¿Cómo se vive en las Islas Malvinas?

Malvinas para los argentinos, Falkland para los británicos, ese pequeño archipiélago que Charles Darwin exploró con fascinación en el siglo XIX carga con una turbulenta historia que desborda su territorio.

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Guillermo el Conquistador

Más anodino y barato que su reciente matrimonio, el viaje del teniente de vuelo Wales a las islas Malvinas ha causado una conmoción como no se había visto en la región en los últimos treinta años. Mientras el inmenso helicóptero amarillo aterriza en la principal de las islas, en la ciudad de Buenos Aires un grupo de manifestantes quema banderas británicas y entona estribillos rabiosos para protestar contra su arribo.

Nunca antes el teniente Wales había causado tanta agitación, lo cual no es extraño, pues aparte de la detención de un barco atiborrado de cocaína avaluada en 40 millones de libras esterlinas y la expatriación del cadáver de un soldado británico abatido en Afganistán, sus misiones han sido más las de un aprendiz de piloto que las de un as de guerra capaz de enardecer gobiernos como el que lo acusa de arribar a las islas ataviado como un conquistador. No podemos saber qué piensa el teniente Wales de esas acusaciones, pues el gobierno británico ha prohibido la entrada de la prensa a la isla durante su estadía; lo que sí sabemos es que él habría preferido enrolarse en un rama más activa de la RAF que el escuadrón de búsqueda y rescate, pero su especial condición se lo impide, pues además de ser piloto y polista, el teniente Wales es también Guillermo, Duque de Cambridge, segundo en la línea de sucesión al trono de los dieciséis territorios que conforman la Conmunidad Británica de Naciones, incluido el territorio de ultramar que los ingleses llaman Falkland Islands y los argentinos, Islas Malvinas.

Vida en las islas

Cuando vi por primera vez la transmisión de una cadena regional llamada Penguin News en la que una mujer de marcado acento británico daba cuenta de la conmoción que la llegada del príncipe a había ocasionado allí, en el pueblo de Port Stanley, supuse que el príncipe no era tan buen piloto como polista y en vez de encaminar su helicóptero hacia el extremo austral de América se había extraviado en los cielos y había terminado aterrizando en algún pueblito de Northumberland, a orillas del mar del norte y a unos pocos pasos de Escocia. Busqué Port Stanley en el mapa satelital de Google Earth y para mi sorpresa confirmé que esa aldea de autos con volante a la derecha, pub en cada punto cardinal y cabinas telefónicas de un rojo idéntico al de la cruz de San Jorge, era el mismo pueblo ubicado en el extremo occidental de las islas Malvinas, conocido en tierras gauchas como Puerto Argentino.

Fiel a la típica cuadrícula urbana de los ingleses, el centro del pueblo está conformado por un conjunto de casas pintadas de vivos colores que el viento y el mar han deslustrado. Como estas remotas islas carecen de árboles nativos, las casas tuvieron que ser traídas en barco desde Inglaterra a mediados del siglo XIX. Incluso la catedral de St. Mary, que cuenta en su jardín con un emblemático arco de mandíbulas de ballena, tuvo que ser construida con ladrillos importados. Por las calles deambulan hombres y mujeres que no parecen tener nada en común con los patagones de la vecina Tierra de Fuego. Sus rostros rosados, sus cabellos pajizos y su lengua anglosajona son capaces de convencer a cualquiera de que Port Stanley no se encuentra en Latinoamérica. Confundido por las apariencias y sorprendido al constatar la existencia de un pueblo en unas islas que yo suponía que tan sólo eran visitadas esporádicamente por aves y ejércitos, me propuse investigar acerca de las personas que viven allí.

Unos extraños habitantes

Los argentinos los llaman kelpers por las algas conocidas como kelp que abundan en las orillas de las islas. Los británicos les dicen bennies, por Benny Hawkins, un conserje rústico y semi-idiota que aparecía en Crossroads, una telenovela muy popular en la década de los ochenta en Gran Bretaña. Ambos calificativos son repudiados por los habitantes de las islas quienes prefieren el vago y nada original término de “islanders” (isleños), como si las suyas fueran las única islas en el mundo. También los británicos tiene esa idea de sí mismos, pero esa es tan sólo una de las muchas coincidencias que los unen, pues la mayoría de los habitantes de las islas son descendientes de un grupo de jubilados galeses y escoceses que llegaron a principios del siglo XIX.

Veinte años después se unió a este primer grupo una cuadrilla de gauchos uruguayos atraídos por el desarrollo de la industria del pastoreo. Más o menos en esa misma época se instalaron en las islas unos cuantos marineros escandinavos atraídos por el auge de las expediciones balleneras en la región, lo que produjo un crecimiento poblacional de poco más de 3.000 habitantes en un territorio en el que, a diferencia de lo que ocurre en el resto del mundo, siempre ha habido más hombres que mujeres. En la actualidad, a los descendientes de esos primeros colonos se les ha sumado una cantidad considerable de personas provenientes de Santa Helena y de Chile. A pesar de la proximidad del continente, la influencia suramericana en las islas es muy poca y apenas puede percibirse en algunos hispanismos, especialmente si se trata de palabras relacionadas con la equitación, como “alizan”, “cabresta” o “cinch”.

A pesar de contar con una población igual a la mitad de la del pueblo de Villa de Leyva, los habitantes de las Falkland se consideran una nación con todas las de la ley aunque los valores culturales, sociales y económicos que rigen la vida de los isleños son innegablemente británicos. Según Lewis Clifton, actual vocero del Concejo Legislativo de las islas, los isleños se sienten distintos a sus compatriotas que viven en el Reino Unido, lo cual no deja de ser paradójico, pues desde la llegada de los colonos escoceses y galeses en el XIX, los isleños se han empeñado en desnaturalizar la región hasta convertirla en un extraño remedo de los campos bretones.

Uno de los muchos desarreglos que esta actitud ha ocasionado es la extinción del warrah, un extraño animal que intrigó enormemente a Charles Darwin durante su paso por la isla. Este enigmático canino, único mamífero nativo de las islas, fue erradicado por completo para evitar que amenazara a los rebaños de ovejas traídas de Europa. Aunque la producción de lana le ha proporcionado cierta riqueza a las islas, la erosión del suelo que provoca el pastoreo ha desprovisto a la región de materia vegetal (la cual ya era bastante escasa antes de la llegada de los colonos), hasta tal punto que en las tiendas de víveres contrasta la riqueza de productos de mar con la pobreza de la sección de vegetales y cereales. De hecho, casi todas las estanterías de las tiendas cuentan únicamente con productos enlatados provenientes de otras partes del mundo. Esta insuficiencia de alimentos explica el apego que tienen los habitantes de las islas por las pastillas de suplementos vitamínicos, que consumen como si se tratara de caramelos.

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