De mis memorias: Visita al papa

Para la edición número 200 de noviembre de 1986, Gabriel García Márquez relató su encuentro con el papa Juan Pablo II. El resultado fue una charla de 5 minutos y un pasaje inolvidable en sus memorias.

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Pensándolo bien, la idea surgió hace ocho años en el hotel César Palace de Sao Paulo, Brasil, cuando deslizaron por debajo de la puerta de mi cuarto un ejemplar del matutino local con un titular a ocho columnas: Murió el Papa. Indignado, llamé por teléfono al capitán de botones, y protesté: —Es escandaloso que en un hotel de cinco estrellas le traigan a uno el periódico del mes pasado.  — El señor me perdone —me contestó una voz de portugués acostumbrado a todo—, pero es que el Papa se murió otra vez.

Lo que el capitán quería decir era cierto. Juan Pablo I, el sonriente Albino Luciani, elegido apenas treinta y cuatro días antes, había muerto en su cama la noche anterior. Los que habíamos nacido demasiado tarde para ver el corneta Halley en 1910, y no podíamos estar seguros de verlo pasar otra vez en 1986, teníamos ya el consuelo de haber vivido un acontecimiento más raro que un cometa: uno de los papados más cortos de la historia. Lo que no podía imaginarme era que antes de tres meses yo iba a tener una entrevista más bien insólita con su sucesor, y a quedarme encerrado con él por breves minuto5 en su oficina del Vaticano.

Yo había ido a Sao Paulo en aquella primavera austral de 1979 para pedirle ayuda al cardenal Paulo Evaristo Arns en una gestión relacionada con los desaparecidos de la Argentina. La muerte de Juan Pablo I estuvo a punto de estropear el encuentro, pues el  cardenal Arns tuvo que improvisar la vuelta a Roma aquel mismo día para la nueva elección, pero en nuestra apresurada entrevista se le ocurrió una idea muy suya.
— Venga conmigo a Roma y hable el asunto con el Papa.
—No hay Papa —le dije.
—La semana entrante lo habrá —me dijo—, y cualquiera que sea el elegido será muy sensible al dolor de América Latina.

No me fui de inmediato, pero fui dos meses después a pedirle el favor a Juan Pablo II, a quien el cardenal Arns había solicitado para mí una audiencia especial. Sólo que nada fue tan fácil como se había previsto. La Secretaría de Estado decía no haber recibido la carta de don Paulo Evaristo, y ahí terminaba la historia. Pero mi amigo Fulvio Zanetti, director en aquel tiempo del semanario L’Expresso, le Roma, me dijo de un modo muy romano que él tenía un amigo que tenía un amigo cuyo cuñado conocía un profesor de filosofía con posibilidades de conseguir la audiencia. Ese mismo día me fui a París pensando que la diligencia de Zanetti sería larga. Pero al llegar allí, ya entrada la noche, encontré un mensaje suyo: la audiencia con el Papa era al día siguiente a la una de la tarde.

Valerio Riva, que había sido mi  editor en Feltrinelli y era entonces editor de L ‘Expresso, me recibió en el caótico aeropuerto de Roma cuando sólo faltaba una hora y media para la entrevista. Yo preví aquellas prisas, y había comprado en el aeropuerto de París mi primera corbata en veinte años, temiendo que por no llevarla me fueran a impedir la audiencia. De modo que podíamos ir de inmediato al Vaticano.

Pero no: no podíamos. De acuerdo con las instrucciones cabalísticas que llevaba Valerio Riva, había que pasar primero por un edificio determinado en el barrio de Parioli, tocar el segundo timbre de la derecha de arriba hacia abajo, y preguntar por la condesa. Así no más: la condesa. Sin embargo, la que bajó tan pronto como tocamos, y sin la menor prisa, fue una joven romana, bella y encantadora, que llevaba una bolsa de mercado con mis libros en italiano para pedirme que se los firmara. Ella nos condujo a un instituto de estudios teológicos a doscientos metros de la plaza de San Pedro, donde nos esperaba un sacerdote yugoeslavo que hablaba un español perfecto y parecía saberlo todo de Dios y de la América Latina. El me introdujo en el Vaticano, no por la puerta grande, sino por una muy estrecha que da a una callejuela posterior donde no parecía haber ninguna guardia. Más tarde me contaron que aquella no era una puerta peyorativa, como yo lo pensé, sino todo lo contrario, y que desde la elección de Juan Pablo II se había vuelto célebre en los mentideros romanos, donde la llamaban La Porta Polacca.

La impresión que me dio el Vaticano por dentro fue de desolación. Inmensos salones vacíos con gobelinos solitarios, y corredores interminables por donde el sacerdote yugoeslavo me conducía casi a rastras. El invierno romano no es nada cruel, y aquel era de los mejores, pero a través de los grandes vitrales la luz del cielo tenía algo taciturno que no parecía de Roma. En lugar de los guardias suizos, enormes e impasibles, la atención de la casa estaba a cargo de jóvenes atildados de la aristocracia romana en traje de etiqueta. En el aire inmóvil no se sentía Dios, como yo lo hubiera deseado, pero sí se sentía el poder de sus ministros.

A la una menos tres minutos, el guía se despidió de mí con la promesa de verme después de la audiencia, y me dejó sentado en un salón pequeño, con poltronas y frisos dorados y terciopelos mustios, que terminaba en una puerta cerrada al fondo de una galería de vidrieras radiantes: la antesala de las oficinas papales. El silencio era absoluto, a pesar de que a pocas cuadras de allí estaban los muelles del Tíber con su tráfico luciferino. Nadie vino en mi auxilio en cinco minutos eternos. De pronto se oyó un carillón invisible cuyo sonido no podía ser sino de oro, y un hombre esclarecido por la luz oblicua de la Navidad inminente, con una túnica deslumbrante, abrió de su propia mano del fondo. Yo me puse de pie, pero permanecí inmóvil. Entonce, el sonriendo divertido, me indicó que me acercara con un aleteo muy casero de la mano, como espantando moscas, y me esperó al final de la galería sin soltar el picaporte. Era Juan Pablo II.

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