“Gravity” y hasta dónde nos lleva el cine

La más reciente película del director Alfonso Cuarón es un recordatorio de las capacidades que tiene el cine para transportarnos a lugares imposibles durante noventa minutos.

Es cierto que tanto se ha dicho de Gravity, la más reciente película de Alfonso Cuarón, que ya es imposible aproximarse a esta sin expectativas enormes. Una condición común de las superproducciones, claro. Sin embargo, sepa que debe verla, no importa si le gustan las películas sobre el espacio o no, si le cae gorda Sandra Bullock o no, si no le han gustado las películas anteriores de Cuarón (valga la pena decir que su Harry Potter es la mejor de la serie). Es un deber ir a ver Gravity, ojalá en 3D, ojalá en el Imax, porque esta película es la razón por la que seguimos yendo a cine, a las grandes pantallas.

El guion es sencillo: una estación espacial que realiza una instalación en el telescopio espacial Hubble se encuentra en problemas en el momento en que el gobierno ruso decide destruir uno de sus propios satélites, causando una reacción en cadena que dispara desechos metálicos a altas velocidades. Ryan Stone (Sandra Bullock) -ingeniera biomédica y novata en misiones espaciales- y Matt Kowalsky (George Clooney) –astronauta veterano que busca romper el récord de horas de caminata espacial- quedan completamente solos e incomunicados luego de que su nave es destruida, empujándolos a buscar una nueva estación que los devuelva a la Tierra.

De ahí en adelante los personajes deben flotar en medio de la nada, sin un plan predeterminado, midiendo su oxígeno y su combustible, planeando cómo volver, esquivando los escombros que cada cierto tiempo reaparecen como el villano de la película, para romper con las esperanzas que tímidas reaparecieron minutos atrás. Y mientras tanto, la Tierra aparece de fondo en todo su esplendor, las luces de las ciudades, los ríos que desde lejos observan a estos dos astronautas buscar un camino en medio del silencio del espacio. Y la cámara rota en ángulos inesperados, que con el ritmo de la música y de la respiración de Stone logran transportarnos a esa no-gravedad sin fin, en la que el corazón se acelera mientras esperamos en el borde de la silla el siguiente paso.

Gravity es una película de acción, pero más por lo que exige del espectador. Hasta en los más mínimos detalles está pasando algo. Y es angustiosa y frenética, pero a la vez tiene un ritmo medido, preciso, como un ballet, en el que no se descuida ni el más mínimo detalle para lograr todo el tiempo, durante toda la película, que cada escena sea una imagen perfecta por sí sola.

En cuanto a las actuaciones, Clooney hace de Clooney, y Bullock hace de la doctora Ryan Stone, una mujer que va a pelear hasta el último momento por ganarle a su mala suerte –que no es nueva, por lo que cuenta su innecesaria historia familiar- y que pasa por todos los sentimientos que podría tener una persona perdida en el espacio, con una actuación medida también, precisa; la mano de Cuarón se nota en todo.

Y si para algunos el guion –sencillo dijimos, y con bastantes inconsistencias científicas, como dejó claro el astrofísico norteamericano Neil deGrasse Tyson en sus tuits del 7 de octubre- pesa más que el espectáculo visual, es porque nos hemos desacostumbrado a ver. Para diálogos complicados y vueltas dramáticas están The Network o Homeland, que puede ver entre las cobijas en la pantalla de su computador. Para encantarse con lo que es el cine, están las películas como Gravity, que con sus imágenes lo perseguirán incluso días después de haber dejado la oscuridad del teatro.

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