Borges y el fútbol

Nadie tan extraño y opuesto al fragor y al sudor del fútbol como Jorge Luis Borges. El intelectual exquisito, el erudito más grande del mundo moderno, se la jugó toda contra el fútbol sin poesía…

La pasión por los deportes, la idolatría deportiva, pertenece a los defectos argentinos, ciertamente. Qué raro que siendo Inglaterra un país tan odiado –tan injustamente odiado– nadie le haya echado en cara haber llenado el mundo de juegos estúpidos como el fútbol que es uno de los mayores crímenes de Inglaterra. Una señora me dijo una vez: “Pero la gente pobre siempre ha jugado al fútbol en los baldíos”. Estaba equivocada. Cuando yo era chico no se jugaba al fútbol en los baldíos. Se jugaba a la riña de gallos.
(“Defectos y virtudes de los argentinos”, entrevista de Alfredo Serra, revista Gente, 13/11/1975).

Jamás he visto en mi vida un partido. Primero porque soy casi ciego, segundo porque es parte del tedio, y además porque la gente que asiste a esos partidos no va por el fútbol en sí mismo, como deporte, sino exclusivamente para ver ganar a su equipo.

Mientras dure el Campeonato Mundial de Fútbol me iré a cualquier parte donde no se hable de fútbol. El Mundial será una calamidad que por suerte pasará.
(“Borges también fue un genial maestro de la contradicción”, revista Ahora No. 141, 19/6/1986).

El fútbol es popular porque la estupidez es popular.
(“Cosas de Borges”, diario La Razón, 24/7/1978).

Todos hablan de fútbol y pocos lo entienden en forma concreta. Entonces hacen de un triunfo o una derrota una cosa de vida o muerte.

No sé por qué se hizo tan popular ese fútbol inglés. Es raro observar que siendo Inglaterra un país generalmente odiado –aunque yo quiero mucho a Inglaterra– nunca se haya usado ese argumento en su contra, como país generador de deportes puramente físicos. Es que la idea de que alguien pierda o alguien gane me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible.

He visto en mi vida como medio partido de fútbol. Una vez fuimos con Amorim a ver un enfrentamiento de selecciones. Jugaban Argentina-Uruguay, y yo sentía íntimamente que él –que era uruguayo– deseaba que ganara nuestra selección y a mí me pasaba a la inversa. Tal vez por la amistad y el respeto por el amigo, que ambos profesábamos.
(“Reportaje de Menotti a Borges”, producción de Juan Carlos Mena, revista V.S.D., No. 3, 1/9/1978).

El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les  interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado sino que el partido fuera interesante…
(“La vigilia con los ojos abiertos”, reportaje de Carlos A. Garramuño, revista Pájaro de Fuego, No. 6, abril-mayo 1978).

El fútbol es feo estéticamente. Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos. Fui una vez con Enrique Amorim, que estaba casado con una prima mía, a ver un match de fútbol. A la media hora nos levantamos y nos fuimos, de aburridos que estábamos.

El fútbol en sí mismo no le interesa a nadie. Nunca la gente dice “Qué linda tarde pasé, qué lindo partido vi, claro que perdió mi equipo”. No lo dice porque lo único que interesa es el resultado final. No disfruta el juego.
(“Borges y los juegos por dinero”, entrevista de Armando Otamendi, diario La Razón, 29/11/1985).

Detesto el fútbol, es un juego brutal que no requiere un coraje especial porque nadie se juega la vida…
(Edición especial por muerte de J. L. B., revista Siete Días, No. 989, 19/6/1986).

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