Héctor Abad Faciolince escribe sobre Carta a una sombra

El escritor Héctor Abad Faciolince redactó en exclusiva para Diners un emotivo texto sobre el documental que dirigió su hija, Daniela Abad, y que está inspirado en su libro El olvido que seremos.

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En 2006 Héctor Abad Faciolince publicó El olvido que seremos, un relato íntimo en el que narra la vida de su padre, el médico Héctor Abad Gómez, que fue asesinado por un sicario el 25 de agosto de 1987. El libro trascendió fronteras y se convirtió en un testimonio de la historia de la violencia colombiana.

Cinco años más tarde, en 2011, un grupo de productores holandeses se mostró interesado en hacer un documental sobre el libro. Héctor Abad le contó la idea al cineasta Miguel Salazar, reconocido por haber realizado producciones como La toma. El rodaje no prosperó, pero la idea quedó presente. Salazar decidió continuar y Daniela Abad, que estudiaba Cine en Barcelona, se vinculó en cuerpo y alma al proyecto.

Fue así como se engendró Carta a una sombra, un documental que retrata a Héctor Abad Gómez, el padre, el abuelo, el médico, el activista de los derechos humanos, en su faceta más personal.

El filme, que obtuvo dos premios en el pasado Festival de Cine de Cartagena –el del Público y el del Jurado–, se estrena el próximo 25 de junio en Medellín y el 2 de julio en el resto del país. Por esta razón, Héctor Abad Faciolince aceptó la invitación de Diners para escribir unas líneas sobre el profundo significado que tiene para él el primer largometraje de su hija.

Es más que amor

Mi padre sentía por los nietos un amor y una ternura que estaban en los límites de la razón. Digámoslo sin disimulo: los nietos lo enloquecían. Les escribía poemas de ocasión, con rima, e incluso columnas que los periódicos tenían la impudicia de publicarle. A algunos de sus hijos eso nos parecía ya el colmo de la indiscreción.

Hace 30 años Medellín era tan provinciana que había un periodista (me parece verlo: calvo, de saco y corbata) destinado a contar las cosas que ocurrían en el aeropuerto: quién se iba, quién llegaba, y a qué. El día que mi mujer, mi hija y yo llegamos de Italia, mi papá estaba esperándonos en el aeropuerto. El periodista le preguntó (¡y publicó!) qué estaba haciendo allí: “Estoy esperando a mi novena sinfonía”, dijo mi papá. “¿Su novena sinfonía?”. “Sí, la novena de mis nietos”. Al otro día, cuando leí eso en el periódico, me puse rojo de vergüenza. Hoy sonrío.

Daniela Abad Lombana es, pues, la novena nieta de mi padre. Luego tendría tres más, pero después de muerto. Los músicos siempre temen componer su novena sinfonía; también algunos novelistas tienen la superstición de la novena novela. Suele ser la mejor; y la última. Después viene la obra póstuma, que puede ser grandiosa.

En esa locura que mi papá sentía por los nietos, alguna vez escribió para El Mundo un breve artículo: “Es más que amor”, se llamaba. Era un escrito breve y sentimental en el que auguraba a los viejos que tuvieran nietos, una especie de amor invernal de despedida. Por eso terminaba citando la más hermosa bendición de un libro lleno de maldiciones, la Biblia: “Y que veas a los hijos de tus hijos”. Recuerdo a mi padre repitiendo con compasión una frase irónica del presidente López Michelsen: “Soy un abuelo estéril”.

Mi hija cumplió un año en mayo del año 87. Poco antes o poco después de esa fecha, no lo recuerdo bien, en el pasillo de la casa de mi padre, de sus brazos a los míos, mi hija aprendió a caminar. Es un momento clave, cuando los seres humanos dejamos de ser reptiles y cuadrúpedos y levantamos la cabeza para dirigir al frente la frente. No se me olvida que el hijo de Santiago Gamboa, Alejandro, aprendió a andar yendo y viniendo entre su padre y yo en un pequeño apartamento en París, hace siete u ocho años. Desde entonces le digo sobrino.

A mediados del año 87, en junio o julio, mi papá se obstinó en que le hicieran una pequeña película (la cosa no era tan fácil como ahora, en que basta un teléfono) con su nieta, en el rosal que él mismo cultivaba en Llanogrande. El cineasta Carlos Bernal se la hizo y un pequeño fragmento de ese video de mi padre con su “novena sinfonía” en brazos aparece en el documental de mi hija Carta a una sombra. Y desde antes de que mi hija naciera (él no sabía si iba a ser nieto o nieta, pues su madre no quiso que se lo dijeran en las ecografías), su abuelo le envió a Italia una “carta hablada”, es decir, un casete grabado para darle la bienvenida al mundo.

Mi mamá, que fue secretaria, y por eso sabe guardar con orden y cuidado todos los documentos y papeles importantes, le entregó a mi hija –cuando empezaba su proyecto de película– una colección de casetes familiares que mi papá nos mandaba desde sus viajes, en vez de cartas, pues le parecía más íntimo y más fácil hablar que escribir. Ya en la casa no había caseteras y todos esos casetes familiares estaban atrancados. Mi hija los hizo desmontar y digitalizar y estuvo oyendo días y semanas cartas familiares. Historias, reflexiones, consejos, chismes, canciones… Un día me llamó conmovida: “¡Acabo de oír una carta que me mandó el Aba antes de que yo naciera!”. ¿No es bonito que un abuelo a quien ni siquiera conociste te hable de sorpresa desde la ultratumba? Es casi un milagro.

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