¿Cuáles son los tragos de sus escritores preferidos?

Algunos creadores han llamado a las musas de la inspiración a través de un trago. Pero también se han servido de él para alivianar el paso de sus agitadas vidas, llenas de amores y desencuentros.

Un repaso por algunas de sus bebidas predilectas para evadir las penas.

Manuel Mejía Vallejo (Colombia, 1923-1998). Era un tremendo bebedor de ron, pero como era paisa, le gustaba el Ron Medellín Añejo, o Medellín Vallejo, como lo llamaban sus amigos, de la Fábrica de Licores de Antioquia. Lo tomaba con Coca-Cola (el famoso cubalibre). Si a este hecho añadimos su conocida tendencia a escribir sobre el desamor, solo así se puede entender la atmósfera de melancolía y de arrabal tanguero de obras como Aire de tango. Cuando murió tenía un perro llamado Ron, que falleció el mismo día que el novelista, y sus hijas y su hijo mayor regaron con media botella un roble bajo el cual enterraron sus cenizas en la finca Ziruma.

León de Greiff (Colombia, 1895-1976). Decía el poeta en uno de sus versos: Mi pobre amor se está yendo…/yo me quedaré llorando…/La lluvia, leve, cayendo;/una nube, allá, glisando… No es de extrañar, entonces, que fuera un tomador de aguardiente de los bravos, pero solo en la bohemia, porque aunque cueste creerlo era un escritor juiciosísimo. Solo escribía sobrio: “No soy tan pendejo de perderme unos tragos escribiendo versos. Los tragos son para gozarlos. Para conversarlos. Para disfrutar con los amigos. Con las amigas. Los versos los escribo solo. Al aguardiente le debo cosas mucho mejores que mis versos, pero no le debo un solo verso”, dijo alguna vez.

Charles Bukowski (EE. UU., 1920-1994). “¿Amor? Vamos, la gente no quiere amor; la gente quiere triunfar, y una de las cosas en las que puede hacerlo es en el amor”. El poeta y escritor de la generación “Beat” no se caracterizó especialmente por su dulzura a la hora de relacionarse con las mujeres, y era proclive a deambular por los locales más sórdidos de Los Ángeles, de donde salieron versos como Poema de amor a una chica que hace striptease. Aunque podía beber lo que le pusieran en frente, sus borracheras más comunes eran marcadamente estadounidenses con unas cuantas latas de cerveza. Su trago favorito consistía en un coctel de invención suya compuesto por un shot de whisky y una cerveza.

Truman Capote (EE. UU., 1924-1984). El único capaz de robarle la primacía en cuestión de martinis a James Bond, el 007 que inmortalizó el Vesper Martini (ginebra, vodka y Kina Lillet) con la frase Shaken, not stirred (agitado, no revuelto). Cuentan que mientras estaba escribiendo A sangre fría, que le llevó cinco años, Capote se tomaba un martini doble antes del almuerzo, otro durante la comida y remataba con un Stinger (brandy y crema de menta) después. También era muy aficionado al vodka. El amor y la soledad, la falta de amor y el desamor formaron parte seminal de su obra. En su novela El arpa de hierba uno de los personajes dice: “Yo solo sé una cosa cierta: el amor es una cadena de amor, del mismo modo que la naturaleza es una cadena de la vida”.

William Faulkner (EE. UU., 1897-1962). Meta Carpenter, una guionista de experiencia en Hollywood, escribió una crónica de sus amoríos con Faulkner titulada A loving gentleman. Y fue a ella a quien el novelista confesó lo siguiente: “Cuando tomo una copa, me siento más grande, más sabio, más alto. Después del segundo, me siento superlativo. Si bebo más, ya nada puede contenerme”. El Premio nobel de literatura 1949 era un hombre del profundo sur estadounidense, donde los ríos de bourbon navegan por los mismos cauces que el Mississipi. “No hay tal cosa como el mal whisky”, solía afirmar. El autor de Luz de agosto prefería tomar su whisky en forma de jarabe de menta, en una taza metálica que aún reposa en su casa de Oxford, Mississipi, donde es posible apreciarla en un museo. La receta consistía en un poco de whisky, una cucharadita de azúcar, hielo y menta.

F. Scott Fitzgerald (EE. UU., 1896-1940). El alcohol fue un punto de encuentro para el autor estadounidense y Zelda, su esposa. Se cuenta que eran un par de bromistas borrachos. Hay historias sobre sus incursiones acuáticas en la fuente del tradicional hotel Plaza, en Nueva York. O sobre su costumbre de sumergir en la sopa los relojes de sus invitados. “Primero uno se toma un trago, luego el trago se toma otro trago, y luego el trago te toma a ti”, decía el autor de El Gran Gatsby, recientemente interpretado por Leonardo di Caprio en una versión cinematográfica del libro. Su trago favorito era la ginebra, entre otras razones porque creía que dejaba un sutil aliento que lo ayudaba a esconder su tambaleante estado en los espumosos años veinte.

Oscar Wilde (Irlanda, 1854-1900). Oscar Wilde y Bosie, seudónimo de lord Alfred Douglas, se conocieron en Chelsea en 1869 y desde entonces el cuentista irlandés quedó prendado por el noble poeta inglés. “Es una maravilla que esos labios rojos tuyos hayan sido hechos no tanto para la locura de la música y el canto como para la locura de los besos”, escribió Wilde a lord Alfred en 1893. “Tu delgada alma dorada camina entre la pasión y la poesía”. Así mismo hay testimonios del poeta sobre sus experiencias en París, donde se autoexilió tras pasar dos años en prisión por “indecencia grave”. Desharrapado extirpaba sus penas en cafetines que ofrecían tragos de absenta: “Después del primer vaso empiezas a ver las cosas de la forma en que tú quisieras que fueran. Después del segundo, las ves como no son. Finalmente, ves las cosas como son, y esa es la cosa más horrible en la vida”. La tumba del escritor irlandés es una de las más visitadas en el cementerio parisiense de Père Lachaise.

Michel de Montaigne (Francia, 1533-1592). Fue uno de los escritores y filósofos que hicieron de la degustación del buen vino una herramienta para su literatura. Casado con Françoise Léonore de La Chassaigne, a quien no le fue precisamente fiel: “Y por licencioso que se me considere, en verdad que he observado las leyes del matrimonio más estrictamente de lo que había prometido y esperado”. También sobre el vino y el amor: “Un hablar abierto y franco descubre otro hablar, y lo saca afuera, como hacen el vino y el amor”, anotaba en sus conocidos Ensayos, escritos en la torre de una fortaleza de la vinícola región de Burdeos, que actualmente se puede visitar. De hecho la familia de Montaigne se dedicó desde el siglo XIV a la producción de vino en los predios del castillo, donde aún se produce el vino Château Michel de Montaigne, apelación Bergerac.

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