Cinco escritores que vivieron la Primera Guerra Mundial

Escritores, periodistas o pensadores plasmaron sus vivencias de la Primera Guerra en diarios, libros y crónicas. Una selección de algunos fragmentos de ellas para comprender mejor aquellos días.

La utopía de Europa se derrumbó en Viena

Probablemente uno de los relatos más conmovedores sobre Europa, y en concreto la Europa de antes y después de las dos guerras, lleva el título de El mundo de ayer y lo firma Stefan Zweig (Viena, Austria, 1881 – Petrópolis, (Brasil) 1942). Escrito desde el exilio en Brasil, en él el escritor austríaco desentraña el derrumbamiento de una sociedad culta donde abundaba la tolerancia y los espacios para nutrir el espíritu. El advenimiento del conflicto vino con sigilo y derrumbó un estilo de vida que encajaba dentro del concepto de civilización: “Estadio cultural propio de las sociedades humanas más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas y costumbres”, según la definición de la RAE.

“Era un mundo espléndido como nunca y prometía serlo todavía más; todos mirábamos el mundo sin inquietudes. Recuerdo que en mi ultimo día de estancia en Baden paseé con un amigo por los viñedos y un Viejo viñador nos dijo: “No hemos tenido un verano parecido desde hacía mucho tiempo. Si sigue así, tendremos una cosecho nunca vista. !La gente recordará el verano de 1914! (…)”.

“En aquella época, cuando la propaganda nunca se había utilizado en tiempos de paz, los pueblos creían a pies juntillas- a pesar de los mil desengaños- todo cuanto salía impreso. Y así, el entusiasmo puro, bello y abnegado de los primeros días se fue convirtiendo poco a poco en una orgía de sentimientos de lo más estúpida y perniciosa. Se “combatía” a Francia e Inglaterra en Viena y en Berlín, en la Ringstrasse y en la Friedrichstrasse, cosa mucho más cómoda. Los letreros franceses e ingleses tuvieron que desaparecer de los comercios, incluso un convento que se llamaba “La doncella inglesa” tuvo que cambiar de nombre, porque irritaba a la gente, ignorante del hecho de que aquí “inglés” se refería a “ángel” y no a anglosajón. Comerciantes probos y honrados sellaban o timbraban sus cartas con la frase “Dios castigue a Inglaterra” y damas de la alta sociedad juraban (y lo escribían en cartas y periódicos) que mientras vivieran, nunca más pronunciarían una frase en francés. Shakespeare fue proscrito de los escenarios alemanes; Mozart y Wagner, de las salas de conciertos franceses e ingleses; los profesores alemanes explicaban que Dante era germánico; los franceses, que Beethoven era belga; sin escrúpulos requisaban los bienes culturales de los países enemigos del mismo modo que los cereales y los minerales”.

(El Mundo de ayer, Stefan Zweig. Edición Acantilado, 2011).

Una aristócrata en el frente

Si bien es cierto que al pronunciar el nombre Edith Wharton (Nueva York, 1962 – París, 1937) lo primero que viene a la cabeza es todo un entramado de novelas costumbristas, como la ganadora del Pulitzer de 1921, La edad de la inocencia, la aristocrática novelista forma parte de un grupo de mujeres, en especial anglosajonas, que publicaron crónicas, poemas o novelas sobre la guerra. A poetisas como Charlotte Mew o Eleanor Farjeon, se suman nombres como el de Rebecca West, una de las primeras europeas en publicar en una revista de vanguardia (Blast). Wharton fue una mujer cosmopolita que dejó su natal Nueva York para instalarse en París, donde la sorprendió el desenlace del conflicto, en su casa de la rue de Varenne, en el privilegiado distrito VII. Francia combatiente es el compendio de los apuntes que la novelista recogió durante sus recorridos, tanto en París como en el frente de guerra, adonde la Cruz Roja la envió para inspeccionar los hospitales de campaña. Se trata de un testimonio que viaja entre el diario de viaje y la crónica de guerra.

“La ciudad de Reims consigue, por sí misma, hacernos sentir mucho más cerca de la guerra, debido a que en su interior se respira una desolación mortal y absoluta. Una de las consecuencias más trágicas de la invasión consiste en que, en aquellos pueblos que han sido bombardeados, las actividades suelen quedar paralizadas. Nos rebelamos una y otra vez contra ese abandono sin sentido de innumerables actividades que resultarían francamente útiles. En comparación con los pueblos del norte, Reims había quedado relativamente ilesa, y, por ese mismo motivo, la detención de la vida allí parece aún más innecesaria y cruel. No había nadie en la plaza de la catedral, y todas las casas que se elevaban a su alrededor estaban cerradas. Y allí, ante nosotros, se alzaba la propia catedral. Aunque, en este caso, habría que hablar de “la Catedral” por excelencia: era muy difícil encontrar una catedral así en ningún otro lugar. De hecho, aquella no se parecía a ninguna otra catedral del mundo. Cuando comenzó el bombardeo alemán, la fachada occidental estaba cubierta de andamios. Los proyectiles la incendiaron, y toda la iglesia quedó envuelta en llamas. Ahora ya no están aquí los andamios, y en esta plaza aburrida y provinciana se alza una estructura tan extraña y hermosa que habría que acudir al Infierno, o quizá a algún relato de magia oriental, para hallar las palabras capaces de describir esta luminosa visión sobrenatural (…)”.

