La música de Shakespeare

De Beethoven a David Gilmour, un vistazo a algunas de las innumerables partituras que ha inspirado el dramaturgo inglés William Shakespeare por sus 450 años.

La universalidad de los personajes de Shakespeare es innegable. ¿Quién no ha llorado con Romeo y Julieta, se ha puesto del lado de Hamlet, ha despreciado a la ambiciosa Lady Macbeth, ha odiado al inmoral Yago o se ha indignado con la maldad infinita de Ricardo III? ¿Quien no se ha apiadado de Desdémona, o se ha reído de Falstaff? Desde el siglo XVI la simpatía, en el sentido estricto de la palabra, por Shakespeare se ha hecho evidente en literatura, pintura, cine y por supuesto también en la música, un arte tan caro al dramaturgo, que era consciente de su poder y sus posibilidades teatrales.

‘Si la música es el alimento del amor, tocad siempre, saciadme de ella, para que mi apetito, sufriendo un empacho, pueda enfermar y así morir…’ nos dice en Noche de Epifanía. Y en El Mercader de Venecia se hace aún más claro cuando escribe:‘… No hay cosa tan estúpida, tan dura, tan llena de cólera, que la música en un instante, no le haga cambiar su naturaleza. El hombre que no tiene música en sí ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos es apto para las traiciones, las estratagemas, las malignidades … No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música’.

En los dramas de Shakespeare encontramos parlamentos sobre su poder, indicaciones escénicas con música y más de 100 canciones, algunas con texto propio del dramaturgo. En otros casos son canciones populares que el público reconocía fácilmente en su época. Una de las más conocidas es The Willow Song, o la Canción del sauce, que canta la desventurada Desdémona antes de ser injustamente asesinada por Othello. La siguiente es una versión de la época de autor anónimo, pero son muchos los compositores que han puesto su propia música al texto, entre ellos Rossini, Verdi o Sullivan.

Pero por supuesto Shakespeare trascendió fácilmente su época. Son muchas las obras que ha inspirado desde el siglo XVII. Una de las referencias que vienen primero a la mente es la de Mendelssohn, quien leyó El sueño de una noche de verano cuando tenía 17 años. El impacto que le causó la comedia le inspiró una obertura que compuso inmediatamente.

Otros 17 años después Mendelssohn completaría el resto de la música incidental para la obra, de la cual el número más popular es la Marcha Nupcial que escuchamos con tanta frecuencia.

Romeo y Julieta es una de las historias más universales. Cuenta con óperas, ballets, musicales, películas, sátiras. Del siglo XX destacamos dos referencias, casi obligadas. La primera, el ballet de Prokofiev, al que, en un principio, el compositor cambió el final y dejó vivos a los protagonistas, pues consideraba que los muertos no podían bailar. Pronto tuvo que regresar al final original de la historia. Música maravillosa, como se puede apreciar en la Danza de los caballeros.

La otra referencia ineludible a Romeo y Julieta es la de West Side Story de Leonard Bernstein, con guión de Arthur Laurents, libreto de Stephen Sondheim y coreografía de Jerome Robbins, que traslada la acción de la Italia antigua a las calles de Nueva York. Los enfrentamientos ya no son entre Capuletos y Montescos sino entre dos pandillas, los Sharks y los Jets, y los amantes son Tony y Maria. Con esta obra Bernstein logró tender un puente entre la música para la sala de concierto y el teatro musical. Todo un éxito fue también la película.

Después de Romeo y Julieta, tal vez el más querido de los personajes de Shakespeare es el melancólico Hamlet, que ha sido recreado en música por Ambroise, Prokofiev, Tchaikovsky y Liszt entre otros. El compositor William Walton fue el encargado de la música para la versión cinematográfica del aclamado Sir Lawrence Olivier en 1948. Aquí la escena del famoso soliloquio con la música de Walton.

La Tempestad, una de las últimas obras de Shakespeare, llena de fantasía y poder de la música ha inspirado a Tchaikovsky, Sibelius, Debussy, Nyman y al parecer también a Ludwig van Beethoven. Aunque el compositor no fue quien puso nombres a sus composiciones, según contaba su secretario, Anton Schindler, al preguntarle por la Sonata para piano Op. 31 n. 2 el compositor dijo: ‘Lea La Tempestad de Shakespeare’. Sea o no verdad, lo cierto es que esta sonata se conoce con el nombre de la obra teatral. Aquí el tercer movimiento.

Dramas tan densos como Macbeth han encontrado eco en la música de Verdi, quien escogió otros dos temas shakespearianos para sus últimas óperas: Othello y Falstaff. En relación con El mercader de Venecia encontramos obras de Vaughan Williams o de Fauré, así como partituras de Wagner para Medida por Medida, de Beethoven para Coriolano, de Balakirev para El Rey Lear. Y una de las más curiosas es el musical Kiss me, Kate de Cole Porter, uno de los grandes de este género al lado de George Gershwin, Irving Berlin o Jerome Kern. Este musical está inspirado en La fierecilla domada, una divertida reflexión sobre el matrimonio, en la que Petruccio se dedica a conquistar a la indomable Catalina, a como dé lugar.

Elvis Costello también ha sucumbido al encanto de las obras de Shakespeare. En su discografía encontramos una canción dedicada a Lady Macbeth, un compacto con el Cuarteto Brodsky titulado Cartas a Julieta y la música de ballet para El sueño de una noche de verano bajo el título de Il Sogno.

Y para terminar esta brevísima (y casi al azar) selección de obras musicales sobre Shakespeare, un soneto. Compositores como Hubert Parry, William Aikin o John Rutter han musicalizado estos magistrales poemas. Pero también Michael Kamen, con uno de los más famosos. Se trata del Soneto XVIII ‘Shall I compare thee’ que ha incluido en su repertorio nada más ni nada menos que David Gilmour, vocalista, guitarrista, compositor de Pink Floyd. Toda una joya de la corona.

… sin palabras.

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