La rivalidad de Alemania e Inglaterra en la Primera Guerra Mundial y en el Fútbol

100 años después de la Batalla de Somme, Alemania y Francia se enfrentaron otra vez pero en un ambiente muy diferente: la semifinal del mundial de fútbol de Brasil.

El 1 de julio de 1916, en plena Gran Guerra, inició bastante movido para las tropas del Frente Occidental apostadas a lo largo de la ribera del río Somme, en la región de la Picardía francesa, al extremo norte del territorio galo: los alemanes recibieron la mañana con el ataque conjunto de franceses y británicos, unidos desde hacía dos años en la Triple Entente junto al Imperio Ruso, por los flancos norte y sur. El año anterior, el comandante Joseph Joffré se reunió con sir Douglas Haig–los Valbuena y Gerrard militares de la época– para planear la operación, la cual definieron sobre todo como una campaña de desgaste, para minar las fuerzas de las reservas germanas mas que como un intento para recuperar territorio. El poderío alemán, aunque tomado por sorpresa, no se hizo esperar y para la tarde del mismo día habían debilitado buena parte de la avanzada franco-británica, además de dejar un saldo de bajas tremendo para los aliados. Las cosas apenas comenzaban: la batalla se extendió, a ambos lados del río, por cinco meses más.

La conexión en el tiempo o el chiste irónico, si se quiere, es que ese primer día para los británicos fue trágico –un saldo de más de 50.000 víctimas, entre muertos y heridos, según Gary Sheffield–, así como la primera ronda de este Mundial trajo la desgracia a los 23 súbditos de la reina, a quienes las avanzadas uruguaya e italiana despacharon enseguida y muy maltrechos a la isla. Además, el pasado también señala que se cumplieron 98 años de esa jornada inicial y hoy, de alguna manera, podría hacerse una lectura conmemorativa, en clave de fútbol, de ese hecho. En principio, los franceses se ven solos, sin sus aliados para afrontar estos cuartos de final, mientras que los teutones buscan mostrar la tradicional fuerza que despliegan en cualquier clase de competición, sea deportiva –que les ha permitido alcanzar 7 finales mundiales– o de otra índole.

Así como son históricas las disputas culturales, militares y políticas entre ambas naciones, éste no es, por supuesto, el primer partido de ambos en la instancia mundialista. En 1958, 1982 y 1986 galos y teutones jugaron partidos definitivos, cada uno a su manera. El primero fue el encuentro más amargo de todo Mundial, porque significa haberse quedado a un paso de la gloria verdadera, el del 3er y 4to. Puesto. En Suecia, hubo un vibrante pero sencillo choque para Francia, que venció de manera contundente 6-3 a su rival.

Pero los de la década de los ochenta sí que pasaron a la memoria de los aficionados por la calidad y emoción de dos partidos en búsqueda de la plaza soñada en la final. En el primero, en 1986, los germanos se impusieron de manera complicada aunque eficaz por 2-0. Pero en 1982, en lo que en ese momento era ‘Tierra de nadie’, Sevilla, se vivió, con todo y el tópico manido, una verdadera batalla épica. Luego del empate a un gol en los 90 minutos, Francia se fue arriba con dos goles muy seguidos en el extratiempo, haciendo un daño que parecía irreparable para el frente germano. Pero agónicamente Alemania, siempre Alemania, logró empatar a falta de 12 minutos para el último pitido, negando el paso directo a la final del rival. Die Mannschaft forzó la definición por penales, en la que el arquero Schumacher se convirtió en héroe al parar dos disparos. Lo que parecía una victoria asegurada se convirtió de nuevo en derrota para los galos, esta vez con la pelota. Así va hasta ahora la historia.

Más allá del fútbol, las discusiones franco-germanas trascienden muchos ámbitos: el carácter aparentemente incompatible entre ellos, manifestaciones culturales de cientos de años, la verdadera pertenencia y los nombres correctos de las ciudades y regiones que alguna vez han pertenecido a uno u otro país y hasta debates políticos, económicos e intelectuales álgidos. En un sketch de Monty Python, se muestra una especie de Mundial de la filosofía y en uno de sus partidos más importantes, se enfrentan la Alemania de Heidegger, Nietzsche y Leibniz contra la Grecia de Platón, Arquímedes y Epicuro. Cuesta no imaginar también a un equipo francés estelar con Foucault, Descartes y Derrida a la cabeza. Como sea, si ambas naciones han generado las grandes tensiones del continente desde por lo menos el siglo XVIII, también el ánimo de reconciliación desde la posguerra, en el XX, le ha dado estabilidad a sus relaciones, permitiendo incluso la consolidación de la Unión Europea.

Ya no resuenan las bombas ni los disparos en ninguno de los frentes de Guerra. Ahora, las rencillas históricas apuntan más a lo económico que a lo militar, al decir del historiador Max Gallo, lo que se traduce en descontento e indiferencia frente a los vecinos pero ya no da para motivos bélicos. Si el partido resulta tan entretenido como los dos más recientes y nos tiene al borde de nuestro asiento, ojalá esos 90 minutos se extiendan tanto o más que la guerra. Las selecciones, que están en otro territorio menos beligerante pero igual de intenso, se enfrentan en Brasil a muerte, ahora sí metafóricamente. El resultado, con toda seguridad, será más positivo y sin nada que lamentar a futuro.

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