Sherlock Holmes: más de cien años tras las huellas

En 2016 se cumplen 130 años del nacimiento de Sherlock Holmes, un detective que sigue cautivando a todo el mundo. Daniel Samper Pizano hizo este repaso cuando el habitante más famoso de Baker Street cumplió 100 años.

Publicado originalmente en Revista Diners de enero de 1987. Edición número 202

El más famoso detective del mundo cumple su primer centenario y sus fanáticos se preparan para festejar el mito de un personaje que parece deambular aún por las calles caliginosas de Londres.
Por: Daniel Samper Pizano

“En el año de 1878 recibí mi grado de doctor en medicina de la Universidad de Londres…”

Resulta difícil reconocer en este renglón el comienzo de una de las obras más populares de la literatura universal. Sin embargo, son estas las palabras que hace cien años abrieron el primer cuento de un detective llamado Sherlock Holmes. Con ellas también se consolidó plenamente un género literario y nació un personaje cuya fama se extiende por el mundo entero.

Su autor, Arthur Conan Doyle, carecía de antecedentes profesiona­les como escritor. Era apenas un modesto médico provinciano nacido en Escocia y residente en un pequeño pueblo cerca de Protsmouth (Inglaterra), que optó por escribir las aventuras de Holmes en los largos ratos libres que pasaba en su consultorio.

En 1986 y 1987 los miembros de la religión holmista (no confundir con movimientos políticos vallecaucanos cuya única similaridad es el nombre) celebran el aniversario del archifamoso detective. Es una efemérides doble, porque abarca varias fechas: la del 16 de marzo de 1886, cuando Doyle escribió las primeras líneas del primer cuento; la del 30 de octubre de 1886, cuando una casa editorial se interesó en él después de que otras lo rechazaron; la del 20 de noviembre de 1886, cuando Doyle firmó el contrato según el cual recibiría tan solo 25 libras esterlinas por los derechos del cuento; y la de fines de noviembre de 1987, cuando la historia fue publicada, finalmente, en la revista Beeton’s Christmas Annual.

“Estudio en escarlata” es en realidad un cuento largo o una novela corta. Hoy los críticos holmistas consideran que Doyle escribió sobre el tema, a lo largo de los cuarenta años durante los cuales se publicaron aventuras del detective, un total de 56 cuentos y cuatro novelas. “Estudio en escarlata” figura en la lista de las cuatro novelas. En su primera página el autor advierte que se trata de ¡una reproducción de las reminiscencias de John W. Watson M.D., antiguo médico de la Armada”. La aclaración es una manera para introducir al doctor Watson, compañero frecuente de Holmes y narrador de las hazañas de este. De alguna manera Watson es un poco el Sancho Panza de Holmes. De alguna manera también una caricatura del propio cuentista. Y, de todas maneras, su mejor propagandista. Dice Allen Eyles, experto inglés en la materia, que “sin la comprensión y simpatía que le profesaba Watson, Holmes podría haber sido un personaje bastante desagradable”.

sherlockbbc_800x669 Benedict Cumberbatch, el Sherlock de la BBC

Quién es quién en la calle Baker

Lo que sabemos de Sherlock Holmes no es mucho, y está descrito casi todo en “Estudio en escarlata”. Allí nos informa Watson, es decir Doyle, que su figura “llama la atención”; que mide “más de seis pies” (algo más de un metro con ochenta centímetros), que es “excesivamente delgado”; que su mandíbula es prominente y que su nariz es aguileña. Nada se menciona sobre su edad, ni se mencionará a lo largo de treinta años de salidas de Holmes. Solo en el cuento “Su último lazo”, publicado en 1917, Doyle refiere que Holmes tiene 60 años. Esta historia, curiosamente, es la única que no aparece relatada por Watson sino por un narrador anónimo. Doyle quiso que fuera, asimismo, la última de las aventuras de Holmes. Pero los lectores de la serie, que ya habían forzado una resurrección del detective, presionaron para que continuara.

Holmes es inglés, vive en un apartamento de la casa situada en el número 221-B de la calle Baker de Londres y, aunque muchos lo consideran un prototipo británico, sus hábitos lo distancian del ciudadano inglés promedio: no bebe whisky, es solterón, toca violín, es católico y-un siglo antes de que el narcotráfico se convirtiera en plaga internacional-se inyecta cocaína. La fórmula: 7 por cuento de cocaína pura en una solución neutra. La posología; tres veces diarias.

