Los fragmentos de Elena Ferrante

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Pese a descubrir la identidad de Elena Ferrante, la autora sigue siendo un éxito editioral en el mundo. Aquí, fragmentos de su último libro.

En Octubre, la identidad de la célebre escritora Elena Ferrante, una defensora acérrima de su derecho a no dar la cara por más de veinte años, fue potencialmente confirmada por Claudio Gatti, un periodista italiano que uso los impuestos y el récord de los pagos de la editorial para verificar que se trata de una traductora, casada con un escritor, sobre los cuales ya sobrevolaba el manto de la sospecha desde hace años.

El escándalo literario generó todo un debate sobre la ética del periodismo y si a pesar de que la escritora ha explicado miles de veces su posición, lo que ella proclama como la innecesaria intromisión de la vida privada del autor en la obra, como una resistencia a la comodificación de la privacidad en una sociedad que lo consume todo, el hecho de exponer su trabajo al público con gran reconocimiento autoriza a la audiencia a querer saberlo todo.

La reacción fue sorpresiva pues en los medios triunfó la defensa del misterio y su rol en la vida cotidiana ante la curiosidad y la insaciable bestia del conocimiento. La editorial no aceptó ni negó la evidencia. La polémica coincidió con la publicación de la traducción al inglés de La Frantumaglia, una colección de cartas y entrevistas, en donde se discute en varias ocasiones la sutileza de su posición en relación al anonimato, el seudónimo y la desaparición del autor en contraste con la suficiencia de la obra.

Frantumaglia, es una palabra italiana que la escritora define como “fragmentos de origen incierto que cascabelean en la cabeza, no siempre de la forma más cómoda”. La idea de la fragmentación, de la multiplicidad de voces que nos constituyen, es una constante en sus novelas. El formato del libro sigue esta idea. Contiene ensayos, entrevistas, cartas y hasta correcciones sobre el guion de la adaptación de su primera novela, El amor molesto. En estos textos, los argumentos de Ferrante para defender su ausencia de la vida pública se esbozan de varias maneras y son fascinantes.

Lea también: ¿Quién es Elena Ferrante?

En un principio, la autora temía a las contribuciones que su presencia como autora podía generar en una sociedad que hace de todo un espectáculo. Desconfiada de los medios y sus intenciones, declaraba que es innecesario que “le atribuyan una cualidad privada a un objeto que se originó precisamente para darle un significado menos específico a una experiencia individual”.

Rechazaba la notoriedad y la fama de los libros como las únicas posibilidades de medir el éxito y describía como la renuncia a la glorificación del rol de escritora, era una resistencia a reducir su identidad o a encajar otros aspectos de sí misma en un solo rótulo. “En el juego con los periódicos uno siempre termina mintiendo, en la raíz de la mentira está la necesidad de ofrecerse a sí mismo de la mejor forma al público, con pensamiento que encajen el rol, con el maquillaje que uno imagina viene al caso”, respondió en una entrevista a un periódico italiano en el 2002.

Posteriormente, sus argumentos aluden a las transformaciones que ha sufrido el vínculo entre autor y lector, ante el auge del autor como si fuera el motor para promoción y promueve la autonomía del texto. Se concentran en mostrar la importancia de devolverle la atención que se roba el escritor-individuo a lo que está escrito. Declara que si la obra habla por sí sola, se sostiene por sus propios medios sin el autor, merece existir.

Que las expectativas de los lectores deben estar en los libros no en el autor. La única responsabilidad del autor es producir más libros. Para ella, el autor ya ha creado intimidad y a hecho lo suficiente al escribir y publicar un libro. Dice que ella escribe para liberarse de los libros no para ser su prisionera, que si los libros son como los hijos, participar de ese juego, sería como ser la madre que los persigue incesantemente incluso cuando ya son adultos. También que ha logrado encontrar la libertad creativa al escribir con la certeza de que sólo se muestra en la página escrita.

En sus entrevistas más recientes sostiene que ella no defiende el anonimato, solo usa un seudónimo que le permite crear un vínculo diferente con los lectores, con los datos biográficos y con su proceso de producción literaria. “El espacio vacío que se creó con mi ausencia se lleno con lo escrito” declara y alude a la metáfora de la ausencia como la oscuridad en el teatro de cine, su función es dirigir la atención a la película.

Los fragmentos de Ferrante promueven la transformación de la oscuridad, el vacío, lo incierto y lo misterioso en espacios de exploración y creación libre de prejuicios. Como escritora es valiente y aprovecha cualquier oportunidad para inventar. Su fe en la literatura y sus misterios son contagiosos.

Lea también: ¿Dónde queda el derecho al anonimato de Elena Ferrante?

Aunque dice que no cree en Dios, su postura radical al omitir la biografía y estar presente desde el misterio sin abandonar a los lectores, promueve la sacralidad y el equilibrio del vínculo lector-autor. Ésta es tal vez una de sus contribuciones más ingeniosas, pues, en el fondo, defiende al lector y la oportunidad de conocerla y crearla en términos personales y únicos, con textos muy lucidos y tramas magistrales como vehículo. Su ejercicio muestra la desaparición del autor como una triunfo de la imaginación y un regalo de la buena escritura. Al darse a conocer solamente a través de lo escrito, ella y sus misterios, son en sí, parte de lo literario y le devuelve a cada cual el derecho a interpretarlo desde donde quiera sin el marco del contexto biográfico.

Frantumaglia es un libro que ilustra su elección de expresarse solamente a través de los textos escritos como un acto de generosidad. Su ausencia no obedece al egoísmo, por el contrario, su resistencia a lo que ella describe como las trampas del ego y la fama, es una manera de crear un espacio literario donde la interpretación de la ficción se libera de la realidad del autor y ofrece al lector un rol protagónico.

“Son las personas que nos aman o las que nos odian o las dos, quienes mantienen unidos los miles de fragmentos de los que estamos hechos,” declaró en una de las entrevistas, sobre las protagonistas de la serie napolitana, las cuatro novelas que le dieron el reconocimiento internacional. Es en la interacción con el otro que la creación alcanza su máxima expresión y el creador desaparece para darle a ese otro toda la libertad posible, y para no ser encasillado en un rol único. Es por eso que a los lectores de Ferrante no parece importarles quien ha sido o quien es, con su versión escrita es más que suficiente.

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