A tierra firme llegó el Cartagena Festival Internacional de Música en su X edición. La celebración obliga a reflexionar sobre el camino recorrido y lo que se ve es un evento consolidado de proyección internacional que también ha abierto nuevos horizontes a la ciudad y al país.

En sus primeras ediciones el festival se concentraba principalmente en el repertorio clásico pero poco a poco el espacio para otros repertorios se ha ampliado y hoy es un evento que conjuga música académica, latinoamericana y músicas del mundo donde es importante la presencia de los músicos colombianos. Al agotar los temas obligados, el festival ha optado por temáticas novedosas, de alguna manera inesperadas, como la de Fábulas en la música hace dos años o Mare Nostrum en 2015.

La décima edición Hacia tierra firme proponía la relación musical entre Europa y América pero no como repertorios aparte sino que en cada concierto se incluían obras europeas y obras americanas que podían tener alguna relación en cuanto a género o en cuanto a temática. Un ejemplo claro, aparte de la serie de música religiosa y de los originales conciertos de Jordi Savall, fue el concierto dedicado a Las estaciones de Vivaldi (Italia siglo XVIII) y las de Piazzolla (Argentina, siglo XX) interpretadas por la Orquesta de Cámara Orpheus con la virtuosa violinista Anne Akiko Meyers en los cuatro conciertos de Vivaldi y con Rodolfo Mederos al bandoneón en las piezas de Piazzolla.

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Una pequeña falla técnica en el instrumento de Mederos obligó a suspender el concierto por unos 5 minutos, pero aún así fue un concierto lleno de emoción a pesar de que el público aplaudió entre cada uno de los movimientos de los cuatro conciertos de Vivaldi. La orquesta no llegó a desplegar la fuerza ni el sonido preciso que tanto impacto causó en su participación de hace dos años. Pero el repertorio emocionó profundamente al público.

El concierto de cierre fue uno de los más emotivos de todo el festival. La participación de la Orquesta Sinfónica Juvenil de la Red de Escuelas de Música de Medellín creó mucha expectativa. La orquesta es el resultado de un proyecto artístico y social que cumple 20 años de actividad ha logrado consolidar 27 escuelas en 23 barrios de la capital antioqueña. La orquesta, preparada y dirigida por el maestro Juan Pablo Noreña acompañó al maestro Maxim Vengerov en el Concierto para violín y orquesta de Ludwig van Beethoven. Por supuesto se trata de una orquesta en formación pero supo seguir la idea del solista con mucha atención y respeto. Después Vengerov dirigió la orquesta en la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. Vengerov logró conseguir un sonido poderoso, muy en el estilo del romanticismo.

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Lo que puede faltarle a la orquesta en perfección técnica le sobra en musicalidad y atención. Es una obra compleja con muchas partes solistas en diferentes instrumentos, con cambios de temperamento que exponen a cualquier agrupación en todas las posibilidades orquestales. La frescura, la compenetración de todos los músicos con el director y con la obra es algo que no vemos con frecuencia en nuestras orquestas profesionales. El encuentro de esta orquesta con Vengerov es el testimonio de cómo hay que tender puentes entre el viejo y el Nuevo Mundo.

En general el resultado de la décima edición del Festival es positivo. Un tema arriesgado que dió a conocer repertorios y aspectos históricos de la música que van más allá de la habitual. Artistas internacionales de primer nivel y una participación a la altura de los músicos colombianos. Más allá de los conciertos el festival realizó las valiosas conversaciones con los artistas invitados y también abrió al público las clases magistrales, una manera también de entender un poco más en profundidad la música.

Por otro lado, el programa de becarios que ha sido parte fundamental del festival también fue un éxito con 60 jóvenes músicos de todo el país que tuvieron la oportunidad de conocerse y de aprender de la mano de los grandes. El maestro Blas Emilio Atehortúa, una de las glorias de la música académica en nuestro país, recibió un homenaje y se hizo la presentación del libro de los diez años del festival.

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Lo ‘malo’ en esta edición el comportamiento del público, por supuesto es dificil generalizar, pero es el colmo que por un descuido se interrumpa un concierto que es el resultado de años de preparación de los músicos, de innumerables horas de ensayo, de múltiples esfuerzos logísticos para organizar un escenario. El maestro Alessandrini tuvo que empezar tres veces uno de los conciertos debido al timbre de un teléfono celular. Y en otro concierto, mientras dirigía, se volvió hacia alguien del público para que apagara el aparato.

Por otro lado, personalmente no comparto la idea de amplificar a los intérpretes, sobre todo los que música clásica, en escenarios como la Capilla del Hotel Santa Clara o en el Teatro Adolfo Mejía. En esta época de realidad virtual, el concierto en vivo es la razón para asistir a un festival. Escuchar el sonido verdadero, sin maquillajes, es donde radica el valor del encuentro tanto para el público como para el intérprete.

No obstante, celebramos la existencia del Cartagena Festival Internacional de Música y le deseamos una larga vida.

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