Gavrilo Princip, el detonante de la Primera Guerra Mundial

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Gavrilo Princip fue el que le disparó al archiduque Francisco Fernando y, sin poderlo intuir, detonó la Gran Guerra. ¿Maquinador o chivo expiatorio de un entuerto? Una breve visita al juicio.

Para el 12 de octubre de 1914 ya habían pasado el Vidovdan (día de San Vito) y el exitoso atentado. Ya Austria le había dado un ultimátum al reino de Serbia y estos habían declinado a esas exigencias que vulneraban su soberanía. En consecuencia, el Imperio Austro-Húngaro le declaraba la guerra a Serbia, con el guiño de Guillermo II de Alemania que se aburría con la paz desde los tiempos de Bismarck. El dirigente alemán quería divertirse peleando con los rusos, que seguramente apoyarían a sus hermanos eslavos del sur, no tanto por amor filial como por sus compromisos con franceses e ingleses. Todos, para el mes de agosto, se habían declarado la guerra formalmente.

En resumen, para ese entonces Gavrilo Princip había cumplido su función y, ahora, con la ayudita de este humilde estudiante, todos los pueblos rodeaban a sus dirigentes que se enfrascaban en una guerra como nunca se había visto. Algunos, como Guillermo II y Francisco José, habían conseguido con ello la “gobernabilidad” que tanto necesitaban.

Vemos una foto del 12 de octubre de 1914, fecha que casi nadie recuerda hoy en día. Estamos en una sala de audiencias de la Corte Militar de Sarajevo. Varios jóvenes miembros de la organización Mlada Bosna (Joven Bosnia) son juzgados por los atentados y el asesinato del archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José de Austro-Hungría.

A Luigi von Curinaldi, presidente de la Corte, solo lo podemos imaginar. Se encuentra seguramente en la parte izquierda por fuera del cuadro de la fotografía. Ahí en donde se supone que estaría el estrado que preside. Con fingida afectación, pues tiene ya bastante claro para qué le sirve al Imperio el destino de estos jóvenes terroristas cruzados de brazos frente a él, pregunta:

–¿Gavrilo Princip?

El joven, que se encuentra justo en medio de sus otros compañeros acusados, se mira los zapatos. Los mismos zapatos de las huellas de la placa conmemorativa con las que generaciones de niños bosnios irán comparando sus propios pies a medida que van creciendo. La mayoría superará el tamaño apenas llegue a la adolescencia. Las pequeñas huellas de Gavrilo estarán por décadas en esa placa, en la misma esquina en que le disparó al archiduque, hasta que otra guerra que vendrá al final del siglo, mucho después de su muerte, las desaparezca. De esto, por supuesto, Gavrilo no sabe nada. “Es literatura”.

Con un tono algo altanero, a pesar de la solemnidad de la sala, responde levantando la cabeza y poniéndose en pie:

–Aquí.

Y continúa la audiencia.

–¿Cuántos años?

–Diecinueve.

La pregunta solo sirve para que los presentes que no lo saben se enteren. El fiscal lo tiene bastante claro. Se dice en las calles de Sarajevo que Ilia, el cura que le dio el nombre a Gavrilo, fue asesinado por negarse a alterar la partida de nacimiento del joven. La ley le impidió al Imperio extranjero que ocupa Bosnia en ese momento, darle la pena de muerte a Princip por ser menor de 20 años al momento de cometer el asesinato. Pero en una audiencia que debe ser ejemplar se deben guardar las apariencias.

–¿Se considera usted culpable?

Gavrilo recordó en ese momento cuando él y algunos de sus amigos visitaron la tumba de Bogdan Žerajić, un joven bosnio que cuatro años antes había fallado en el intento de matar a Marijan Varešanin, gobernador ilegítimo de Bosnia, ilegítimo como el gobierno del Imperio que representaba. El joven Marijan se suicidó después del fracasado atentado. Ahora, como esa vez ante la tumba, Gavrilo sintió cómo se le calentaba la sangre. Pero ese calor, esa rabia ya muy vieja para un joven de su edad que había aguantado tanta hambre, pobreza y rechazo por su apariencia de “poca cosa”, le hacía sentir elocuente y su nacionalismo lo reivindicaba. El Imperio personificaba sus variadas frustraciones y sus deseos de trascender. Controlando su emoción, contestó sin pausas incómodas:

–No soy un criminal pues destruí lo que era malo. Pienso que soy bueno.

–¿Y qué pasó con ella?

–Yo no quería matarla. La maté accidentalmente.

Y eso era cierto en un sentido más amplio. De la muerte de la duquesa de Hohenberg era probablemente más culpable su propio marido, el archiduque. El emperador se había opuesto al matrimonio de su sobrino Francisco Fernando con una dama de linaje inferior al del heredero de la corona. Pero las ganas de Francisco de exhibir en público a su esposa, algo que le era imposible en Austria, pudo más que el evidente peligro de hacerlo en Bosnia, en la fecha más importante para los serbios, que para el momento constituían casi 45 % de la población. Si no hubiera sido Gavrilo, otro la hubiera “accidentado”.

