Murió Dicken Castro, creador de los logos más memorables de Colombia

Símbolo del XXIX Congreso Eucarístico Internacional (1968)
Logo Vecol, veterinaria de Colombia (1968).
Logo 'Casa de la madre y el niño', programa de adopción (1992).
Logo del programa Pan (1980).
Logo Colsubsidio (1967).
Logo Tecnicaña (1968).
Logo 'Mi Río', programa de mejoramiento del río Medellín (1992).
Fundación para la Educación y Desarrollo Social (1980).
Doscientos pesos colombianos (1994).
Instituto de Seguros Sociales (1956)

Imaginación y paciencia para un arte eminentemente intelectual es lo que caracteriza a este publicista antioqueño que falleció hoy 21 de noviembre, así lo anunció su hija Rosalía Castro en redes sociales.

Revista Diners de octubre – noviembre de 1970.

La sintética sabiduría de la Enciclopedia Británica define el símbolo como “el término dado a un objeto visible que sugiere a la mente algo que no se muestra pero que se hace explícito por asociación con él”. Es decir que un símbolo debe estar dotado del peculiar poder de transmitir un mensaje a través del brevedad de unos rasgos. Hasta cierto punto, se trata de una especie de brevísima taquigrafía mediante la cual es dable identificar plenamente algo con tal propiedad, que el símbolo y el asunto identificado llegan a convertirse en una sola cosa. La referencia obvia para ilustrar este poder asombroso de la síntesis, es la Cruz. Símbolo de los cristianos, esa calidad ilustre penetró de tal modo al trazo elemental que acabó, él mismo, por convertirse en objeto de veneración y, cuando fue necesario, en beligerante estandarte.

Con todo, para que el símbolo desempeñe con eficiencia el cometido, ha de tener implícita, su propia elocuencia. Nunca podrá ser convincente si es profuso y, desde luego, si es chocante. En cierto sentido el símbolo, para que sea eficaz ha de tener la propiedad, bien difícil ciertamente, de sostenerse por sí mismo –hecha abstracción de su significado– como un objeto sencillamente bello. Y en este sentido, un símbolo tiene que ser una obra de arte.

De esta condición, juzgada ya en escuetos términos de estética, habrán de percatarse quienes acudan a la exposición de Dicken Castro, un creador de símbolos, en la biblioteca Luis Ángel Arango. Allí, magnificados, repetidos, ordenados, trasladados del plano a los volúmenes, los símbolos elaborados por este arquitecto imaginativo y de paciencia casi artesanal, se despojan de su carácter cotidiano (el que se les demanda en los membretes, en las vallas, en los avisos luminosos) para erigirse fórmulas puras de color y diseño: dejan de ser mensajes pragmáticos para convertirse en valores visuales suficiente que suscitan al margen de su anécdota, y aún a pesar de ella, satisfacción estética.

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Foto:EGAR

La relación, típicamente visual, entre estas enormes superficies de color delimitadas por líneas de simplicidad evidente no es ajena al arte moderno. No hay otra cosa ha hecho Kelly en la tentativa de despojar al ojo de todo lo que perturbe la relación con el trazo y el color y, como en el caso de los símbolos “esculturizados” o “voluminizados” de Dicken Castro, tal ha sido la tarea del “minimal art” al considerar que la selección acertada de cualquier objeto y su elaboración dentro de un patrón adecuado, lo convierte en obra de arte.

Lo novedoso en el caso de esta exposición está en el hecho de que se llegue a un alto grado de virtuosismo estético por el atajo de una exigencia que hasta cierto punto le es impuesta al artista. El pintor que trabaja con elementos parecidos o el escultor que perfecciona sus “creaturas” gozan de una autonomía que, en cierto modo, le es negada al creador de símbolos.

