Lo que la televisión le robó al cine

La televisión se reinventó y es la nueva plataforma que permite importar recursos del cine: actores, directores, técnicas, temas y escritores.

Hace años el sueño de los actores de la televisión era llegar al cine, o a los grandes teatros, y jubilarse en una casa en la playa. Escribir sus memorias y al final de sus vidas descansar en el olvido. Pues bien, el mundo ahora ha puesto las cosas al revés. La televisión se reinventó y es la nueva plataforma que permite importar recursos del cine: actores, directores, técnicas, temas y escritores.

La migración es notoria. Hace unos años empezó con Steve Buscemi en Boardwalk Empire. Ahora la lista tiene más nombres que nosotros dedos en las manos: Kevin Bacon pasó a ser el protagonista de The Following y Glenn Close fue premiada por Damages. Ya nos acostumbramos a ver al ganador de un Óscar Jeff Daniels presentando noticias en The Newsroom; a Dustin Hoffman en Luck para HBO; a Angelica Houston en Smash; a Kevin Spacey en House Of Cards –el hit de Netflix– y a la ganadora del Globo de Oro en 2013, Claire Danes, en la premiada Homeland.

Los directores también han saltado de la pantalla grande a la chica. Steven Spielberg empezó en 1998 con la miniserie De la Tierra a la Luna, y continuó en el siglo XXI con Band of Brother y Falling Skies. En el pasado Hay Festival, Juan José Campanella, ganador del Óscar a la mejor película extranjera con El secreto de sus ojos, habló con mucho afecto de la series que dirigió en Hollywood como Law and Order: SVU o el ya desaparecido Dr. House. Y la lista se amplía con nombres que sorprenden. Pronto viene The Train con Guillermo del Toro (Hellboy, El laberinto del fauno); M. Night Shyamalan (El sexto sentido) con una serie llamada Wayward Pines, que también produce para Fox; Darren Aronofski (Réquiem por un sueño y Black Swan) firmó un contrato por tres años con HBO, y el danés Nicholas Winding Refn (Drive) rodará para televisión la inquietante Barbarella; mientras Sam Mendes (Belleza americana) ya empezó a dirigir para Showtime una historia sobre Frankenstein titulada Penny Dreadful.

Y lo mismo pasa con los escritores. Aaron Sorkin escribe éxitos como The Social Network, pero también The Newsroom y The West Wing para la televisión y Larry David tiene guiones magistrales en Seinfeld y Curb your enthusiasm, aunque haga comedias en cine como Clear History.

El asunto parece ser motivado por la exploración creativa y la rentabilidad. Hollywood está empecinado en crear éxitos taquilleros que no le dejan suficiente espacio a la imaginación. No todos tienen la fortuna de ser Peter Jackson (El señor de los anillos, El hobbit) y dar con una historia que arrase en asistencia. La televisión, en cambio, permite superarse capítulo a capítulo, temporada tras temporada. Un personaje puede desarrollarse más a fondo en un producto que no se limita a los tradicionales 90 minutos, pues va creciendo o muriendo con el tiempo. Como en la vida real. Lo mismo sucede con los escritores o los directores, que al no tener la presión de la taquilla y con la posibilidad de ampliar las series por temporadas, permiten que la creatividad se alimente y no se vea amarrada a la posibilidad de una serie infinita de secuelas. Es un hecho: la era dorada de la televisión ha llegado.

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