Miguel de Cervantes: el hombre que inventó un idioma

Miguel de Cervantes Saavedra escribió la novela más grande y más importante del idioma español y de todos los idiomas de la Tierra. Por ello en el mundo entero se conmemoran en 2016 los 400 años de su muerte.

Padre nuestro,
Que estás en la Tierra,
Señor Don Quijote…

Rubén Darío

 

Se llamaba José Manuel Guerrero, pero lo llamaban “El Papa” porque él mismo se proclamaba infalible. “No me equivoco nunca”, solía decir, chasqueando la lengua. Era un hombrecito mofletudo que vestía de blanco hasta los pies. Dondequiera que iba lo seguía un rastro fragante de agua de Colonia francesa. Su familia lo había mandado a estudiar medicina en Madrid y regresó a Cartagena de Indias convertido en torero. La vejez lo volvió sabio.

Fue mi profesor de literatura hace una vida entera. Yo tenía por entonces once o doce años y estudiaba en el internado del Colegio de la Esperanza. Me castigaban por travieso todos los fines de semana. No salía nunca a la calle. Encerrado entre aquellas paredes carcelarias, la biblioteca se convirtió en el único refugio a mi alcance. De modo que no fue vocación alguna, sino el tedio, lo que me acercó a los libros.

En una tarde sofocante de sábado, “El Papa” me encontró leyendo una de las novelas horribles de Hugo Wast, el escritor argentino, e hizo un mohín de disgusto. Me tomó de la mano, como si fuera mi lazarillo, y me llevó al fondo del salón. Zumbaba un abanico eléctrico. Abrió con una llave de las vitrinas, la que tenía el rótulo de Clásicos, y me extendió un mamotreto apolillado de pastas antiguas.

Léelo -me dijo- para que no pierdas tiempo en pendejadas.

Era una edición del Quijote con dibujos inmortales de Gustave Doré. A su lado se alineaban las comedias de Aristófanes, los versos de Berceo, la gracia de Garcilaso, la cristalería poética de Góngora, los diálogos de Platón, el retrato de Moliere y las tragedias de Sófocles, todas: de Antígona a Edipo Rey, Me devoré la estantería completa en cuarenta castigos consecutivos, Mi vida jamás volvería a ser la misma desde aquella tarde, por lo que nunca tendré cómo pagarles a mis profesores las sanciones que me impusieron.

Lo más importante que descubrí en esa época de presidiario es que, así como la lengua inglesa aprendió a pensar con Shakespeare, y al alemán lo volvieron pedregoso los filósofos, el castellano aprendió a hablar con Cervantes.

Este idioma nuestro, abundante y abundoso, a veces demasiado gordo, nació con los pies descalzos entre trovadores que cantaban en plazas polvorientas. En el monasterio de San Millán de la Cogolla lo mecieron en su cuna unos frailes casposos y encorvados por el peso de la erudición. Le dieron una partida de bautismo en la gramática de Nebrija -en el mismo año en que descubrieron América- pero fue en las páginas de Cervantes donde se hizo hombre, se echó los pantalones largos, se zafó las ataduras de la solemnidad y se volvió divertido, feliz y maduro. Por eso se lo conoce, con sobrados motivos, como “la lengua de Cervantes”. Cuando él escribió Don Quijote, el castellano era toda­vía balbuciente, pobre y rústico. Cervantes agarró a una criatura que gateaba penosamente, tartajeando, y la arrulló con amor en su pecho. Moldeó con ella un idioma. Esa es su proeza, nada menos. Es el alfarero que convirtió un pedazo de barro en un mundo nuevo.

Su vida fue una dolorosa sucesión de fracasos, penurias económicas y vergüenzas públicas, incluida la cárcel dos veces, una de ellas por deudas. Era tan tímido que tartamudeaba de miedo. Pusilánime ante los desafueros que cometía su familia, tuvo, no obstante, el desenfado de ponerle por nombre Promontorio a un hijo suyo que nació en Nápoles. ¿Se imaginan lo que pensaría la gente si uno se llamara Promontorio de Cervantes? Aun así, y a pesar del acecho de tantas adversidades, se convirtió en el hombre que llenó el castellano de proverbios y dicharachos, sopló sobre él un aliento divino, el ingenio de los adagios, las piruetas del retruécano, las diabluras del humor, y le puso carne sustanciosa a lo que hasta entonces era hueso. Retozaba con las palabras como un niño. Don Miguel sembró una vegetación fresca donde sólo había un peladero.

Si uno le quita a Don Quijote el milagro formidable del lenguaje, el espíritu festivo de su autor, su sublevación jacarandosa contra la seriedad, la donosura de la prosa y los siete mil refranes que inventó Cervantes, lo que queda es bien poco: apenas la historieta, como ya se ha dicho, de un loco gordo y un loco flaco que salieron en busca de alguien que les diera una paliza. ”Un loco y un simple”, los llamaba Blenk.

José Antonio Pascual se dio a la tarea de calcular que Cervantes inventó más de setecientas palabras en su novela, las cuales pasaron luego al torrente del idioma. Una de ellas es zonzo, que a partir de entonces identifica al tono de capirote. Sin embargo, hace cuatrocientos años, cuando apareció el libro, Cervantes era ya un anciano flacuchento de 58 años, en bancarrota y cercado por las estrecheces. Los críticos de pacotilla que había en España tomaron la obra en broma, no entendieron de ella la media y faltó poco para que la compararan con un catálogo de chistes más o menos cómico, como si en vez de Don Quijote se tratara de Don Jediondo.

Se ha comprobado que de aquella primera edición de 1605 fueron remitidos a América numerosos ejemplares. El librero Juan de Sarriá mandó seiscientos a Lima y Cartagena de Indias en el galeón Nuestra Señora del Rosario. Años antes, precisamente, y como no existía el recurso de la tutela, Don Miguel tuvo que escribirle al Rey una llorosa rogativa para implorarle que, en su carácter de lisiado de guerra a causa de la mano que le desgraciaron en la batalla de Lepanto, se le concediera una plaza de escribano en Cartagena. Su Graciosa Majestad no le respondió jamás. Nos perdimos, malhaya sea la vida, la oportunidad de tenerlo en este vecindario. Y de amarlo más de lo que ya lo amamos.

Debo decir, en resumidas cuentas, que Cervantes es el tambor de la lengua, así como Quevedo es la trompeta. El primero es el ángel guardián de la mejor heredad que nos dejó España; el segundo es el diablo cojuelo que se burla del género humano entre lágrimas y carcajadas. El castellano descansa sobre los hombros de esas dos mandarrias. Por ende, no es posible concebir al uno sin el otro. No tendría sentido que existieran los ángeles si no hubiera un diablo. Don Miguel murió a los 69 años, pobre, enteco, hidalgo y famoso exacto a su personaje. Parece que en sus últimos días no estaba muy bien de la cabeza. Tengo razones para creer que, como cualquier genio, nunca lo estuvo por completo.

Rubén Darío, el indio nicaragüense que transformó para siempre la poesía castellana, sabía muy bien de lo que estaba hablando cuando lo llamó padre suyo y de todos nosotros. No alcanzará la consumación de los siglos para saldar la deuda contraída con él. Como la tengo yo con “El Papa” Guerrero, hasta el fin de los tiempos, y aunque se haya muerto.

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