Conozca a Pedro Toro: productor de los vinos Marqués de Villa de Leyva

Hace treinta años, el empresario Pablo Toro creó un viñedo en Villa de Leyva. Hoy, contra todos los pronósticos, su hijo mayor, Pedro, lidera el negocio que produce 20.000 botellas al año.

Un vino del trópico. Para muchos sonaba una idea descabellada. Una uva que naciera en una tierra donde no hay estaciones, donde el sol está presente todo el tiempo y las lluvias son impredecibles, no resultaba para nada alentador. Pero el empresario Pablo Toro tenía un sueño claro y concreto.

Este hombre de Manizales estudió ingeniería agrícola y mecánica en la Universidad de Cornell, en Nueva York, y siempre tuvo vocación para los negocios: creó la primera planta de café liofilizado en Colombia y tenía una constructora. Pero, además, conservaba dos grandes pasiones: los vinos y la agricultura.

A mediados de los ochenta, su amigo científico Marco Quijano Rico sembró una vid en Puntalarga, Boyacá. Esa idea le interesó a Toro. Así que investigó el tema y buscó a expertos franceses para que le aconsejaran comprar el terroir más adecuado. El lugar elegido fue un lote a diez kilómetros de Villa de Leyva, que tiene un clima seco, luminoso y que presenta una diferencia importante de la temperatura entre el día y la noche.

vinedo_aim_karim_620x460
En noviembre de 1987 se fundó el viñedo Ain KArim

En noviembre de 1987 fundó el viñedo Ain Karim, que en hebreo significa “manantial que surge de la vida”. Toro compró la maquinaria en Europa y trajo varios injertos de cabernet sauvignon y sauvignon blanc del vivero Ritcher, en Montpellier, al sur de Francia. Se fue, además, a estudiar un diplomado en enología a la Universidad de Davis, en California, y de allí trajo la cepa chardonnay.

Con el paso del tiempo fueron surgiendo los inconvenientes naturales de esta quijotesca aventura: las lluvias que inundaban el terreno, porque aquí la tierra es gredosa; los fuertes vientos, provenientes del desierto; las plagas que solo están presentes en el trópico. Pero, además, Toro cometió un error de principiante: las plantas quedaron mal sembradas.

Él, prácticamente, estaba solo en esta aventura, no tenía con quién hablar y comparar lo que estaba haciendo en el país, porque los vinos hechos en el Valle del Cauca son muy diferentes. Se elaboran con uva de mesa, que es más grande, a diferencia de la uva de vid, más pequeña y dulce, y la producción es completamente distinta. “Mi padre, entonces, fue a hablar con Robert Mondavi, uno de los más grandes productores de vinos en California y le mostró un par de fotos del viñedo. Él, enseguida, le dijo que las plantas estaban mal sembradas”, explica Pedro, su hijo mayor.

imagen_vino_1_620x460
En agosto lanzaron una nueva variedad, un merlot

Pero él no se desmoronó ante la noticia. “Todo lo contrario, siguió adelante. Era un pasatiempo y lo que le interesaba era mejorar e innovar los procesos”, afirma Pedro. Volvió a sembrar, a intentar y a probar, una y otra vez, para crear un vino fino del trópico, al que decidió bautizar con el nombre de Marqués de Villa de Leyva.

“Luego de la siembra, el proceso de producción tampoco fue sencillo y también se trató de un aprendizaje para mi padre. Fue ensayo y error a lo largo de los años”, asegura. El añejamiento en barricas del vino tinto, los sedimentos, los sabores, requerían un trabajo adicional, porque el objetivo era mantener el proceso lo más artesanal posible.

Un nuevo modelo

pedro_toro_marques_460x620
Pedro Toro Cortés asumió la gerencia del viñedo en 2008

En 2008 Pablo Toro falleció y Pedro, ingeniero electrónico y quien había estado durante veintiún años en la industria de alimentos, asumió la dirección de la compañía. “Con la junta directiva tomamos la decisión de llevar a la empresa al punto de equilibrio y convertir el hobby de mi padre en un negocio”, dice y continúa: “Tenía que aterrizar lo que podía llegar a ser un viñedo en Colombia y hacía dónde iríamos de ahí en adelante”.

Durante estos ocho años, Pedro, con más cerebro que corazón, tomó varias iniciativas, como traer patólogos nacionales y extranjeros para el control de las plagas; obtener reconocimientos internacionales de los vinos, para que un tercero los certificara ante el público colombiano, y diversificar los ingresos, convirtiendo el viñedo en un lugar turístico de visita obligada en la región. “Mi padre siempre tuvo claro que quería divulgar la cultura del vino, sobre todo con todas las personas que no tenían la posibilidad de viajar. Quería desmitificar la idea del viñedo, que la gente supiera cómo era, cómo funcionaba y lo pudieran visitar como uno lo hace en los de Napa, California”, asegura.

Actualmente cuentan con cinco referencias: cabernet sauvignon reserva, gran reserva y reserva especial; sauvignon blanc y rose (ver recuadro). En agosto pasado lanzaron, además, un nuevo vino: “El merlot es más suave, con menos taninos y le suele gustar más a las mujeres. Es la tercera cosecha de esta cepa, la planta ya se ha estabilizado y tiene una uva más adecuada para el mercado”, explica.

En las doce hectáreas sembradas tienen también un lote experimental con quince cepas distintas para mirar cuál puede resultar interesante para el terroir. Y en la fábrica en sí van a iniciar mezclas de las variedades. “Son muy importantes en el mercado internacional (…) porque aquí estamos acostumbrados a tomarnos todo puro, al ciento por ciento, pero la tendencia mundial es a mezclar”.

marques_vino_620x460
Actuamente, tienen sembradas doce hectáreas y un lote experimental con quince cepas distintas

Actualmente producen 20.000 botellas al año que venden en Boyacá y Cundinamarca; no les interesa exportar ni aumentar la producción. Luego de un detallado análisis financiero, su próximo proyecto está encaminado a construir un salón de eventos, que tendrá la forma de una cava. Contará con una cocina profesional y tecnología de punta y estará listo en mayo de 2017. “Queremos hacer catas dirigidas, matrimonios y eventos empresariales. Será un lugar que nadie más podrá replicar aquí, porque tiene la vista a un viñedo inigualable”, dice emocionado.

Sin embargo, Pedro, quien prefiere el vino blanco al tinto, reconoce que el principal obstáculo sigue siendo romper el paradigma de que el vino colombiano es dulce y no seco, como los que ofrece esta marca. Él sigue firme, trabajando para mantener vivo el sueño quijotesco de su padre, un vino del trópico, que logró concretar, pese a que él mismo confiesa que no tiene la misma pasión. “La pasión no se hereda, yo profesionalicé el negocio y la idea es que siga funcionando cuando yo no esté, sin ningún problema”, reconoce con una sonrisa.

Articulos Relacionados

  • Childish Gambino, una voz que tiene que conocer
  • La rebelde Coco Chanel
  • Un homenaje a Keith Haring en el aniversario de su muerte
  • Galería: estas son las imágenes ganadoras del World Press Photo 2017