Hechicería en tres actos

Elaborar rones independientes en Colombia es casi una zona prohibida. Simplemente, el actual monopolio estatal no admite competidores. Se necesita de un acto de encantamiento para romper el cerco.

Los antecedentes de este hechizo son propios de una fábula, como casi todo lo que ocurre en este edén de lo real-maravilloso, donde la ficción se confunde permanentemente con la realidad, y viceversa.

El primer capítulo podría llamarse intriga, porque ese fue justamente el punto de partida. Su instigador fue el propio comandante Fidel Castro, quien, con su revolución, arruinó un suculento mercado de rones cubanos en Estados Unidos, y la única forma de romper el cerco era construir una red de aliados en el Caribe para producir el brebaje con mano de obra cubana, pero con el dinero de otros.

En este juego entró el samario Miguel Riascos, un apuesto joven de abolengo costeño, cuyo padre, Alfredo, le había mostrado el noble camino del ron, bebida que, desde el siglo XVII, se convirtió en uno de los principales sellos de identidad de las naciones bañadas por el mar Caribe. Lo cierto es que la oferta del comandante le vino a Riascos como anillo al dedo, porque tenía el sueño de ser, algún día, el primer productor independiente de rones en Colombia.

Para satisfacer los intereses de su barbudo aliado, Riascos creó la empresa Santana Liquors, con sede en Barranquilla, a la que llegaron manos expertas cubanas para ayudarle en la tarea de preparar y añejar rones de calidad.

Con el tiempo, Santana adquirió la destreza y comenzó a surtir de tafias –o bases de ron– a empresas licoreras colombianas y latinoamericanas. De hecho, dos de ellas –la Empresa de Licores de Cundinamarca y la Fábrica de Licores de Antioquia– han figurado en su cartera de clientes selectos.

Cuando Riascos abandonó el padrinazgo de La Habana, lanzó su marca Santero, que llegó a alcanzar fama entre los aficionados al ron. Y hace un par de meses anunció una alianza con Procafecol para producir el Ron de Café Juan Valdez.

Durante varios y difíciles años, Riascos logró sobrevivir en su negocio, mientras educaba a sus hijos en las mejores universidades internacionales. Gradualmente, y a medida que estos comenzaron a regresar, quedó claro que una nueva generación –la tercera– se estaba preparando para un amigable takeover.

Y aquí viene el segundo capítulo llamado La Hechicera

Laura, una de sus hijas y quien desde hace varios años vive en Londres, decidió contraer matrimonio, en 2010, con un venezolano. Amigos de varios países prometieron acompañarlos en la boda, lo que llevó a Laura a pedirle el favor a su padre de hacer un ron de regalo para los invitados. La condición de la novia y su prometido era utilizar las mejores partidas de ron de la bodega. Allí, Riascos guardaba celosamente caldos de hasta 20 años de maduración. Como buen padre y futuro suegro, los complació. Los comentarios no se hicieron esperar y pronto llegaron pedidos de más botellas.

¡Eureka! Laura y Miguel siempre habían querido crear su propia marca de rones y el matrimonio les estaba mostrando el camino. Al hablarle a su esposo del proyecto y de la necesidad de buscar un nombre que definiera al ron como un producto del trópico colombiano, este le dijo: “No hay mejor nombre que La Hechicera”, o sea, el apodo con el que él la llamaba.

Graduada en Literatura comparada en la Universidad de Brown, en Estados Unidos, Laura aceptó la sugerencia, pero se puso en la tarea de convertir al nuevo ron en una manifestación de la feminidad colombiana y de la inagotable biodiversidad del país, que, literalmente, para ella, “es un hechizo”.

Mientras tanto, Miguel, administrador de negocios de la Universidad de Nottingham Trent, en Inglaterra, se ocupó del plan de negocios. Por su parte, Laura incorporó a Martamaría Carrillo, excompañera de colegio, quien ya había hecho un nombre en el mundo del diseño y de la construcción de marcas, con estudios en Milán y un posgrado en Londres.

Así, los tres jóvenes hechiceros –promedio de edad de 30 años– comenzaron la tarea de bosquejar el proyecto, con el claro foco de convertir a La Hechicera en un producto de lujo. La botella tiene un precio de venta al público de 115.000 pesos, por encima del famoso Ron Zacapa 23 Años, y superior a algunos whiskies.

Pero además de utilizar los mejores rones de las mejores barricas, Laura y Miguel acordaron no agregarle ningún otro ingrediente al producto, como azúcar, caramelo o glicerina, insumos utilizados por otros productores de ron en el mundo. “Nuestra propuesta fue ir del barril a la botella”, dice Miguel.

Martamaría elaboró una etiqueta que recuerda a los viejos fármacos con alcohol que llegaban a Colombia en la segunda mitad del siglo XIX. El envase tiene estampada una imagen de jungla, que muestra los distintos pisos térmicos de la Sierra Nevada de Santa Marta, muy al estilo de los dibujos de la Expedición Botánica.

Finalmente, la botella se identifica desde la distancia mediante un gigantesco sello seco en azul cobalto, que sobresale en cualquier estantería. La encargada de fabricar el envase es la firma francesa Saverglass, que atiende las marcas de vinos y destilados más conocidas del mundo.

Con Laura y Martamaría en Londres, la decisión fue poner el producto a prueba frente a los principales críticos ingleses. La respuesta fue inmediata y positiva.

Hecha la tarea en la capital global de las bebidas de lujo, el siguiente paso fue lanzar La Hechicera en Bogotá. Luego vendrán Barranquilla, Cartagena y Medellín. En el frente internacional ya existen preacuerdos con distribuidores en Francia, Bélgica, Luxemburgo, Holanda, Austria, Alemania, Dinamarca, Canadá, México, Nueva Zelanda y Australia.

La Hechicera, un ron franco y honesto, sin artificios ni aditivos, es elegante y equilibrado, y, sin duda, muestra las posibilidades de Colombia en el segmento de las bebidas de lujo. Pero se necesitaron tres hechiceros para demostrarlo. Lo único curioso es que La Hechicera –debido a las normas que protegen las licoreras locales– debe importarse desde la Zona Franca de Barranquilla, como si fuera un producto extranjero. Pero en medio de tanta y llamativa fábula, esto es lo de menos.

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