Breviario de la corbata

El diseñador y asesor de imagen José Ignacio “el Mono” Casas conversó con Diners sobre este singular accesorio y dio consejos para saber cómo llevarlo.

El Mono Casas se iba a graduar de sexto grado de bachillerato en el Colegio Karl C. Parrish de Barranquilla cuando se puso su primera corbata. Su papá, médico, solía usarlas diariamente, siempre en manga corta, utilitaria pero elegante. El padre se acercó al hijo, que lo miró con sus azulísimos ojos completamente abiertos, y le mostró cómo hacer un nudo Windsor. Ahí, el Mono aprendió a hacer lo que según él es la mejor forma de anudar estas piezas.

Hoy, Casas hace del vestir un oficio. No solo trabaja como consultor en moda para Caracol Televisión, también ha sido cara y cuerpo de marcas como Carlos Nieto y se dedica a crear excepcionales eventos que solamente pocos tienen la suerte de experimentar. Es, además, fino ejemplo del buen uso de la corbata y conocedor de la trascendencia y los mensajes que esta tiene para el hombre y la mujer.

He aquí, entonces, un breviario de la señora corbata según el Mono Casas.

El Mono encapsula el sentido de la pieza así: “Es un clásico que nunca se dejará de usar. Así haya momentos en los que puede obviarse y ocasiones que la exijan. Todo está en la coherencia, independientemente del gusto”.

Y así ha sido la historia de la corbata: coherente evolución. Desde el pedazo de tela que los legionarios romanos usaban en el cuello por higiene hasta la particular forma que le dieron los mercenarios croatas en el siglo XVII y su actual diseño, nacido ya entrados los años veinte en Nueva York donde el diseñador Jesse Langsdorf patentó la corbata que hoy conoce el globo entero.
Hay varios ejemplos de la montañosa relación que este accesorio ha tenido con los siglos XX y XXI: el uso jovial y hipster del corbatín, el foulard como regente entre adinerados ochenteros, la infame “corbata colombiana” durante la Violencia en los cincuenta y ahora, la informalidad millennial que llenó las oficinas de camisas de botón abierto o camisas enteramente cerradas, pero completamente desnudas. Incluso el presidente de la red social más grande del planeta opta por una camiseta y un saco de capucha en la oficina.


Foto: AFP

Desde la extrema longitud de la corbata de Donald Trump, que es fuente constante de humor y burla en Estados Unidos, hasta el estilo descomplicado de Mark Zuckerberg, que en la mayoría de ocasiones no suele utilizarla, el secreto de la corbata ideal pasa por encontrar la que mejor se adapta a cada estilo y personalidad

Sin embargo, la corbata vive firme como pieza obligatoria en sucesos de importancia para aquel que la busca, desde un evento cuya invitación lee traje coctel hasta la primera entrevista de trabajo. “Las personas que lo van a entrevistar esperan que uno aparezca en corbata. Hay que darles lo que esperan de uno”, dice Casas, “a menos que la entrevista sea para coach de tenis del Country Club, toca llevar corbata”. El propio Mark Zuckerberg se ha visto obligado a usarla en sus encuentros con presidentes del mundo.


Foto: AFP

Fondo y forma
Justo como la condición humana, la corbata tiene caras, formas, alma, fondo y matices. El nudo es la cara de la corbata. Sea un Windsor completo o medio, sea un Murrell, un Elredge o un Van Wijk, el nudo es el punto focal de la corbata. Pero su armonía recae en la forma del cuello de la camisa. El Mono tiene el consejo perfecto: “Encuentre el que le gusta a usted, hágalo bien y quédese con él. Así como un traje de solapa delgada con una corbata ancha se ve mal, un nudo delgado con un cuello ancho se ve mal también. Hay que mantener proporciones”.

El alma de la corbata es su interior, literalmente. El Mono explica que “esa parte interna de la corbata hecha en felpa se llama alma y es lo que en realidad hace a una corbata. Genera un buen nudo. Hace que agarre el cuello bien y que se pueda jugar con ese nudo”. Justo como los humanos, “hay veces que el nudo no cuadra porque la pieza no tiene una buena alma por dentro”.
Su piel, camaleónica. La seda es su estado general, pero con el paso del tiempo la corbata se ha convertido en conejillo de Indias generacional. Entra el lino, los tejidos y hasta el algodón arrugado. Las tejidas tienen la atención de Casas: “Las knitted siempre han existido, pero históricamente eran de look informal. Ahora que todo lo informal se vuelve formal y viceversa, lo mismo ocurrió con las tejidas. Se ven muy bien dentro de un traje formal”.


Foto: Getty Images

En 2013, el diario The Wall Street Journal tituló un artículo “La corbata ha muerto. Larga vida a la corbata”. El artículo hablaba de la situación del momento: Barack Obama, David Cameron y Vladimir Putin evitaron usar corbata en una cumbre internacional.

