Alejandra Naranjo: la sommelier

Con 33 años, Alejandra Naranjo Escobar es la figura más descollante del vino en Colombia. Nadie ha llegado tan lejos, ni tan alto.

Dueña de un temperamento tranquilo y de una personalidad dulce, Alejandra Naranjo puede pasar desapercibida en cualquier corrillo. De baja estatura, piel blanca, ojos color miel, facciones finas y modales impecables, ya ha acumulado más conocimiento que cualquier otro colega suyo de su edad. Y ha degustado vinos que solo los más consagrados coleccionistas pueden alcanzar. Más aún, los ha catado desde la pubertad.

Sus méritos la han convertido en la única latinoamericana seleccionada para pertenecer a las más exclusivas cofradías francesas. Adicionalmente, no ha habido escuela o centro de formación que no la haya laureado por su sobresalientes calificaciones. De manera que si Alejandra está hoy en la boca de todos, no es exagerado anticiparle un futuro sin límites.

Nació en el seno de una familia acomodada. Su padre, ingeniero metalúrgico, recorrió el orbe por motivos de trabajo, y, desde muy temprano, se aficionó por la vida sibarita. Mientras tanto, su madre se dedicó a la cocina creativa y sus preparaciones le permitieron a Alejandra desarrollar un paladar exquisito. Su casa era una especie de caja de sorpresas para los sentidos.

Los primeros vinos que probó fueron Almaviva, Casa Lapostolle y Don Melchor, o sea, joyas chilenas que muchos adultos aún no han probado. Ese fue su punto de partida. De manera que al haber quedado ungida con estas aguas benditas de la enología, solo tenía un camino por delante: seguir subiendo. En verdad, fue una transición sencilla porque, en vez de tener que buscar las ciudades sagradas del vino, estas salieron a su encuentro.

Enviada a Bogotá para estudiar publicidad en el Politécnico Grancolombiano, empezó a dedicar su tiempo libre al aprendizaje del vino. Su lugar predilecto era una pequeña tienda, ya desaparecida, ubicada a pocos pasos del actual Centro Comercial Andino. Con pocos conocimientos prácticos sobre la degustación y alguno que otro concepto teórico sacado de la Enciclopedia Larousse del Vino, que su padre le había regalado antes de partir, se atrevió a pedir trabajo en la vinoteca, y hasta fungió de mesera. Alarmados por el curso que estaba tomando su vida, sus padres le propusieron viajar a España para terminar sus estudios publicitarios. Finalmente, se graduó en la Universidad Autónoma de Barcelona.

El camino hacia el vino empezó en España

Allí, a la primera oportunidad, se inventó un viaje la Rioja para ver los viñedos con sus propios ojos. Fue una experiencia alucinante y desordenada, porque todo lo disfrutaba, pero no sabía qué preguntar ni qué probar. En ese momento, su conocimiento de los vinos ibéricos era un barril todavía por armar.

Fue a pasar vacaciones a la Costa Brava y allí conoció a un cocinero español, con un par de estrellas Michelin en su casaca. Y entonces se vino la de Troya: el joven chef le dio a probar clásicos como Roda y Mauro, de La Rioja y Ribera del Duero, respectivamente. Luego vinieron Cune Imperial, Cosme Palacios y Tondonia, de López de Heredia, todos en la Rioja. Y se atrevió con ejemplares de la nueva guardia como Resalte, de Ribera del Duero.

El cocinero la llevó en su auto a la región de Alsacia, en el norte de Francia, paraíso de los vinos blancos expresivos y aromáticos. Visitaron, probaron y llenaron el maletero del pequeño vehículo de estupendas botellas.
Al regresar a Barcelona, se graduó y empezó a visitar bodegas cercanas, como la de Miguel Torres, lo mismo que pequeñas y medianas casas productoras de cava, el espumoso español. En este punto, su vida ya no tenía regreso.

Le pidió a su madre las coordenadas de una amiga en Avignon, y allá se marchó para hacer un recorrido por la denominación de origen de Châteauneuf du Pape. Entusiasmada con estos primeros paseos del vino, instó a sus padres a acompañarla en una travesía, que los llevaría, en automóvil, a la Rioja y luego a Burdeos. En esta provincia recorrieron la ruta de los châteaux y visitaron bodegas emblemáticas como Margaux y Giscours. De un momento a otro, Alejandra estaba entrando en las grandes ligas.