Es decir, que al contrario de lo que acontece con quienes hacen arte, sin limitaciones distintas a las de su propio talento, el creador de símbolos tiene que moverse dentro de márgenes bien definidos. Puede traspasarlos obviamente y entregarse de lleno la inercia de su inspiración. Pero no podrá dar este paso impunemente en lo que hace a la función específica de crear un símbolo. Si decide respetar este riguroso mandato profesional tendrá que mantenerse dentro de linderos limitativos y realizar en ese ámbito forzoso su cometido estético. En el caso de Dicken Castro esta labor llena de dificultades está asistida por su profesión de arquitecto. Siendo la arquitectura la más funcional de las artes, su destreza y su imaginación de artista están ya habituadas a someterse a cierta disciplina funcionalista que, trasladada a la elaboración de un símbolo, alivia un tanto el proceso de acomodamiento a una labor esquematizada de antemano.

Pero ello, por supuesto, es más un auxilio que una determinante y el sólo título de arquitecto aún su idoneidad como tal no constituyen, en modo alguno cartas de naturaleza que autoricen a nadie, por sí solas, para convertir a un arquitecto en un creador de símbolos. Y al contrario: la docilidad profesional y aun la fertilidad imaginativa de ciertos “hacedores de logotipos” no son suficientes para darle a un símbolo esa calidad estética, esa propiedad visual que, como se decía atrás, hace que el símbolo, como obra de arte, se baste a sí mismo que es lo que resulta evidente para el espectador en la notable exposición de Dicken Castro.

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Foto:EGAR

El tránsito del arquitecto al creador de símbolos –y de absolutas formas estéticas– se produjo en Dicken Castro hace alrededor de seis años. Su primer símbolo fue el que utiliza ahora como distintivo para su propia oficina. Desde entonces, ha realizado alrededor un centenar para toda clase empresas privadas y estatales.

Generalmente, dibuja los motivos en el estudio de su bellísima casa en las colinas de suba. Pero en el momento en que traslada los diseños al papel, el símbolo logrado ha sido sometido a un largo proceso de elaboración. Previo el estudio minucioso de las características y de los propósitos de la entidad que lo encarga, Castro selecciona ciertos elementos primarios: un color que generalmente identifique la empresa, las iniciales de su razón social; los equipos o instrumentos que, eventualmente, podrían servir para distinguirla, etc. Y sobre estas bases, precarísimas empieza trabajar. En no pocas ocasiones, la elaboración del símbolo definitivo está precedida por semanas de constante trabajo y por centenares de proyectos desechados, los unos, por poco elocuentes y los otros por resultar tan recargados de”anécdota” que se convierten como él mismo lo dice, en verdaderas telenovelas. Lograr, pues, la plena conciliación entre el carácter evidentemente descriptivo y comercial del símbolo y su valor estético no es fácil. Además, es indispensable que el motivo escogido sea igual de sugerente en blanco y negro o en color. De otro modo, no serviría para ser utilizado, con fines prácticos, en medios de comunicación como la prensa y la televisión. Si el símbolo, por logrado que sea, pierde efectividad en blanco y negro, se desecha inmediatamente.

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Foto:EGAR

De los muchos símbolos que Castro ha puesto en circulación, el que más trabajo le dio, según su propia confesión, fue el del Congreso Eucarístico. Para realizarlo tuvo que leer infinidad de volúmenes sobre liturgia, historia de la iglesia y hasta teología. Y, por cierto, la elaboración de este símbolo acaba de darle una satisfacción: el Papa Paulo VI, le vió por conducto de la Nunciatura, hace pocos días, una réplica, con su firma, de la Cruz de Peces entrelazados que identificó al congreso, distinción ciertamente muy poco frecuente de parte de un Pontífice y que, en cierta manera, es una muy ilustre constancia de la idoneidad de este arquitecto antioqueño, que ha conseguido hacer del lenguaje escueto de estos mínimos motivos que van y vienen en cartas, sobres y oficios una nueva forma y perdurable de belleza.

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