Fernando Botero, el marido, el patriarca, el abuelo, el amigo

Su nieta Camila, su amiga Margarita Vidal y su esposa Sophia Vari relatan cada una de las facetas de uno de los maestros del arte más importante en Colombia: Fernando Botero.

Botero, el marido

Por Sophia Vari

A Fernando Botero lo conocí en una cena en Paris, a través de unos amigos, hace ya 37 años. Un año después nos volvimos a encontrar y empezamos a salir. Sabía que era un gran artista, pero lo que me impactó desde el primer momento fue el hombre, por su fuerza y su carisma. Teníamos el mismo interés en el arte y me impresionó la manera como hablaba, su gran cultura artística, su infinita curiosidad. Visitábamos juntos museos y su mirada del arte fue para mí un descubrimiento extraordinario. Compartíamos la misma pasión y eso facilitó nuestra comunicación. De él me cautivó su gran personalidad, su manera de ser, su fuerza interior, su disciplina y decisión. Llegó a mi vida en un momento en el que buscaba realizarme y era alguien con quien podía hablar del trabajo, de mis dudas, de mis luchas, con la que podía compartir las cosas importantes de la vida.

Nuestra relación ha estado marcada, indiscutiblemente, por el hecho de que los dos somos artistas. Eso ha facilitado la vida juntos. Tenemos los mismos intereses y sobre todo, el mismo ritmo de vida. Fernando es una persona muy disciplinada, que dedica gran parte de su tiempo y su energía al trabajo, lo cual para mí ¬¬-como artista- resulta totalmente comprensible. Los dos dedicamos todos los días varias horas a trabajar y después usualmente nos encontramos para cenar. De la vida cotidiana me ocupo yo. Él no está pendiente de los detalles porque vive entregado a su trabajo.

Es una persona de carácter fuerte, con convicciones muy profundas, que sabe exactamente lo que quiere y le gusta rodearse de personas que tengan sus propias opiniones. Medita cuidadosamente las decisiones que toma y sabe vivir con inteligencia.

Hemos tenido momentos difíciles por cuestiones de trabajo, de familia, de salud, pero hemos sabido sortearlas con tranquilidad, con inteligencia y con amor. Además, con los años uno define lo que le gusta y lo que no y aprende a conocer lo que le gusta al otro.

Como buen paisa, Fernando valora mucho a la familia, y yo, como griega, tengo la misma concepción de vida familiar. Cada año nos reunimos en Pietrasanta con nuestros hijos y nietos a pasar el verano. Allí hablamos, discutimos, nos contamos nuestras vidas. Siempre he dicho que el regalo más grande que me ha hecho Fernando es su familia. Siempre quise tener una familia grande.

Y el segundo regalo es que me ha hecho ganar mucho tiempo como artista porque me ha ayudado a perfeccionar mis técnicas. Dedicado y generoso, nunca me ha hecho sentir menos importante que él. Ha sido el mejor maestro.

Todos los días pienso que soy una mujer muy afortunada por vivir con alguien tan excepcional como persona y como artista.

Botero, el amigo

Por Margarita Vidal

Fernando Botero no es hombre de muchos amigos. Por eso creo importante destacar aquí la amistad que él más aprecia y quiere: la de Juan David, su hermano mayor, su amigo y cómplice desde que don David Botero, el indomable patriarca antioqueño, se murió prematuramente y dejó sus tres hijos al cuidado de doña Flora, su mujer.

Hoy, Juan David cuenta cómo ha sido esa relación de apoyo mutuo, entrañable e indestructible:
“Desde niños somos muy amigos. Yo ejercía además un cierto rol paternalista y quería que Fernando realizara sus sueños. Sufrí mucho cuando se fue a Tolú porque sabía que, a su vez, él sufría con las limitaciones que le imponía la pobreza.

Vivía en una casa sin piso donde le tocaba preparar los lienzos sobre la arena. Mi mamá le mandó las sábanas del ajuar de casada para que pintara en ellas, y se inquietaba de pensar que le tocaba dormir en hamaca.
“Lo acompañé cuando vino a Bogotá a su primera exposición en la Galería de Leo Matiz, donde le fue muy bien. Con la plata que consiguió se fue a estudiar a Europa. Durante ese tiempo me escribió cartas inspiradas y bellas, que conservo todavía.