Los matices, infinitos. La extrema longitud de la corbata de Donald Trump es fuente constante de humor y burla en Estados Unidos. Décadas antes, el director colombiano Pepe Sánchez caricaturizaba la situación diametralmente opuesta en una diminuta corbata, típica del épico Don Chinche. Más atrás en el tiempo, Marcello Mastroianni revolucionó el cine bajo la batuta de Federico Fellini y utilizaba casi siempre corbatas delgadas al extremo. Moda que los estilistas de la serie Mad Men copiaron al emular la masculina industria de publicidad estadounidense en los años cincuenta. Así, ella, la Señora Corbata, en su fondo, su forma y su piel es paradigma del gusto que la cultura tiene al vestirse por las mañanas.

Artículo en femenino
Al decir “la corbata”, el artículo es femenino. Muy a pesar de una tardía apropiación a la prenda por parte del género. Unos dicen que ocurrió tras la revolución sexual de los sesenta y otros acreditan el mismo factor, pero una década más tarde.

Fue ahí cuando Diane Keaton inmortalizó a Annie Hall con una actuación fenomenal y una no menos llamativa corbata, enmarcada en sus respectivos chaleco y sombrero. La rockera canadiense Avril Lavigne usó corbatas durante los noventa, en el pico de su fama, reemplazando erradamente camisas por esqueletos y taches. Estas imágenes femeninas, informales y rebeldes dieron connotaciones amplias al uso de la corbata.

El Mono Casas, cuyo armario cuenta historias en casi cada prenda, posee una preciada corbata Pucci. Es la más antigua de su colección y, además, tiene pasado femenino: “Es de un diseñador italiano de una familia noble de Florencia. Me la regaló una novia italiana que tuve. Esa corbata me sigue acompañando hoy en día, desde mis 25 años. Es de seda, tiene el print emblemático de Pucci. Es en tonos azules. Yo soy de tonos azules”. Imagino oírlo suspirar al contar la historia, pero sé que esos suspiros se los roba Marea, que es su compañera de hoy y siempre.

Un acercamiento femenino a la corbata menos romántico lo hizo hace poco la artista israelí Michal Cole, durante la Bienal de Venecia 2017. Cole dispuso de 27.000 corbatas para su instalación en el Pabellón de la Humanidad. Las usó “como un grito tejido y silencioso” en contra del patriarcado global. Lo hizo en colaboración con otra mujer, Ekin Onat, que utiliza el arte en ataque contra el mandatario turco Racep Tayyip Erdogan (cuyos nudos, por cierto, suelen oscilar entre el Prince Albert y el Windsor).

Usarla o no usarla, he ahí la cuestión
El Mono cree que “todo hombre bien vestido debe tener una corbata oscura y una mucho más alegre y divertida, a funkier tie”, dice en ese inglés natural que se cuela en sus frases. Ambas opciones deben tener vida propia aplicable al clima donde se usen. “En Colombia no hay estaciones, algo que generó la creencia de que uno se viste de bermuda, chancla y t-shirt en tierra caliente. Esos son los códigos que cambian”, asegura el Mono. Por eso, los trajes livianos como el seersucker abrieron paso a la corbata tejida en algodón para tierra caliente (ojo: jamás con corbata de seda en esta combinación), rompiendo prototipos arcanos.


Foto: Estudio de Arte Michal Cole

La artista israelí Michal Cole utiliza las corbatas en sus instalaciones

El Mono sabe también que hay momentos que exigen no usarla. Estos son más dados a la intuición. No solo momentos, también oficios, industrias y edades invitan a no utilizar corbata. “Un sábado en el restaurante de moda, esa corbata sobra. Así sea en Bogotá, NY, Berlín o Hong Kong, donde quieras”, ríe Casas.

De ahí en adelante, utilizarla o no es juego abierto para el que sea, como lo hacen algunos líderes políticos en el mundo que usan la ausencia de corbata como una medalla de honor. Varios presidentes iraníes (sobre todo Banisadr y Ahmadinejad. Ambos usaron camisas tradicionales sin corbata) evadieron el accesorio como parte de un sentimiento en contra de la que consideran es una decadente opresión occidental, mayormente europea.

Una razón, y muy distinta, para evitar el accesorio es cortesía de Alexis Tsipras, ex primer ministro de Grecia. Tsipras llegó al poder en su país con una grave crisis económica y sin corbata, estilo que luego internacionalizó tanto que en octubre del 2013, el diario The Wall Street Journal tituló un artículo de la siguiente manera: “La corbata ha muerto. Larga vida a la corbata”. El artículo hablaba sobre la situación del momento: Barack Obama, David Cameron y Vladimir Putin no usaron corbatas en una cumbre internacional. Me es imposible sacar de la mente el ejemplo de la izquierda criolla, cuya obviedad no carece de mérito representado en el cuello de tortuga de Lucho Garzón.

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