“Al mirara atrás, hacia aquellos primero días en París, desde la distancia que da el haber superado las penurias de estos meses cargados de dureza, contemplo aquel escenario de solemne arquitectura y de cielos de verano bajo la luz ideal y de lo abstracto. El repentino refulgir del patriotismo, la interrupción de todas las pequeñas o medianas preocupaciones, lograron despejar el aspecto moral de la situación al igual que se habían despejado las calles, con lo que el espectador tenía la impresión de estar leyendo un poema sobre la guerra en vez de estar enfrentándose a la realidad misma”.

(Francia Combatiente, Edith Wharton. El Panteón Portátil de Impedimenta, 2009)

Diarios desde la trinchera

El filósofo alemán Ernst Jünger(1895-1998) firma en su Diario de Guerra uno de los testimonios más completos de un incendio que se habría de cobrar la vida de aproximadamente 10 millones de soldados y civiles. Autor de la polémica novela sobre este conflicto titulada Tempestades de acero (Tusquets), donde vertió ciertas impresiones personales que le valieron la más que debatible admiración de algunos jerarcas Nazis como Goebbels, Jünger describe desde los días de su reclutamiento, en los que destacó a temprana edad, pasando por la descripción de la atmósfera en las trincheras o el infierno de las incursiones que dejaban poblaciones devastadas.

28-VI-18
“Ayer fue un días bastante movido. Ya por la mañana hubo un nutrido tiroteo contra el Bosquecillo 125, en el que estaban acampadas la 9 y la 10 Comp.
Cuando me hallaba por la tarde en el sector A para hacer el relevo, llegó corriendo un soldado que gritaba: “La 10 Compañía está toda intoxicada con óxido de carbono”. Uno conoce desde luego este género de noticias en la guerra, pero la cosa parecía ser seria. Por la tarde, en efecto pasaban / de vez en cuando figuras humanas totalmente desfallecidas, fueron enviadas al Bosquecillo sanitarios con aparatos de oxígeno. Como por la mañana Gipkens había quedado un poco sepultado y las compañías B, C y D habían tenido numerosas bajas en relación con sus efectivos de combate, Lindberg recibió la orden de ocupar el Bosquecillo, sin embargo regresó y anunció que era imposible pasar.

Como los ataque de artillería, al caer la tarde, / se volvían cada vez más brutales, las compañías recibieron orden de no llevar a cabo el relevo que se proponían sino de mantenerse preparadas para un eventual contraataque. Se dejó todo dispuesto, pero la noche pasó sin ningún incidente, salvo un fuerte ataque de artillería al Bosquecillo 125 y a la hondanada.

Las compañías han tenido fuertes pérdidas, Vorbeck ha perdido 40 hombres, yo no podría nunca perder tantos porque no los tengo.
Esta mañana ha resultado herido el sargento Gruner, jefe del pelotón encargado de traer el rancho, es mi 9 herido en esta posición”.

(Diario de Guerra (1914-1918), Ernst Jünger. Tusquets, 2013)

La guerra desde dentro

El escritor, historiador y secretario permanente de la Academia Sueca, encargada de escoger a los Premio Nobel, Peter Englund (Abril, 1957) dedica su libro La belleza y el dolor de la batalla a la memoria de Carl Englund, un pariente lejano, soldado del ejército australiano muerto en combate a las afueras de Amiens (Francia). En el libro de Englund escasean los altos diplomáticos de corbata, los Cancilleres con frases pomposas ni explicaciones de táctica. Se trata 20 testimonios de hombres y mujeres de ambos bandos que van desde enfermaras, una niña alemana de 12 años, hasta conductores de ambulancia, un marinero de un acorazado o un cazador de montaña. Su autor ha afirmado que se trata de una “anti historia”, porque cuenta la guerra de una forma en que casi se puede sentir los sollozos o la respiración de sus protagonistas.

“Martes, 25 de agosto de 1914

Pal Kelemen llega al frente en Halicz

“Pàl Kelemen tiene 20 años y nació en Budapest donde fue a una academia de latín y estudió violín con el más tarde célebre director de orquesta Fritz Reiner. En muchos aspectos Kelemen es un producto típico de la Centroeuropa urbana de principios del siglo XX: cosmopolita, culto, aristocrático, irónico, refinado, distante, mujeriego (…)”.