Cuando regresó, se casó y se divorció. Mi esposa Marta y yo estuvimos al pie del cañón.
“Luego decidió irse a vivir a Nueva York, otra vez sin plata. Cuando lo fuimos a visitar, amorosamente nos cedió su habitación y se fue a un cuartito en el sótano del edificio para que estuviéramos mejor.
“Marta lloró infinitamente de ver su situación, pero Fernando tenía tal decisión de triunfar y tal pasión por su oficio que nada lo afectaba.

“Luego vinieron los grandes triunfos, en una sucesión que no para aún, y él siempre ha querido hacernos participar de ellos. Me ha hecho compartir episodios muy lindos de su vida.
“Se preocupa mucho porque yo viva bien, porque cuide mi salud y porque la vida me sea amable. Cuando me operé del corazón casi se muere de la angustia. Llamaba tres y cuatro veces al día. Quería que yo escogiera cualquier lugar del mundo para esa cirugía, pero me operé en Bogotá porque tenía confianza en los médicos, y me fue muy bien. Estuvo pendiente de todos los detalles y respiró feliz cuando salí de ese trance.

“Hoy día compartimos la finca de La Carmela, en Rionegro, que él le compró a puerta cerrada a una prima. En una forma muy amorosa me dijo: ‘Esa casa es tu casa, de modo que disfrútenla todo el tiempo que quieran’. Es una especie de extensión de sus propiedades hacia mí, que me fascina, porque ambos seguimos siendo muy antioqueños.

“Fernando le concede una enorme atención y una buena parte de su vida a su familia, no solo a sus hijos, a los que adora y de quienes es muy amigo, sino a sus hermanos, Rodrigo y yo.
“Mi hija Ana María ha sido desde siempre su amiga y confidente y ha compartido con él momentos de infinita complicidad. Nosotros tenemos un chiste familiar, que dice que enviamos a París a Ana María para que Fernando la ayudara a formar sumamente bien, pero ocurrió todo lo contrario: Ana María ‘dañó’ a Fernando [risas]. Como Fernando se había separado y no paraba de trabajar, Anita le decía: ‘¿Usted cree que va a levantar novia vestido de overol, todo manchado de trementina, y pintura, como un obrero? ¡Nada! ¡Hay un señor sensacional que se llama Armani!’. Y se lo llevaba a comprar ropa, le presentaba amigas y se iban a las fiestas y a las discotecas, en los años ochenta. No me extrañaría que hasta se hubieran metido uno que otro porro, como era de rigor en la época.

“Cuando murió Pedrito, fui a recogerlo al lugar del accidente y lo llevé a Madrid donde estaba Fernando, herido en la mano.
“Mi hermano lloraba y lloraba. No se podía secar las lágrimas por ese dulce niño que había muerto en un accidente tan absurdo. Fue terrible. Pero él exorcizó su dolor a través de pintar a Pedrito en maravillosos cuadros.

“Fernando no es hombre de muchos amigos, pero es buen amigo de los que tiene. Entre ellos, Álvaro Mutis, a quien escondió en su casa de México antes de que lo metieran a la prisión de Lecumberry, donde escribió el hermoso cuento La muerte del estratega y otros.
“Un día estaba yo en una fiesta en el D.F. cuando un hombrón inmenso me masacró en un abrazo y me dijo: ‘¡Usted es mi hermano porque yo soy hermano de Fernando Botero, y por consiguiente usted es hermano mío!’

Era Mutis, con su vozarrón y su carcajada inmensa y contagiosa.
“Debo decir que Fernando tiene más amigas que amigos. Mujeres, grandes ya, algunas mayores que él, que lo adoran y a las que agasaja e invita a sus exposiciones por el mundo entero. Disfruta mucho la conversación con sus amigas de toda la vida.
“Finalmente, diría que Fernando no tiene mucho tiempo para la amistad, debido a su trabajo, porque, como todos sabemos, esté donde esté, él pinta ocho horas todos los días, de todas las semanas, de todos los años, así sea en vacaciones. Y la amistad requiere que la cortejen y la alimenten.
“La nuestra, que es imperecedera, se nutre del amor fraterno, del pasado común y de una confianza sin sombras.

“Aunque no hemos tenido, por razones obvias, una cotidianidad en nuestra amistad, esta ha permanecido inalterable, cierta, maciza, a través de muchos años ya. No hemos tenido jamás una pelea. Ni siquiera un disgusto. La nuestra es una amistad entrañable e indestructible”.

