Aysha Bilgrami, la joyera colombiana que une culturas

La marca de una joven creadora colombo-pakistaní manifiesta la capacidad que tiene el diseño para hablar de diversidad y mezclas culturales en este turbulento mundo contemporáneo.

“Estoy en mis objetos: las botellas llenas de fotografías, son cuerpos, también miradas, sexos, senos, plumas de gavilanes, colas de leonas seductoras, cofres con nombres de libros, flores de los caminos, abanicos de los auditorios. Y los libros me persiguen, me abren las páginas cuando paso cerca”. En el prólogo de El retorno de Lilith (Ediciones Arte Dos Gráfico) encuentro las palabras de la poeta, escritora y activista por los derechos de las mujeres Joumana Haddad (Líbano, 1970) que caen, literalmente, como anillo al dedo para iniciar una descripción del trabajo que realiza la joyera Aysha Bilgrami en su taller de Bogotá.

Su próxima colección, lista para estrenarse en marzo de 2017, se llama Weaves y refleja el interés que tiene Aysha por tejidos y tapetes que cruzan caminos en la geografía de dos países distantes entre sí por más de catorce mil kilómetros. En la colección de 2016, ya había mostrado su gusto por utilizar objetos y símbolos religiosos –desde la media luna hasta la cruz, desde imágenes de minaretes hasta cúpulas de iglesias barrocas– para hacer sus piezas.

Brazalete Zahi hecho en oro

Es de mañana y ya el sol calienta las ventanas. Los muebles lacados en blanco son los únicos que resultan neutrales en un espacio que habla por sí solo de sincretismo cultural. De un rincón, junto a la cafetera instantánea, Aysha toma un estribo de bronce que perteneció a la silla de un camello. “Lo encontré y lo pedí como regalo de cumpleaños. Sé que voy a hacer algo con él”, dice acariciando el metal frío.

Hay aretes que abrazan posesivos lóbulos de orejas reproducidas en masilla, los anillos se aferran a dedos inertes de fieltro gris, un collar voluminoso ocupa el centro de la mesa, otros colgantes balancean su liviandad sobre la pared y en un pequeño recuadro reposa un pequeño estuche cosido a mano, bordado con chaquiras multicolores, de borlas diminutas. “Es un joyero que encontré en un mercado en Pakistán”, explica mientras comprobamos cómo la bolsa exquisita remite a piezas y técnicas de algunas comunidades indígenas en Colombia.

Recorro sin prisa, pieza a pieza, la secuencia que define a una mujer cuyo nombre en árabe significa vida. “Mi mamá, Gloria Gaitán, es bogotana y fue la que escogió Aysha”. El padre, Akbar Bilgrami, un banquero nacido en Quetta, Pakistán, le dio el apellido y la mitad de la esencia con la que se subraya la doble condición de colombiana y pakistaní de la hija.

Aretes Safya de plata

Aunque Aysha nació por casualidad en Miami (1986), desde los cuatro años su vida fue la de una niña educada primero en el colegio Anglo Colombiano de Bogotá y luego formada en el Instituto Marangoni de Milán. “Siempre fui muy manitas creativas. A los trece años hacía pulseras de chaquiras y papel con mis amigas. A los quince tuve mi primera máquina de coser. Tenía cerca a mi mamá que hacía joyería y bisutería”.

Y EL POETA ES EL PROPIO SILENCIO DEL DÍA
De nuevo, el brillo de Joumana Haddad se posa fantasmal en el breve recinto que ocupa Aysha Bilgrami, su primera sala de exhibición comercial propia, un paso más en la ruta de empresaria que resolvió iniciar en 2015 tras realizar tareas de producción y desarrollo de joyas para colecciones de Leal Daccarett en Bogotá. “Disfruté mucho esa etapa. A Francisco y Karen (diseñadores de la firma) los conocí en Italia. Cuando regresé a Colombia, después de hacer prácticas en varias marcas –en plena época Berlusconi donde no estaba claro cómo regular mi situación laboral– me inicié con ellos. Ahí comencé a pensar en dar el salto en solitario”.

Más adelante, la antigua estudiante de diseño de moda a la que sus profesores italianos le insistían tomar rumbo en la joyería (aunque ella se resistía), diseñó uniformes para las empleadas de la cadena Crepes & Waffles e incluso hizo vestuario para producciones teatrales. Cuando resolvió incursionar en la joyería empezó desde cero. “Me fui al centro de Bogotá a tocar puertas hasta que encontré a Alfonso Tinjacá, un artesano formado en talleres tradicionales con el que aprendo y hacemos equipo día a día”, relata.