Es también en esta primera historia de Holmes donde se nos ofrece por única vez la descripción de su hábitat. El apartamento del detective consiste en un “par de dormitorios confortables y una gran sala aireada, amoblada con buen gusto e iluminada por dos ventanas anchas”. No se menciona, ni se mencionará jamás en cuento alguno, la existencia de un baño. Hay una alusión a la arrendadora del lugar, que más adelante figurará con su apellido: la señora Hudson.

Con el transcurso de los años, el lector podrá acopiar algunos otros datos sobre el detective. Pero no muchos. Sabrá que tener un hermano menor que solamente en una ocasión dispara su arma contra un blanco humano que utiliza el teléfono tan solo en un cuento (“Los tres Garribeds”, 1924); que su gran enemigo es el profesor Moriarty, y que suele sumergirse en prolongados silencios de relexión.

Dos de las características más famosas que se le atribuyen a Sherlock Holmes son erradas. De un lado, aquella frase de “Elemental, mi querido Watson”, que Doyle jamás escribió y que no aparece por ninguna parte en las historias del detective. De otro lado, la célebre gorra de doble visera que ha hecho su perfil inconfundible. Doyle nunca menciona semejante atuendo, que fue invento del dibujante Sidney Paget. Paget ilustró los cuentos y novelas de Holmes que se publicaron en la revista Strand (58 de los 60) y resolvió vestir a Holmes con la gorra que él mismo usaba para salir al campo.

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Sherlock Holmes en cine: Robert Downey Jr. y Jude Law, en el papel de John Watson

Un detective jesuítico

Holmes no es un hombre de acción sino de reflexión, aunque en algunas de sus aventuras hay trompadas y hasta tiros. El detective es capaz de componer, a partir de un simple sombrero, la imagen de quien lo ha usado, como de hecho sucede en el cuento de “El carbúnculo azul”. A partir de unos pocos datos y una observación cuidadosa Holmes deduce su camino hasta llegar a la solución del enigma. El sistema de su creador, a propósito, es exactamente el opuesto: Doyle partía de un desenlace interesante y después construía el comienzo de la historia. Anthony Burgess, autor de La naranja mecánica y afiebrado fanático de Holmes, considera que el método holmista es más francés que inglés y, sobre todo, típicamente cartesiano.

También concede especial importancia en el diseño del personaje a la formación católica de Doyle. Según Burgess, el método de Holmes y el rigor con que lo aplica “son jesuíticos, con un toque de calvinismo inglés”. Doyle, nacido en Edimburgo el 22 de mayo de 1859, estudió en un colegio de jesuitas al norte de Inglaterra y es probable que a los 26 años, cuando empezó sus cuentos de Holmes, aún permaneciera bajo la influencia del pensamiento de sus educadores. Años después se apartó de ella y se volvió espiritista.

La devoción de Burgess por sir Arthur lo lleva a cometer algunos excesos. Sostiene, por ejemplo, que el género detectivesco nace con Holmes. “Busquemos precursores-escribió hace algunas semanas en un diario italiano-: no los encontraremos. Sherlock Holmes es totalmente original”. El personaje sí. Pero el género no. Antes de Sherlock Holmes habían caminado por las páginas de la literatura otros sabuesos pioneros, como Auguste Dupin, creado por Edgar Allan Poe, y Monsieur Lecoq, bra de Emite Gaboriau. Lo que no puede negarse es que Holmes inicia plenamente el género, al convertirse en un fenómeno de popularidad que se prolonga durante toda la vida del autor y se extiende hasta nuestros días. Si Dupin y Lecoq fueron pre­decesores de Holmes, éste lo fue de Hercule Poirot, Sam Spade, Phillipe Marlow y ejemplares más modernos como el teniente Columbo y Guillermo de Baskerville, aquel detective medieval de El nombre de la rosa que lleva como apellido el título de una de las más célebres obras de Conan Doyle: “El sabueso de los Bas­kerville”.

El homenaje filial

Umberto Eco no es el único que ha rendido el género a sir Arthur. También Agatha Christie pone en boca de su héroe, Hercule Poirot, las siguientes palabras en la novela Los relojes (1963): “Es al autor al que celebro, a sir Arthur Conan Doyle. Las historias d Sherlock Holmes son en realidad exageradas, llenas de falacias y artificialmente armadas. Pero el arte de escribirlas … ah, eso es completamente diferente”.

Por aquí pasó Sherlock

Exagerado, falaz, artificial o no, lo cierto es que para muchos de sus hinchas Sherlock Holmes alcanza a tener visos de realidad. Cada año llegan cerca de mil cartas al número 221-B de la calle Baker dirigidas al señor Sherlock Holmes. La empresa que funciona en ese lugar ha tenido que dedicar una secretaria de tiempo completo a responder la correspondencia del detective. Las cartas de respuesta señalan que el señor Holmes se ha retirado del oficio y se ha instalado en la costa sur en una casa al pie del mar, pero que goza de cabal salud y envía muchos recuerdos.