 

Botero, el abuelo

Por Camila Botero

El primer recuerdo que tengo de mi abuelo es de un verano, hacia 1990. Habíamos viajado en familia para encontrarnos con él en Pietrasanta (Italia). Cuando se abrió el portón de la casa, vimos a Fer y a Sophia esperándonos con esa alegría con la que nos reciben siempre. Salimos corriendo para abrazarlos. Han pasado ya más de veinte años y esa escena, con la misma ansiedad y el mismo amor, se sigue recreando año tras año.

En ese entonces, éramos cinco nietos, todos entre los dos y los cinco años. Fer, para entretenernos y compartir con nosotros, se inventaba planes tan maravillosos como llevarnos a pintar a su estudio. Para mí, ese era el día más esperado de las vacaciones. Ahí, cuando llegábamos en grupos de dos o de tres, nos esperaba un lienzo gigante con unos trazos negros que formaban, con su estilo inconfundible, la figura que le habíamos dicho que queríamos pintar: un florero, unas manzanas, un paisaje. Durante varias horas, guiados por mi abuelo, recorríamos la tela con óleos de todos los colores.

Años más tarde, desde Pietrasanta, seguimos todos juntos el Mundial de Francia de 1998. Nuestra emoción con los partidos de fútbol era tan grande que a Fer se le ocurrió una idea genial: hacer nuestro propio mundial. Al día siguiente, instaló una mesa de futbolín frente a la casa y formamos cinco equipos, cada uno compuesto por un niño y un adulto. De esa forma, Fer y yo, con nuestros once hombrecitos de madera, formamos una selección que, cada tarde al llegar de la playa, se abría paso hacia la final. A pesar de todos los pronósticos, resultamos hábiles para el tema y, al cabo de unos días, Fer y yo ganamos el torneo.

A medida que hemos ido creciendo, Fer ha sabido encontrar nuevos espacios para compartir con nosotros. Actualmente, las horas de juego le cedieron su lugar a conversaciones entre adultos. Con Fer puedo hablar de todo: desde temas de actualidad hasta historia del arte, pasando por mis novios. Es que, aunque hoy esté cumpliendo ochenta años, su mente y su espíritu son tremendamente jóvenes y tiene una manera de ver la vida que me resulta completamente contemporánea. Nos sentamos juntos a comer y, entre vinos, nos habla de los orígenes del cubismo, de esa cena en la que conoció al Che Guevara, de su infancia en Medellín, de sus primeras novias. Se acuerda de cada detalle: del nombre del barco que lo llevó por primera vez a Europa, de cada puerto en el que se detuvo, de cada fecha.

Siento una profunda admiración por Fer como artista y como persona pero lo admiro aún más como abuelo. Se podría decir que las circunstancias en las que se ha dado nuestra relación no han sido las ideales: por cuestiones de la vida, él y yo siempre hemos vivido en países distintos y, por eso, sólo podemos vernos una o dos veces al año. Sin embargo, eso no ha sido un impedimento para tener una relación muy cercana y amorosa. En ese mes que pasamos cada año en Pietrasanta, Fer comparte su tiempo y su vida con nosotros de una manera realmente generosa. Eso hace que sepamos exactamente quién es él, cómo son sus sentimientos y cuál es su manera de ver la vida. Él también sabe muy bien quién es cada uno de sus nietos. Aun en la distancia, siempre está pendiente de nosotros: sabe cómo estamos, qué proyectos tenemos, qué futuro nos vamos creando.

Me siento muy afortunada de ser nieta de Fer, de poder compartir tantos momentos especiales con él, de ser parte de su vida y de tenerlo en la mía. En los momentos más difíciles, él siempre ha estado ahí, apoyándome incondicionalmente. Conmigo, Fer ha sido el mejor abuelo que hubiera podido soñar.

Botero, el patriarca

Por Melba Escobar

Pietrasanta es el lugar donde los Botero son una familia.

Llegado julio, los tres hijos del maestro -Fernando, Lina y Juan Carlos- empacan maletas y viajan al norte de la toscana italiana, donde el mármol crece como el musgo. Desde Miami, Ciudad de México, París o Bogotá, interrumpen su vida para pasar una temporada junto al maestro. Los acompañan sus hijos, sus parejas y a veces algunos amigos, en un ritual que se repite año tras año, cuando tres generaciones de Boteros se reúnen y rompen el silencio de esa casa en piedra que se alza a la distancia, con vista sobre las tejas de barro del pueblo, con su catedral y el mar a lo lejos.