Luego de un rato de preguntas aburridas, el fiscal continúa la indagatoria:

–¿Qué clase de ideas políticas tiene usted?

–Soy un nacionalista yugoslavo y creo en la unificación de los eslavos del sur en cualquier forma de Estado y que esté libre de Austria.

–¿Esa era su aspiración? ¿Cómo pensaba conseguirlo?

–Por medio del terror.

–¿Qué significa eso?

–Eso significa, en general, destruir desde arriba. Quitar de en medio a los que obstruyen y hacen el mal, que se interponen en el camino de la idea de la unificación.

–¿Por qué creyó que conseguiría alcanzar esos objetivos?

–Principalmente porque se trataba de una venganza por todos los tormentos que Austria impuso sobre el pueblo.

Claro que ningún tormento como el de Gavrilo cuando enfermó en Prokuplje. El mayor Vasic, el mismo que lo recibió en un principio en los entrenamientos de las guerrillas serbias para la guerra de los Balcanes contra Bulgaria, lo tuvo que rechazar por su enfermedad al momento de escoger a los que irían a la batalla. En realidad, el joven le daba pesar, pero, desde el primer momento en que lo vio, entendió que era demasiado enclenque para la guerra. Gavrilo sufrió mucho por esta circunstancia. Creyó por un rato que estaba condenado a seguir viviendo su vida trivial e intrascendente.

Tuvo que regresar a Belgrado a continuar sus estudios. El ambiente de los cafés, las conversaciones con los estudiantes y con los orgullosos serbios le ayudaron a superar un poco su tristeza.

Bogdan Žeraji  siempre estaba en su cabeza. Intuía que su destino y el de él se complementaban. Que era el único camino para un joven como él, nacido en el seno de una familia de campesinos pobres que habían tenido que cambiar varias veces de apellido. Por ejemplo, el apellido Ceko, que viene de Cekati (esperar), un apellido de salteadores de caminos. Un apellido indigno del que le hablaban los viejos de la familia y que habían tenido que cambiar por Princip. “El Estado que me juzga en ese momento no entiende aún el terror”, piensa el joven. “El terror de una vida vulgar y sin orgullo”.

Sigue la indagatoria. Gavrilo pasa constantemente de una cierta euforia a un miedo terrible. Cierto sentido de dignidad heroica lo mantiene en pie, el mismo sentimiento que nació leyendo las historias de Petar Koi cuando niño (“el defensor de la gloria y el honor de Serbia”). Leyó muchas cosas cuando niño, tal vez demasiadas. Leyó el Quijote. Hace un rato que pasa de hablar como un autómata a unos momentos de lucidez exacerbada. Está en medio de una frase, contestando una pregunta que ya olvidó, cuando empieza a soltar toda la descripción del atentado. Contarlo lo desborda, lo abruma, lo libera:

–… Así que volví allí, entré en el muelle y me quedé en el lugar que me habían asignado. El automóvil llegó y oí la explosión de una bomba. Sabía que era una de las nuestras, pero no sabía cuál. La multitud empezó a correr. También corrí un poco y el automóvil se detuvo.

“Pensé que todo había terminado porque vi que tenían a Cabrinovic. Pensé que debería matarlo para que nadie supiera nada después y luego suicidarme. Abandoné esa idea porque vi unos coches que pasaban… Hasta entonces yo no había visto al archiduque”.

“Fui al Puente Latino y confirmé que el asesinato no había tenido éxito. Entonces se me ocurrió en dónde podría esperar. Sabía por dónde iban a pasar por haberlo leído en el Bosanska Posta (Bosnia mensaje) y el Tagblatt”.

“El automóvil se acercó. Saqué el revólver y le disparé a Ferdinand dos veces desde unos cuatro o cinco pasos de distancia”.

****

Gavrilo Princip fue condenado, como lo dicen los libros de historia, a 20 años de prisión. Allí escribió con sus uñas unos versos por los cuales se podría concluir que se sentía fracasado. Fracasado, porque lo que Gavrilo pretendía era una muerte gloriosa, era la lucha, tal vez por encima de la suerte de su gente.

En cambio, en eso sí triunfó, en la causa yugoslava. El final de la Gran Guerra dejó para los Balcanes un nuevo país, un reino de los serbios, croatas y eslovenos (que incluía a Bosnia), reino que en 1929 pasaría a llamarse Yugoslavia (eslavos del sur).

 

Sarajevo, 1914

 

El tiempo se arrastra lentamente

Y de nuevo no hay nada

Hoy todo como ayer

Lo mismo para mañana

 

Y en vez de estar en la guerra

Mientras trompetas de batalla suenan

Aquí estamos bajo tierra

Suenan sobre nosotros las cadenas

 

Todos los días la misma vida

Pisoteado, aplastado e ignorado

Seguro que no un soy idiota,

La muerte para mí, un bien deseado

 

Pero bien lo dijo antes

Žeraji, el halcón gris

“¡El que quiere vivir que muera,

Que viva el que quiere morir!”.

Gavrilo Princip

Sobre el Autor

Librero. Fundador de la librería La madriguera del conejo.

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