que Wiedemann fue uno de esos tipos reservados que tienen la particular capacidad de crear empatía con la gente. En la remota Colombia de la primera mitad del siglo pasado halló el espacio y la naturaleza para desarrollar una idea donde resaltan a partes iguales la fuerza del color, la composición y la búsqueda de un camino propio. Murió en Key Biscayne en 1969 a causa de una enfermedad neurodegenerativa. En una nota publicada en El Espectador, Marta Traba despidió al maestro de la siguiente forma: “No hago sino lamentar que tuviera que morirse en vida un hombre tan puro y diáfano que nos había enseñado a todos, sin una sola palabra explicativa, la inefable felicidad de entregarse a una vocación concebida como un proceso de trabajo y de rigor investigativo, para sorprender la belleza, dondequiera que ella ocurra”.

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