Chocker hecho a mano con piedras preciosas

El taller de Aysha alberga varias lecturas, una silenciosa (la de la líder árabe Joumana Haddad) y otra en voz alta –como señala Alberto Manguel en su Historia de la lectura a propósito de la diferencia que hacía entre las dos maneras de leer san Agustín–. De la que no se oye nada proviene la fuerza seductora que tienen los aretes de media luna en oro ($ 910.000) y en plata ($ 720.000); el fabuloso choker con minaretes de oro y piedras preciosas ($ 2.500.000, que demanda una semana completa de trabajo del artesano joyero con el que trabaja Aysha) y los collares largos que mezclan minaretes y cruces.

De la lectura vibrante, en la voz grave y alegre de Aysha, resulta el vocablo “Pakilombia” que ella misma formula para contar cómo se siente, qué líneas estéticas cruzan su inspiración, por qué los chiles picantes salpican todos sus platos desde el desayuno hasta la cena (“viajo para comer”, asegura). Y es en este nuevo territorio, el de “Pakilombia” –un lugar mental y vital– donde la joyera nos convoca a los demás. No solo para admirar su destreza creativa y la resolución conceptual de sus piezas, sino para comprender sin mayores arandelas que somos resultado de las mezclas. Que la diversidad es una fuente de riqueza inagotable. Las jawhiras (joyas, en árabe) de su marca contienen la habilidad del lenguaje que no crea barreras, sino que enlaza ideas.

“Las personas somos muy parecidas. Alegría, trabajo, color y tradiciones ocurren entre colombianos y pakistaníes. He sentido muchas sensaciones comunes. En el plano estético también encuentro muchas similitudes: el tejido de las canastas en guacamaya de Boyacá se hacen muy parecidas con hojas de dátiles en una región fronteriza con la India. También he hallado tapetes, platos y vasijas que me remiten culturalmente de un país al otro. A veces no puedes distinguir la procedencia entre uno y otro. Hago estas investigaciones de manera muy personal con libros, en internet, preguntando a familiares”, explica la joyera mientras mueve sus dedos cubiertos de anillos.

Triple Goli Earcuffs

La nariz aguileña, los ojos profundos y oscuros, la piel blanca y el pelo abundante hacen de Aysha tan pakistaní como colombiana. Sin embargo, es más árabe en ella su empeño por las pashminas que lleva siempre colgando. Como meandros que van fluyendo al mismo mar, otras costumbres van apareciendo en sus planes. “Este año me caso por lo civil en Bogotá y lo haré vestida con un sari de brocado plateado, bordado a mano en Pakistán”. Su novio, Jaime Zawadzki es bogotano y de sexta generación de polacos y caleños. “Vamos a ser un mazacote de familia”, anticipa entre risas la diseñadora.

Le pregunto cómo recibe la presencia de Trump en Estados Unidos y, especialmente, el decreto que pretende vetar el ingreso de la población de siete países de mayoría musulmana a Estados Unidos. La cuestión se me hace indispensable ante una mujer resuelta y consciente como ella de lo natural que resulta vivir en la diversidad. Su respuesta es inmediata: “Me siento afectada personalmente. Esa separación y racismo cultural que está haciendo Trump es fuerte. Tengo pasaporte de Estados Unidos, no me siento norteamericana para nada, pero es un momento de confusión. Me siento también atacada. Es triste ver que una nación que tenía las puertas abiertas, las esté cerrando”.

Sin embargo, sabe que el futuro está por delante y quizá sea la coyuntura política actual la que también logra reforzar su idea inicial de fortalecer los lazos entre Colombia y Pakistán. “Incluso, me gustaría trascender a otras piezas más adelante: accesorios como carteras y otros elementos. Estoy abierta siempre. No sabes qué oportunidades se pueden presentar”.

“El tejido de las canastas en guacamaya de Boyacá se hace muy parecido a unas hojas de dátiles en una región fronteriza con la India. También he hallado tapetes, platos y vasijas que me remiten culturalmente de un país a otro. A veces no puedes distinguir la procedencia entre un país y otro.”

Para crear una relación comercial más fluida, la joyera participa en ferias de diseño independiente en Colombia, comercializa sus piezas en Pakistán (especialmente collares que se fijan sobre la cabeza y cuya pieza central adorna la frente de las mujeres) y abre las puertas de su oficina en Bogotá (calle 79 A n.o 8-63). Además, sabe que el reto está en las plataformas digitales: “Estoy creando mi página web. Quiero que sea muy amigable porque no soy tan compradora online y deseo brindar una buena experiencia, como si pudieras sentir bien la pieza”.

Como un “desahogo” califica Aysha Bilgrami su experiencia diaria con la creación de joyas. Una manera muy eficaz seguramente para darle rienda a la artista que lleva dentro. Su propuesta diferenciada en el escenario de diseño independiente en Colombia es cada vez más notoria y el aporte que sin duda está haciendo con su mirada comprensiva en la diferencia, serán los verdaderos quilates que pueda mostrar su marca en esta competida industria.

Sobre el Autor

Periodista y politóloga. Por una moda sostenible. Editora de la revista digital www.sentadaensusillaverde.com.

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