Su madre le sugirió estudiar francés en cualquier lugar de Francia y ella escogió Reims, capital del champán y epicentro del vino espumoso de gran calidad. Allí tampoco paró de visitar viñedos.

Apareció otro novio español y resultó ser uno de los propietarios de la bodega Izadi, de la Rioja, y de Finca Villacreces, en Ribera del Duero, donde también visitaron templos del vino como Pesquera y Pago de los Capellanes.

Regresó brevemente a Colombia y trabajó en la casa importadora JE Rueda y en la oficina bogotana de la firma La Cava, de su Cali natal. En este punto dictaba charlas y programaba eventos, pero le preocupaba depender solamente de su entusiasmo y de un empirismo bien manejado.

Se propuso estudiar nuevamente y estuvo a punto de viajar a Argentina. Pero sus padres la disuadieron para que no lo hiciera. “Si vas a estudiar, vete a Burdeos”, le dijeron. Y allí, en la escuela Cafa Formations, se tituló como sommelier conseil-caviste y realizó prácticas en el restaurante ABaC, en Barcelona, y en la exclusiva tienda La Winery, en el Médoc. Y también vivió su primera feria de Vinexpo, de la mano de uno de sus mentores, quien le aseguró un sitio en muchas catas de los grandes vinos franceses. Por supuesto, se graduó con honores y superó a los estudiantes locales.

Fue encontrando personajes de la vida como Frederik Bellot, representante de los Barones de Rothschild para Latinoamérica. Bellot, al notar su conocimiento y entusiasmo, la recomendó para una nominación a la Commanderie du Bontemps, cofradía integrada por las denominaciones de origen de Médoc, Graves, Sauternes y Barsac. No sólo la aceptaron, sino que la invistió la propia baronesa Philippine de Rothschild, junto a una pléyade de grandes figuras mundiales.

Posteriormente, en una vendimia en la Borgoña, el dueño de la propiedad le oyó su historia y la recomendó para pertenecer a la Confrérie des Chevaliers du Tastevin, una de las más importantes del mundo. Para ella, fue una especie de summa cum laude, más cuando se trataba de una zona muy cercana a sus afectos. Para empezar, la Borgoña es el vergel del Pinot Noir, el vino de sus entrañas y de sus lágrimas.

El pequeño círculo de Masters of Wine

Hoy, Alejandra reparte su tiempo entre viajes–aunque le falta explorar Sudáfrica, Australia y Nueva Zelandia– y en consultorías a empresas locales de restauración, lo mismo que a clubes y hoteles. Hasta hace poco era una de las catedráticas de la filial colombiana de la Escuela Argentina de Sommeliers.

¿Qué le queda a Alejandra por hacer? Acaba de terminar su tercer nivel en el Wine & Spirits Education Trust, la misma entidad educativa que gradúa a los Masters of Wine. Solamente existen 230 personas en el mundo con ese título. En Latinoamérica, solo hay un par de estos expertos. Y confiesa que, tarde o temprano, se sumará a este pequeño círculo.

En sus frecuentes viajes, igual que lo hizo su padre, compra vinos de etiquetas únicas y las guarda en una pequeña cava, en su apartamento de soltera, en Bogotá. Y añade, como si estuviera transportándose a su infancia, que las probará con él, porque “no hay partner más perfecto para elvino”.

Vinos de lágrima

Estas etiquetas le arrancan a Alejandra Naranjo Escobar más de una lágrima cuando las prueba:

Châteu Cheval Blanc (Saint Emilion, Burdeos, Francia)
Châtheau Haut Brion (Pessac-Léognan, Burdeos, Francia)
Domaine Dujac (Borgoña, Francia)
Château Rayas (Côtes du Ródano, Francia)
Pingus (Ribera del Duero, España)
Artadi (La Rioja, España)
Chisto (Duoro, Portugal)
Reach (California, Estados Unidos)
Carmelo Patti (Mendoza, Argentina)
Don Melchor (Puente Alto, Chile)
Almaviva (Puente Alto, Chile)
Ken Forrester (Stellenbosch, Sudáfrica)
Isole Helena (Sicilia)
Donnafugatta (Sicilia, Italia)

Dos vinos pendientes
Domaine de la Romanée Conti (Borgoña, Francia)
Giacomo Conterno (Barolo, Piamonte, Italia).

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