La falsa tecnología de la televisión

A veces estos “milagros” tecnológicos que nos entregan las series distorsionan la realidad de quienes sienten una pasión por la ciencia.

El auge que desde hace más de diez años tienen las series policiales en televisión ha creado una exagerada imagen de los laboratorios de criminalística, hasta el punto de que son estos científicos, y no los policías o detectives, los que dirimen los crímenes. Asesinatos que se resuelven en una sola noche, pruebas de ADN que arrojan resultados en minutos, pantallas holográficas con acceso a archivos clasificados, son algunos de los desarrollos tecnológicos con que cuentan estos laboratorios televisivos que, por su veracidad, confunden a los televidentes y crean falsas expectativas sobre las capacidades que tienen las agencias policiales.

También abundan los detectives que pueden perseguir a un fugitivo mientras un hacker (usualmente una mujer, “nerd”, con dificultades para la interacción social y con una vestimenta que recuerda a las Spice Girls en su máximo auge) les avisa por teléfono dónde está ubicado con solo intervenir su tarjeta de crédito. Todo esto en 35 segundos o menos.

CSI es el ejemplo más claro de este tipo de series. ¿Por qué un laboratorio de Las Vegas cuenta con pantallas holográficas con acceso a los archivos más remotos? ¿O con un software tan avanzado que, por ejemplo, permite descifrar imágenes más allá de las posibilidades reales de la fotografía? Los técnicos de CSI han descubierto asesinos en el reflejo del iris de su víctima. Es verdad que por ahí va la ciencia, pero no a la velocidad que nos muestra la pantalla chica.

La serie Bones, con Emily Deschanel y Davis Boreanaz, también es un exponente de esta tendencia. Ángela (Michaela Conlin) es una artista plástica que de hacer retratos hablados pasó a manejar un programa de reconstrucción facial en 3D y un programa holográfico que con solo tener la esquina de un tiquete de avión puede saber en qué posición estaba la víctima mientras esta lo sostenía y miraba al asesino que venía por ella.

O la popularísima Criminal Minds, donde las exageraciones para que la serie se vea más ágil empiezan por el avión privado a disposición del equipo y la habilidad de Penélope García para hackear y acceder a cualquier plataforma en contados segundos. Funciones que además de ser ilegales son imposibles en tiempo real. Lo mismo sucede en NCIS con Abby Sciuto (Pauly Perrette).

Y ahora llega Intelligence, una serie que se mete de lleno en el dilema del humano cibernético, un equipo de espionaje que gira en torno a Gabriel, un agente de inteligencia encarnado por Josh Holloway (Sawyer en Lost), un personaje con capacidades géneticas particulares y al cual le fue incrustado un chip en su cerebro que lo mantiene conectado a la red global. Adicionalmente, la serie ha dado mucho que hablar desde su estreno en Estados Unidos a principios de año debido que las mujeres desempeñan varios de los roles más importantes, como la guardaespaldas, la jefe de inteligencia, la espía china y la esposa desaparecida. Una mezcla perfecta entre ciencia ficción y acción que propone introducirle tecnología a los humanos y hacerlos, así, más poderosos, en lugar de crear robots incontrolables.

Y no se trata de ser un cazador de mitos, sino de ser realistas frente a las limitaciones. A veces estos “milagros” que nos entregan las series distorsionan la realidad de quienes sienten una pasión por la ciencia. Sin embargo, también está la licencia creativa que puede darse la televisión creando estos escenarios. Los dos lados de la moneda están planteados, pero lo cierto es que seguiremos viendo estos programas, alienados y felices, por mucho rato más.

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