El placer del “buenvivir” en una botella de vino

El responsable de haber iniciado y guiado a los colombianos por el infinito mundo del vino tiene nombre propio: Julio Eduardo Rueda Riaño.

Me inquietó el apasionante mundo del vino desde muy temprana edad. Fue la época en que el estudio de una carrera profesional como la administración hotelera era vista en Colombia como la escapatoria perfecta para los vagos de turno, caso que se ajustaba divinamente al carácter y a la fama de mal estudiante que cargaba sobre mis hombros desde tercero elemental.

En 1974, cuando le comenté a mi querida madre sobre la decisión de estudiar hotelería, se sorprendió y enfureció de inmediato. Cómo pretendía que yo siguiera los pasos de mis antepasados, vociferó, molesta, temiendo que el destino de su hijo era terminar de camarero o cocinero, es decir: en el oficio de mesa y bar, visto por entonces como un tema de servidumbre al que deberían dedicarse únicamente los desafortunados que no habían tenido la posibilidad de pasar por un colegio decente.

Mi única defensa en ese instante, y en un intento por abrir su mente a la dimensión de entregarme a una carrera por demás infinita y universal, fue preguntarle a mamá: “¿Te imaginas cuántos bombillos habrá encendidos en este momento en el Hotel Tequendama?” Mi golpe fue certero, pues mi querida madre abortó la idea de la abogacía, la economía o la administración de empresas y, sumisa, aceptó mi inadmisible reto personal.

Sonriente y triunfal emprendí el estudio de uno de los temas más apasionantes, fascinantes y enriquecedores para quienes mantenemos despierta la imaginación y nos dejamos llevar por el ritmo de la intuición y la curiosidad.

Como mesero en práctica, tuve varias y valiosas experiencias y rápidamente me fui compenetrando con el tema de alimentos y bebidas. Nunca como parte de la servidumbre que intuyó mamá. Por el contrario: me enfoqué en entender la sicología; vaticinar a quienes requieren los servicios; hablar con las señoras angustiadas por organizar el matrimonio de su hija o con el presidente de una empresa que debe atender a visitantes del exterior, y ofrecer un opíparo banquete; conversar con las encargadas de descrestar a posibles clientes de cosméticos, autos de lujo, relojería, o a políticos en campaña, farándula, músicos, bellacos, en fin, un innumerable vademécum de posibles consumidores de servicios.

Mi inclinación contundente fue entender a las personas, simples seres humanos de personalidades distintas que, cuando enfrentan el problema de no ignorar qué hacer, se doblegan ante quienes pretenden sí saber. Por esa razón dediqué toda mi atención a comprender la profundidad de la duda, la intranquilidad, la angustia, la ansiedad; inquietudes de las que sufría igualmente yo como joven inexperto.

En muy corto tiempo se me abrieron varios horizontes hoteleros en Bogotá, Cartagena y Aruba, y, de repente, la fortuna volvió a tocar a mi puerta: un desesperado hombre de negocios había decidido importar vinos de Chile. No sabía del negocio y yo tampoco. Sólo sabía de mi atracción por el vino gracias a los estudios de hotelería, pues la enología era parte del pénsum. Igual, me atraía. Por eso, cuando el importador me propuso colaborar en la venta del vino, como siempre, respondí con un sí contundente.

Comenzó un periplo de vida intenso, marcado por viajes y vivencias impresionantes; no solo incursioné en el tema del vino fino, sino en el de los licores premium. La trama de los destilados y los fermentados es infinita, de ahí mi entrega absoluta.

Con la experiencia adquirida tras bambalinas en el mundo hotelero entendí que la empresa comercial, dedicada a la importación de vinos y licores, sería imbatible. Y lo ha sido, pues hemos traído a Colombia los mejores licores, cavas o vinos del Viejo y Nuevo Mundo.

Un concepto de gran fuerza y carácter, basado en la sicología hotelera, surgió un día gracias a esa creatividad infinita que se anima cuando los recursos son pocos: ¡Buenvivir… donde otros no lo ven!

Buenvivir, filosóficamente, ha sido ajeno al dinero, al poder comercial. Muy por el contrario, ha pretendido despertar inquietudes, abrir alternativas, posibilidades, opciones. Buenvivir es un descubridor innato, cercano a lo cultural, lejano de lo banal; de ahí su importancia como medio, como realidad palpable.

Gracias a la fuerza de Buenvivir deambulé por el mundo, descubriendo rinconcitos, música, arte y cultura. Se atravesaron nuevamente el vino y los viñedos y los campesinos raizales enamorados de sus tierras, consentidores de sus vides, hacedores artesanales, magistrales artesanos que de la tierra, la fruta, la madera y la sabiduría, producen elixires que solo reconocemos quienes hemos volado bajo para llegar a comprender que lo importante es entender lo que sobra, pues lo que falta siempre será infinito.

Buenvivir… donde otros no lo ven.

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