Durante los tres meses del verano, Botero se dedica a la escultura. Pero en julio, la rutina se quiebra rigurosamente a las dos de la tarde, cuando baja a la playa para reunirse con la familia a almorzar en algún restaurante donde no faltan el vino blanco, el prosciutto, el queso mozzarella y la focaccia. En ese momento, su familia es el centro.

Después del almuerzo y una larga sobremesa, viene la hora de la siesta. Felipe, estudiante de quinto semestre de Filosofía en la Universidad Nacional y nieto del maestro recuerda que desde pequeños Sophia Vari les enseñó a respetarle religiosamente esa hora de descanso a su abuelo, un hombre que define como “de una inmensa generosidad, no solo material, sino espiritual, que ha sufrido la pobreza y la pérdida de un hijo (Pedro), pero que mantiene una gran vitalidad. Un hombre sabio en todo el sentido de la palabra”.

Botero no ha sido el abuelo que acompaña a los nietos a un partido de fútbol, les ayuda con las tareas o les enseña a nadar. Incluso sus hijos no vivieron con él muchos años. Pero a cambio de esa cotidianeidad sobre la cual se construyen los lazos de familia, está Pietrasanta y la monumentalidad de un hombre de disciplina monástica, que ha renunciado a las actividades mundanas por pasarse la vida de pié frente al lienzo, el papel en blanco o la arcilla dejando que el trabajo consuma sus días y sus ansias de crear, que con el paso del tiempo solo parecen avivarse. “Mi abuelo necesita hacer lo que hace”, dice Felipe. Y todos en la familia entienden esa urgencia vital con que Fernando Botero se ha entregado al arte por encima de cualquier otra cosa, incluso del tiempo que puedan pasar juntos. Aún así, la familia siempre ha estado por encima de todo y la comunicación nunca ha dejado de ser fluida y cercana.

Para los hijos de Botero, tenerlo como padre es un verdadero privilegio.
Juan Carlos ha mantenido una relación de cercanía con el arte y las humanidades desde sus libros de ficción, sus columnas y su ensayo El arte de Fernando Botero. “En Colombia no hay una conciencia real de la importancia de su obra y tampoco de su filantropía. La gente conoce las dos principales donaciones que ha hecho, pero eso es más o menos la tercera parte de las obras que ha regalado, que suman más de 600 piezas”, asegura.

Lina se encuentra preparando la retrospectiva que tendrá lugar en el Palacio de las Artes de México, de la cual será la curadora: “Es una exposición muy conclusiva, donde se evidencia la importancia que le da él al dibujo, lo cual no es muy usual hoy en día. Muchos de los artistas contemporáneos no son grandes dibujantes y en su caso él le ha dedicado varios años a crear con varias técnicas mixtas. En una sola sala se podrá ver obras en acuarela, carboncillo y lápiz”. La exposición conmemorativa contará con más de 185 piezas que la convertirán en la más grande exhibición del maestro.

Fernando, el mayor de sus hijos, quien lleva su mismo nombre y más se le parece, no ha tenido ese vínculo con las artes. Para reafirmar ese parecido, recuerda una ocasión en la cual su padre estaba exponiendo en Venecia: “yo andaba corto de pesos, me fui a un hotel y me dieron una suite; me llamaban maestro para arriba y maestro para abajo, fue divertido, todos creían que yo era mi padre”, dice risueño.

Aunque hablamos por teléfono y no puedo verlo, su voz suena relajada. Le pregunto por el Proceso 8000 y no se corta. Responde con serenidad, como si entendiese que es una pregunta de rigor: “Nos distanciamos un tiempo (cerca de 4 años), por culpa mía, por el error que yo cometí, pero después nos reconciliamos y ahora tenemos una relación maravillosa”. Hoy en día, Fernando vive en México, se dedica a los negocios y es miembro activo de Landmark Forum, un programa diseñado para hacer cambios en el estilo de vida.
Al igual que sus hermanos, Fernando encuentra en Pietrasanta el sosiego y la fuerza de una familia unida.

Sobres esos veranos todos tienen un recuerdo, una anécdota, y un permanente anhelo de julio, para volverse a juntar y celebrar los cumpleaños o los logros de cada miembro del clan, en medio de regalos, grappas, espressos y largas sobremesas junto al mar. No en vano, Botero ha dicho que quiere morir en Pietrasanta y ser enterrado en el cementerio de esa tierra entrañablemente unida a su oficio y, sobretodo, a su descendencia.

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