Vuelve Kate Bush, la eterna ausente

35 años han pasado desde que la pionera de las cantautoras pop con gran sensibilidad artística y una enorme dosis de teatralidad dejó los escenarios. Y hoy regresa.

El 13 de mayo de 1979 una Kate Bush aún novata en la industria musical firmó el último concierto de la gira The Tour of Life en el Hammersmith Odeon de Londres. Esa noche se despachó con 21 inolvidables temas y un show que no era tanto un simple concierto como una verdadera puesta en escena con baile, lectura y presentaciones teatrales, coronado entre otros por 17 cambios de vestuario, un mago, coreografías y el novedoso uso del micrófono de auricular que tanto protagonismo habría de tener años después en el pop. Seguramente eran pocos los que sabían o imaginaban que ese recital final de la gira significaría también el colofón de la carrera en vivo de la artista de Kent, en el suroeste inglés. Y así fue hasta esta semana, cuando 34 años más tarde Bush anunció que durante algo menos de un mes, entre agosto y octubre, volvería a ese mismo teatro, hoy llamado Apollo, para hacer una residencia de 22 fechas.

En ese tiempo Bush no abandonó la música, contando hasta el día de hoy con 10 discos de estudio en su haber, incluidos dos recientemente editados en 2011, Director’s Cut y 50 Words for Snow, además de algunas esporádicas colaboraciones con músicos de la talla de Peter Gabriel y David Gilmour. Pero los fans y la prensa sí sintieron que el pop perdió en vivo a una de sus más particulares y brillantes autoras, una mujer con una sensibilidad estética tan genuina y original como extraña, que genera todos los adjetivos posibles que van desde lo risible y ridículo hasta lo vanguardista y temerario para ir contra de las normas de la industria. Que se recuerde, hasta la soberbia aparición triple de Bush en el video de “Wuthering Heights” (1978), su personal visión de Cumbres Borrascosas, la novela de Emily Brontë, con los ojos muy abiertos y fijos en un punto indeterminado bailando algo que no es muy claro, enfundada en un vaporoso vestido blanco y envuelta en halos multicolores con su aguda e inconfundible voz, eran pocas o ninguna las intérpretes femeninas acostumbradas a llevar sus apariciones más allá de la simple música grabada. La importancia del tema fue no sólo inmediato, obteniendo el No. 1 en las listas británicas tres semanas luego de su lanzamiento, lo que la convirtió en la primera cantautora en lograrlo (con apenas 20 años) sino que aún hoy es su sencillo más exitoso, el más recordado –junto a “Running Up That Hill” (1985)–, seguramente el más influyente por ser el pionero en su asombrosa carrera visual y una de las canciones que más elogios ha recibido de la crítica desde los años ochenta.

Por supuesto, su versátil discografía siempre en expansión y a la búsqueda de nuevas posibilidades conceptuales ha sido clave, pero fue sin duda esa reticencia a aparecer mediáticamente más de lo necesario a medida que pasaban los años, lo que forjó el mito alrededor suyo, el de la incomprendida y genial autora de la que era casi un lujo poder saber o escuchar alguna noticia suya. Iban pasando los ochenta y a medida que Bush editaba discos como The Dreaming (1982) y Hounds of Love (1985), éxitos de crítica y, en el caso del segundo, también un logro en lo comercial, su presencia fue haciéndose más dispersa y elusiva, lo cual no significó que nadie hablara de ella, sino todo lo contrario. Fue limitándose a dejarse ver en eventos benéficos o multitudinarios en los que apenas compartía unos cuantos minutos con otras personalidades británicas, entre ellas el comediante Rowan Atkinson, famoso por Mr. Bean; el tiempo entre álbumes fue alargándose y al decir de diversos medios como The Guardian o The Independent su actitud en entrevistas, desganada y casi automática, contrastaba mucho con la vitalidad de su música. Era claro, como dijo al terminar esa única serie de conciertos, que sentía “una terrible necesidad de retirarse como persona”.

Lo bueno para la artista ha sido que ese esquivo poder de aparición y desaparición casi a su antojo le ha dado toda la potencia necesaria para, paradójicamente, estar presente en la escena musical mundial, porque además ha hecho suyos el tiempo y la disposición de crear o alejarse de la industria, algo que parece complicado para tantos otros músicos por cuenta de contratos, presiones y tiempos por cumplir. Por supuesto, ha funcionado también como una gran estrategia de mercadeo e interés por parte del público y la crítica, algo similar ha ocurrido con otras figuras creativas como David Bowie, James Brown, David Fincher o Meryl Streep, que han rehusado a lo largo de sus carreras a dejarse ver más de lo suficiente, cuidar su vida privada y negar entrevistas o, de plano, a verdaderos ermitaños como J.D. Salinger y Thomas Pynchon, de quien nadie nunca ha dado razón. Bush ha hecho lo propio y sus discos, desde que la cantante ya está totalmente legitimada por el mainstream gracias a esa aura de incomprensión y agudeza que la rodea, siempre se han vendido bien. Y claro, están ahora las entradas para su gira de este año, que se vendieron en nada menos que quince minutos. ¿Alguna otra prueba de que el peso de Bush dista de ser algo circunstancial y va más allá de lo que quizá ella misma pueda imaginar?

Y no es tema que pasa sólo por el aspecto de su excentricidad, sino también su innato talento y trabajo duro, además de ese “ver-lo-que-otros-no” lo que la han convertido en una verdadera figura ineludible de la música contemporánea, de esas que marcan una época y cuya influencia, por difusa que sea, es palpable en generaciones. Eso ha hecho que artistas tan diversos como Björk, Tori Amos, Fiona Apple, Goldfrapp, OutKast, Suede, Joanna Newsom, The Knife y hasta el escritor Neil Gaiman y el Sex Pistols Johnny Rotten destaquen su belleza y romanticismo, su impresionante capacidad lírica y de creación de personajes y señalen cómo varios de sus álbumes han tenido una importancia incalculable en lo que son y han aspirado a ser como artistas. En definitiva, que vuelve Kate Bush a los escenarios y hay que estar al tanto, con los ojos y los oídos bien abiertos, para ver qué se propone esta vez. Y que ojalá no tengan que volver a pasar 35 años.

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