Cuando la división de Kelemen llega a Halicz se hace trizas, finalmente, la ilusión de que tal vez pudieran ser unas simples maniobras más.
Por el camino se han topado con campesinos y judíos que huían. En la ciudad cunde el desconcierto y la ansiedad; se dice que los rusos no están muy lejos. Keleman anota en su diario:

“Dormimos en tiendas de campaña. Hacia las doce y media de la noche, ¡Alarma! Los rusos se aproximan a la ciudad. Creo que todo el mundo está un poco asustado. Me echo la ropa encima y salgo corriendo para unirme a mi pelotón. Los infantes forman filas a lo largo de la carretera. Retumban los cañones. A unos quinientos metros de distancia, aproximadamente, crepitar de fusiles. Automóviles a gran velocidad avanzan por el centro de la carretera principal. La luz que irradian sus faros de carburo se prolonga en una larga hilera por la carretera que sale de Stanislau en dirección a Halicz.

Paso de largo centinelas apostados y salto por encima de la valla provista de un seto, atravesando las zanjas de las cunetas. Mi pelotón me está aguardando, montado, y estamos listos para recibir nuevas órdenes.

Al amanecer la población huye de la ciudad en largas caravanas. Montados en carretas, a pie, a lomos de un caballo: todos hacen lo que pueden para salvarse, todos llevan consigo lo que pueden. Y en cada rostro se ve cansancio, polvo, sudor y pánico, desánimo, dolor y sufrimientos terribles. En sus ojos hay espanto; en sus gestos, temor.; un terror inmenso les domina. Es como si la nube de polvo que han levantado se hubiera pegado a ellos y no pudiera disiparse.

Estoy tumbado junto a la carretera contemplando este infernal caleidoscopio. Incluso se distinguen carros militares que forman parte de (la caravana de fugitivos), y en el campo se ven militares en retirada, la infantería huyendo presa del pánico, la caballería dispersa. No hay uno al que no le falte parte del equipo. La muchedumbre exhausta avanza por el valle, huyendo de regreso a Stanislau”.

La Belleza y el dolor, La Primera Guerra Mundial en 227 fragmentos, Peter Englund. Roca Editorial, 2008.

Crónicas desde el sur de Europa

Agustí Calvet (Gerona, 1887 – Barcelona, 1964) usó el nombre de pluma Gaziel y fue uno de los periodistas españoles más destacados de la primera treintena del siglo xx. Sus notas recogidas en de París a Monastir pueden ser leídas como carnet de viaje o como crónica periodística. Tienen el valor de acaparar un tiempo y un espacio, Grecia y Serbia en 1914, que arroja claves importantes de hechos de total actualidad: la crisis griega y los conflictos en los Balcanes que aún tienen cicatrices por sanar. Así pues, los apuntes desde el sur de Europa son una fuente periodística de gran valor literario. Gaziel era catalán y fue referencia para Josep Pla, de quien se ha dicho hasta la saciedad que es una de las cumbres de la literatura catalana. Tiene especial interés la descripción del ambiente en una empobrecida Grecia que se debatía entre las ideas progresistas y a favor de la triple entente de Venizelos y el apoyo del rey Constantino I a las potencias de Europa central. El rey habría de abdicar en 1917. El puerto del Pireo, Salónica, la Europa del sur asediada por soldados ingleses y franceses que se posicionaban este enclave estratégico del Mediterráneo.

“Salónica, 13 de noviembre

“Hay tanta diferencia, entre el campamento donde están esparcidas las tropas francesas y aquel en que se hallan instaladas las fuerzas británicas, como entre una pradera de merienda fraternal y republicana, y un estadio dispuesto para juegos olímpicos. Todo es rumor, interinidad, alegría bullicioso desorden, en el primero; y en el segundo todo es silencio, comodidad, coordinación y simetría (…)”

“Entre los soldados británicos nos sentimos mucho más indiferentes. Estos son los defensores de un gran imperio que lucha, no por su vida misma, sino por su predominio. Su aspecto flemático nos admira, pero no nos trae. Su equipaje es magnífico, su aire desembarazado, su fuerza imponente; pero su espíritu está asimismo demasiado tranquilo para conmovernos. Ni encuentran a faltar su patria, ni se sienten extraños en lugar alguno (…)”.

“Al escucharles, después de tantos días de vivir “lejos de Europa”, yo me sentía consolado como de un mal de añoranza. Los franceses acudieron en masa a rodearnos. Y así, mezclados con ellos, distraídos en un continuo charlar sobre Francia, sobre París, sobre los campos de batalla que se extienden entre la Mancha y Alsacia, fuimos avanzando perdidos en las tierras de Oriente hasta llegar al campamento de Zeitenlik (…)”

(De París a Monastir, Gaziel (Agustí Calvet Pasqual). Editorial Libros del Asteroide, 2014)

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