Son muchos los monjes holmistas que se cultivan en Londres. En la propia calle Baker funciona el Hotel Sherlock Holmes; no muy lejos hay un restaurante italiano que lleva el nombre del villano de la serie, Moriarty; existe el bar Doctor Watson; la estación de metro de la calle Baker tiene adornadas las paredes con el perfil del detective; y a una cuadra de la plaza Trafalgar despacha el “Pub y Restaurante de Sherlock Holmes”, que es una especie de Disneylandia de la Inglaterra victoriana que fue escenario de sus aventuras.

El lugar abunda en libros y memorabilia sobre el tema. En sus paredes cuelgan fotografías de películas y obras de teatro referentes a Sherlock Holmes, en las vitrinas hay pipas, violines, lupas y relojes de los que usabe el agudo detective; cocaína no (que yo sepa) porque si su uso era de mal recibo hace cien años, hoy es, por supuesto, ilegal. La carta ofrece platos tales como “pollo a la Sherlock Holmes” (con salsa, pimienta, zanahoria y repollitas). Y en el segundo piso del local funciona el museo de Sherlock Holmes, una perfecta recreación de lo que debió haber sido el apartamento del detective en la imaginación de quien lo inventó. No siempre es posible ver el museo, pues con frecuencia viaja. Cuando este cronista almorzó emocionado en el restaurante, el museo se encontraba en Japón.

Muerte y resurreción

La popularidad de los cuentos de Holmes fue inmediata y no ha decaído desde entonces. Sir Arthur tenía pretensiones literarias mayores que las de escribir sobre casos de policía en 1893, un poco aburrido con su criatura, se tomó la libertad abusiva de darle muerte. “La aventura del problema final” termina con Moriarty y Holmes atenazados en un abrazo mortal al borde de las cataratas de Reichenbach, en Suiza, a cuyas aguas se precipitan fatalmente.

El deceso de Holmes chocó a los lectores de Strend, hasta el punto de que la revista Colliers, haciendo eco de sus protestas, propuso a Doyle en 1902 que resucitara al personaje. Una fuerte suma de dinero acabó por convencer al médico de que Holmes podía haberse salvado en la caída de Reichenbach y fue así como el detective reapareció el 26 de septiembre de 1903 en “La aventura de la casa vacía”. Moriarty sí pereció ahogado.

Aunque esta segunda etapa de Holmes no fue tan buena como la inicial (“nunca segundas partes, etc.”), su popularidad se mantuvo. Entre los seguidores de las tribulaciones del detective se encontraban el rey Eduardo VII, quien otorgó a Doyle el título de Sir, y, más tarde, el poeta T.S. Eliot. Este leía a su mujer los cuentos de Sherlock Holmes mientras ella se entregaba a la poco poética tarea de remendarle las medias.

Holmes desapareció del todo en “La aventura de Shoscombe Old Place”, publicada en 1927. Para entonces, Doyle era millonario y había escrito varios libros más sobre otros temas. El autor sobrevivió solo tres años, al personaje. El 7 de julio de 1930 murió a los 71 años de edad luego de una enfermedad que lo aquejó durante varios meses.

Festejos y peregrinaciones

Pero el mito de Sherlock Holmes siguió vivo. A partir de 1899 se montaron numerosas piezas de teatro inspiradas en las aventuras del detective (en 1903 debutó en una de ellas un niño de 14 años llamado Charles Chaplin); desde 1905 se rodaron películas sobre el tema y desde 1930 radionovelas. En 1965 se estrenó con gran éxito una comedia musical, “Baker Street”, cuyo protagonista es el habitante más famoso de la famosa calle. Varios países, desde Nicara­gua hasta las islas Cornores, han lanzado estampillas con la inconfundible silueta del detective. Juegos de mesa, barajas y estampas coleccionables han circulado en un momento u otro con alusiones a los personajes de Conan Doyle.

El centenario de Sherlock Holmes promete ser gran ocasión para los admiradores del detective. Este año no solamente se reestrenarán películas sobre el tema, se publicarán ediciones facsimilares de las revistas que originalmente divulgaban los cuentos y se dictarán conferencias holmistas, sino que se proyecta un gran paseo planeado por la Sociedad Sherlock Holmes de Londres, que tiene más de 700 miembros. para recordar a su ídolo. Hasta ahora cerca de cien miembros han anunciado que realizarán la peregrinación a las cataratas de Reichenbach. Allí depositarán una ofrenda floral ante la ex-tumba del detective, detalle que parece digno de una historia de Doyle…

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