Sónar: un festival inabarcable

Sónar empezó siendo un festival minoritario para unos cuantos iluminados en un rincón apartado y 21 ediciones después da la impresión de que no cabe en una ciudad tan provinciana como Barcelona.

Unos cuantos lo tenemos claro. Los jueves a mediodía, toca Nyamnyam. Los de este mes están a cargo de Marc Vives. El artista decidió sacarnos del confortable loft de la calle Pallars y llevarnos a comer por el barrio. Con una parada previa en el HiJauh USB, hemos terminado comiendo fideos con carne en una plaza de Poble Nou ante la atenta mirada de los paseantes, que no daban a crédito a un picnic tan sofisticado. Nosotros aguantamos la mirada de los curiosos con una actitud del tipo “sí, nos lo montamos bien, ¿y? “, como si fuéramos del Off Sónar, y en realidad lo somos. La prueba fehaciente (¡qué bonita palabra!) es que Susanne Jaschko estaba hoy con nosotros.

Susanne es una comisaria de arte de Berlín que ha sido invitada por el CCCB a impartir un Datacuisine workshop, o sea un taller sobre cómo podemos representar los datos mediante métodos culinarios ¿No lo entienden? Yo tampoco, pero parece que consiste, por ejemplo, en cocinar una sopa cuyos ingredientes se basen en el precio medio de los alquileres en Barcelona durante 20 años ¿Cómo? Sí, no se angustien, no es tan grave. Finalmente, todo se trata de cocinar bien. Por ese motivo, Suzanne pensó que su mejor partner para impartir el taller serían los amigos de Nyamnyam, pero no, la organización la “obligó” a hacerlo con Ferran Adrià. Bueno, ni siquiera con él, con un colaborador, porque a Ferran todo esto de la data se la trae floja y hasta aquí puedo leer.

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El cronista experimenta como Orange DJ.

Lo cierto es que el Sónar empezó siendo un festival minoritario para unos cuantos iluminados en un rincón apartado y 21 ediciones después da la impresión de que es tan grande que no cabe en una ciudad tan provinciana como Barcelona. La semana Sónar lo llena todo. Si Sonia Gómez se presenta en el Mercat de les Flors, eso es Sónar. Las luces de las fuentes de Montjuich, ¿o es la instalación sonora de Plastikman? es muy Sónar. El dealer italiano que vende mdma en una puerta roja del Gótico (¡sobre todo él!) es Sónar. Todos los barceloneses somos extras del Sónar y todos estamos obligados a dar la talla. Los días previos al festival las peluquerías están llenas ¿Barba o bigote? ¿Sombrero o gorra? ¿Patillas cortas o largas? Para la ropa, otro tanto. Lo único que no cambia es el clima, que cada año el mismo: calor agobiante y pegajoso. De hecho, el comentario que más se escucha entre las guiris después de una tarde en el Sónar día es “Oh, dear, I am so sticky”. Así que poca ropa y mucha actitud porque, incluso resbaladizos, es un gusto bailar encima de ese césped artificial a media tarde de un viernes. Especialmente si los que están en el escenario son los islandeses de Fm Belfast, capaces de no dejar a ni un solo catalán sentado.

Fm Belfast es el lado “comercial” del Sónar. Lo más experimental hay que buscarlo, quizás, en las sesiones del Sonar Complex, donde se disfruta de exquisiteces como knots, una pieza de drose-noise del compositor y multi-instrumentista australiano Oren Ambarchi en la que trabaja con 20 músicos de la orquesta sinfónica de Cracovia. O de la presentación de Oneohtrix Point Never, un norteamericano de origen ruso que trabaja con sintetizadores analógicos construyendo con ellos “composiciones melancólicas que remiten a una ficción científica, futurista y distópica”. El Sónar te permite ponerte al día de lo supuestamente más experimental, musicalmente hablando. Su completa web se convierte en una herramienta para ir degustando platos nuevos. Hay para todos los gustos.

El momento culminante para este cronista poco avezado en esto de la música avanzada es la actuación del colectivo Dengue Dengue Dengue en el Sonar Dome. La rubia que me acompaña se desata en un baile sexy que se contagia por todo el climatizado espacio. Si Bomba Stereo la liaron hace tres años, esta vez la sorpresa latina llegó desde Perú. Sorprende que en una programación tan extensa, haya tan poca participación latinoamericana. Yumber Vera menciona a cinco destacados ausentes en esta nota que pone en claro una obviedad: la cultura dance vive una época de esplendor en el continente americano. Los ritmos latinos, bailables por naturaleza, se convierten en hipnóticos cuando se los mezcla con otras sonoridades. Todo el que ha vivido en América conocen de sobras las bondades del mestizaje. Y en mi próxima fiesta de cumpleaños también quiero que ponga música mi amigo Dj Tudo bem.

El Sónar también tiene su feria de rarezas. Es el MarketLab (sí, todos los nombres son in english, es lo que hay). Ahí uno puede exprimir una naranja como si fuera un Dj. O sea, inventaron un aparato con el que además de zumo, creas música con el movimiento circular con el que manejas el cítrico. Esta máquina es una creación del grupo de investigación de la universidad de arte y diseño industrial de Linz (Austria). También Fabrica tiene su stand en este mercado tecnológico. Su propuesta consiste en una sala donde el espectador experimenta la textura del sonido. Una serie de tubitos colgados del techo generan sonoridades. Una evolución de los penetrables que desarrollaron los cinéticos venezolanos hace más de 50 años. No todo está inventado, pero casi. También vimos una instalación donde creas música a partir de tu rostro y del movimiento de cejas. En fin, después de este empache de tecnología, dan ganas de ir a la montaña y escuchar a los pájaros. Será otro día.

El esperado concierto de Massive Attack decepciona a la mayoría de sus fans. Los de Bristol dan la impresión de estar jugando un partido amistoso y no el Mundial de la electrónica. Vamos, como España ante Holanda, a medio gas. La poca garra de su propuesta musical contrasta con la virulencia de los mensaje que se proyectan en la parte posterior del escenario. Desde el número de víctimas en Siria, pasando por los desmanes de Obama en Afganistan y terminando con comentarios irónicos sobre Shakira y Piqué, todo vale para parecer un Bono, digo un artista comprometido.

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