En Blue Jasmine nadie es lo que parece

El legendario Woody Allen deja a un lado sus comedias para explorar su lado oscuro en Blue Jasmine. El resultado es un retorno afortunado del director al cine crítico y desencantado.

Woody Allen es un pesimista. En más de cuarenta películas, este judío neoyorquino insiste en que los seres humanos somos criaturas desamparadas y en el exilio, que ni siquiera tenemos una noción muy clara del paraíso del que fuimos expulsados por un creador al cual ya no nos sentimos vinculados. Pero el Allen de filmes como Match Point o Blue Jasmine es un pesimista redoblado. En estas películas, el mal no es el olvido filosófico del ser, sino algo mucho más concreto y con agentes que lo operan: personajes que en su ambición desmedida arrasan con todo a su paso.

El retorno de este comediante a los temas “duros” de su obra ha sido recibido con un entusiasmo casi unánime. Blue Jasmine es como el regreso del hijo pródigo a casa, y a sus asuntos familiares, después del extravío europeo. Incluso para sus incondicionales, películas como A Roma con amor o Vicky Cristina Barcelona representaron un despilfarro de talento: narraciones plagadas de compromisos y lugares comunes, bajo el sensual embrujo de las dos emblemáticas ciudades.

Blue Jasmine es también el retorno a un cine crítico y desencantado, en la línea de sus mejores películas neoyorquinas, o de afortunadas aventuras europeas como, precisamente, Match Point. Una “mala” película de Allen es aún capaz de decir cosas interesantes sobre el amor, las relaciones, el paso del tiempo, el arte o las apariencias, temas que su obra reitera. Una “buena” lo dice además con el encanto de una conversación inteligente y fluida.

Blue Jasmine es de estas últimas. Lo que la hace más sólida que sus “películas de vacaciones” es la posibilidad de filmar lo que es más cercano al director: la cultura norteamericana de las élites. En este caso, no las sofisticadas élites culturales, sino el submundo de los grandes genios de las finanzas que provocaron el colapso económico de los últimos años, pero visto a través de la esposa de uno de ellos. La Jasmine (Cate Blanchett) que da el título a la película está en crisis. Después de vivir una vida de sueño, debe arreglárselas para aguantar las estrecheces. La película va y viene entre el presente del personaje, ahora en casa de una hermana pobre (Sally Hawkins), y los recuerdos de un esplendor muy reciente para no ser doloroso.

La relación con Un tranvía llamado deseo es inmediata, aunque haya en Blue Jasmine menos tensión sexual. Jasmine es una Blanche du Bois del siglo XXI, incapaz de lidiar con sus fantasías, pero sin otra cosa que ellas. La incoherencia en la que vive, le permite a Allen trabajar en una zona del comportamiento humano que recorre su filmografía reciente: nadie es lo que parece, y la línea entre lo que creemos ser, lo que somos y la manera como los otros nos ven, es movediza e incierta.

Blanchett es la musa de Allen en esta exploración. Su personaje está construido con enorme riqueza de matices, entre lo trágico y lo cómico. Frente a ella, los demás personajes pueden resultar toscos. Pero Allen es un excepcional director de actores, ya sea protagonistas o secundarios, y siempre saca lo mejor de ellos. Quizá porque sabe que todos, de algún modo, somos otros, pero nadie mejor que un actor para encarnar esas máscaras. Blue Jasmine es pues una comedia agridulce que alterna la ternura hacia unos personajes perdidos en medio de un colapso y el desprecio hacia la hipocresía de financistas y políticos que Allen no duda en identificar con el rostro concreto del mal. Tal vez ellos sí son lo que parecen.

Calificación: **** (4)

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