Una chica en invierno: libro recomendado de la semana

Juan Gustavo Cobo Borda escribe sobre la novela Una chica en invierno, del controvertido poeta inglés Philip Larkin, traducida recientemente al castellano.

UNA CHICA EN INVIERNO
PHILIP LARKIN

Impedimenta, Madrid, 2015. 217 páginas.

Philip Larkin (1922-1985) era terrible: nos habla de viejos babeantes que en asépticos edificios se encaminan al delirio de la muerte. De ese sapo atroz que es trabajar seis días a la semana y de contemplar cómo los verdes campos de Inglaterra se extinguen gracias al caucho y el cemento. Nunca se casó, nunca tuvo hijos. Le gustaba la pornografía suave. Escribió con solvencia sobre jazz. Fue bibliotecario toda su vida y al final dejó lo que tacaña y mezquinamente había ahorrado a la Iglesia. Ahora se lo considera el poeta más importante de la isla a partir de 1950 según una encuesta de la BBC y el Times. Incluso hay una estatua suya en la Universidad de Hull.

Fue gran amigo de Kingsley Amis y el hijo de este, Martin, le dedicó un panegírico en su libro Visitando a Mrs. Nabokov. Allí dijo que ni su simpatía por la señora Thatcher ni su misoginia y racismo afectarán en definitiva su poesía.

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Ahora nos llega en español Una chica en invierno, su novela de 1947 traducida por Marcelo Cohen. Comienza naturalmente en una biblioteca y despliega la peripecia de una refugiada que en plena guerra aguarda quizás reencontrarse con el muchacho inglés a quien conoció con su familia en un intercambio estudiantil. Pero todo va cambiando: si bien con él se escribía es quizás su hermana mayor la que lo incitó a invitarla. Pero el arribo, ahora borracho, por fin, después de infinitos desencuentros, dará pie al más anticlimático acto de seducción, donde la tristeza humorística de su entrega, ya irremediable, hace brillar el sarcasmo no impiadoso de ese Larkin poeta, que a través de Robin ve a Katherine, años después, sola, con loro y gato.

Raídas expectativas se truecan en incómodas despedidas y ese aire pueblerino sigue impertérrito en el escaparate de “una tienda de empeños atestada de novedades antiguas, camisas, un teodolito, orinales y un arpa”. Solo un excelso (y amargo) poeta puede ser también un tan eficaz novelista. La ironía, quién lo duda, también es muy creativa.

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