“Y al final, tú también mueres”: una defensa de los spoilers

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Contar detalles de una serie es algo que a mucha gente le molesta, pero algunas veces es inevitable mencionarlos en una conversación. Aquí una defensa a los “spoilers”.

Imagino que también les ha pasado a ustedes: seguramente conocen a esa persona que se tapa los oídos y canta “lalalalalalalá no oigo, no oigo, tengo orejas de pescado” cuando alguno de sus allegados comenta lo que pasó en el capítulo anterior de su serie favorita. Esa serie que, por cualquier motivo, no pudo ver y tiene grabada en su decodificador, o que no alcanzó a descargar, o que se acabó hace tiempo pero está empezando a ver en Netflix. Tal vez también conozcan a esa persona que se queja constantemente de ver spoilers en sus redes sociales –queja que transmite, curiosamente, a través de las mismas redes sociales. Esa persona no soy yo.

Comprendo el placer de ir conociendo poco a poco la trama de una historia y hacer predicciones sobre lo que podría o no pasar. Por ejemplo, hasta hace poco fui reacia a las maratones de series y me gustaba esperar, semana tras semana, el nuevo capítulo de mis series preferidas. Sin embargo, lo que no logro comprender es de qué manera enterarse de lo que va a pasar “arruina” totalmente una serie, una película, un libro.

No entiendo la agresividad de taparse los oídos y cantar como un niño de preescolar cuando alguien revela alguna parte de la trama, ni las lapidaciones públicas a quienes en medio de la emoción de un capítulo ponen en sus redes sociales “Descansa en paz, Jon Snow”, ni muchísimo menos la crítica a lo que puede o no alguien decir en sus propias cuentas sobre su propia experiencia de la serie que está viendo o el libro que acaba de leer.

El debate sobre la pertinencia o impertinencia de los spoilers cobra fuerza en las temporadas de estrenos, como fue el caso del estreno mundial de la sexta temporada de The Walking Dead, serie en la que, les adelanto, la mayoría de la gente está muerta o en camino de estarlo. Tal como sucede en la vida real. La diferencia, sin embargo, es que en la realidad tangible nos encontramos sumergidos en el reino de lo indeterminado, no tenemos pistas, no podemos leer índices como en la ficción y, sobre todo, aunque muchos crean lo contrario, no tenemos ninguna manera de conocer de antemano lo que va a suceder. Mucho menos cómo va a suceder. Esa ventaja de la ficción sobre la realidad tal vez contribuya a comprender por qué razón la disfrutamos tanto.

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La discusión sobre los spoilers no es, sin embargo, una mera reducción sobre estar a favor y en contra. Algunos críticos consideran que existen ciertos spoilers, como revelar durante un capítulo de estreno los detalles de la muerte de un personaje muy querido por la audiencia, que pueden ser simplemente crueles; el simple hecho de saber que el personaje muere, sin mayor detalle, no debería ser suficiente para arruinar la trama. En mi caso, conocer el final de una historia nunca ha sido suficiente para no disfrutarla. De hecho, muchas de las historias que me gustan suelen empezar por el final.

Adicionalmente, busco información, avances, spoilers, sobre las series que veo. Al respecto, el reconocido crítico de televisión de la revista TIME, James Poniewozik, señala que la obsesión que tenemos con la trama, nuestro apego al sentido de anticipación y en suma, esta histeria colectiva en contra de los spoilers está simplificando las historias y las convierte simplemente en un problema que hay que resolver, que abandonamos luego de obtener un resultado, o en sus propias palabras hace que las consideremos “como cubos Rubik: resuélvelos y ya estuvo”.

Defender los spoilers tiene incluso cierto soporte científico, como el renombrado estudio de la Universidad de California de 2011, cuyos resultados revelan que, de hecho, conocer los detalles mayores de una trama –es decir, haber resuelto el cubo Rubik- puede intensificar el disfrute de las historias. Nicholas Christenfeld y Jonathan Leavitt, responsables de la investigación, señalan que “la trama es solo una excusa para la gran escritura. Lo que la trama es en sí, es (casi) irrelevante. El placer está en cómo está escrita la historia”. Desde esta perspectiva, podemos explicar por qué podemos releer una novela o volver una película muchas veces y ser capaces de experimentar aún placer y sorpresa: la intención de leer o de ver se ha trasladado de los hechos a los detalles.

No estoy instando a nadie a que salga a transmitir en vivo, a través de sus redes sociales, el paso a paso de la serie que está viendo en estreno. Tampoco afirmo que haya una manera correcta o incorrecta de ver televisión. Lo que quiero decir es que nuestro apego a la trama, esta orientación a pensar en las historias como algo que se resuelve tal vez nos distraiga de lo verdaderamente importante porque las historias, como la vida, son un viaje, no un destino.

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