Fernando Botero se confiesa

Un hombre tímido que no disfruta de hablar en público, de pocos amigos, que jamás ha votado y que recuerda la muerte de su hijo Pedro como uno de los momentos más difíciles. Así es Fernando Botero.

Dice Fernando Botero que su trabajo es 10% inspiración y 90% transpiración. Por eso, un artista se vuelve importante cuando logra decir algo distinto y tiene además, ingredientes como talento, suerte y una visión personal. Segunda parte de la entrevista.

– ¿Cómo define ese estilo personal?

Yo siempre he nadado contra la corriente. En la pintura actual el volumen es un tabú. Yo por el contrario creo que el volumen es muy importante en la pintura, que es parte de la sensualidad que debe tener el arte. La última cosa que hice fue pintar la Pasión de Cristo. Picasso, que pintó todo, nunca pintó a Cristo. Yo me he guiado siempre por lo que creo, no por las ideas de otros. Hay mucha gente a la que no le gusta lo que hago. Sin embargo soy el pintor vivo que más exposiciones ha hecho en el mundo. Nadie ha hecho lo que yo he hecho en pintura. En escultura, nadie ha hecho las exposiciones que yo he hecho en los Campos Elíseos, en Park Avenue, en la plaza de la Señoría de Florencia, o en el Gran Canal de Venecia. Ahora estoy invitado a cinco museos más. Claro que después de los ochenta años uno no debe meterse en tanto compromiso porque de pronto no cumple. Yo sigo como si fuera a vivir para siempre.

– ¿Cuáles son los argumentos de sus críticos?

Hay una serie de ideas hoy de lo que debe ser el arte que no corresponden a lo que yo hago. Sin embargo esos directores de museos que me han invitado deben considerar que lo que yo hago tiene alguna importancia porque si no, no me hubieran invitado. A los 60 años expuse 70 cuadros en la sala principal del museo de El Hermitage en San Petersburgo, al lado de Rembrandt. Eso no es cualquier bobada.

– ¿Uno podría decir que Fernando Botero es un rebelde?

En el arte, sí. Lo que yo hago es revolucionario, va contra el orden establecido. Para uno ser artista tiene que estar en desacuerdo, y mientras más en desacuerdo esté más importante es. Si no, uno es un seguidor, no un artista.

– ¿Cómo ve usted el arte de hoy? 
Ha tratado de remplazar la pintura con manifestaciones artísticas que tienen que ver más con el cine, la televisión, la literatura y el teatro que con las artes plásticas.

– ¿De dónde proviene el voluminismo de su obra?

Desde que empecé a pintar tenía un gran interés en el volumen. En la exposición que voy a tener en México hay tres acuarelas del año 47 que ya son totalmente volumétricas. Cuando llegué a Europa leí mucho a Bernard Berenson, el famoso crítico estadounidense que escribió la historia del Renacimiento italiano y él hace un gran elogio del volumen. Me sentía identificado completamente con esas ideas.

– ¿Cómo elige usted la temática de su obra?

Lo religioso proviene de mi interés en el Renacimiento. Los vestidos, los colores de los cardenales y del papa en esa época son los mismos en estos días. En el caso de la corrida y el circo había la oportunidad de utilizar mucho color. Yo uso un colorido que es posiblemente exagerado pero mantiene cierta relación con la realidad. Siempre he dicho que lo que yo pinto es improbable pero no imposible.

– ¿Y en el tema de la política?

En los años 60 pinte muchas juntas militares y dictadores. Era un elemento satírico. Después también pinté la violencia en Colombia y las atrocidades de Abu Ghraib.

– ¿Cómo surgen los cuadros denunciando las torturas de Abu Ghraib?

Leí un artículo en el New Yorker, que contaba todo lo que estaba pasando, y me impactó muchísimo. Y a medida que se conocían más detalles me producía más repulsión. En un viaje de New York a París cogí un lápiz y empecé a tratar de visualizar lo que estaban contando. Cuando llegué a París, empecé a pintar y durante 14 meses no hice sino eso.

– Los museos norteamericanos no estaban muy deseosos de hacer esa exposición…
Art Services International, una institución sin ánimo de lucro que lleva exposiciones a los museos americanos, y la ofreció durante seis meses, sin éxito. Entonces le pedí a mi galería de New York que la hiciéramos y fue declarada una de las 10 mejores del año por el New York Times. Después la Universidad de Berkeley en California me ofreció hacer una exposición, la hicimos y les regalé los cuadros.

– ¿Nunca pensó en venderlos?
No, nunca. Uno no puede hacer un negocio basado en el dolor.

– Una serie como esta y la de la violencia en Colombia, ¿no son una especie de traición a su principio de que el arte tiene que producir placer?

En los temas duros también hay un placer estético. Las pinturas negras de Goya, por ejemplo, son dramáticas pero producen un placer estético extraordinario.

– ¿Esa visión crítica que ha tenido tanto de la Iglesia como del poder y la política, le ha ocasionado problemas?

Fuera de que me echaron del colegio, que era católico, porque pintaba desnudos en El Colombiano y porque escribí un artículo sobre Picasso que consideraron que era de izquierda, no.

– Además de lo que ha reflejado en sus obras, ¿ha tenido alguna vez preferencias políticas? 
Siempre he tenido simpatías por las causas de izquierda, pero nunca he pertenecido a ningún partido. Estoy contra las dictaduras y las injusticias sociales.

– ¿Ha votado en las elecciones?
Nunca he votado porque nadie me ha apasionado lo suficiente como para votar por él.

– Entre escultura, pintura o dibujo, ¿cuál prefiere?
Soy pintor desde que tengo 15 años. En cambio la primera escultura la hice en el año 75. Y aunque he hecho más de 300, la pintura es un proceso más personal, no la toca sino uno. En la escultura intervienen más de 20 personas. La gente tiene esa idea romántica de que un escultor coge un martillo y un cincel, eso no es cierto. Toda escultura es realmente una copia porque el único original que existe, que es en barro, hay que destruirlo para hacer el yeso que se utiliza en la fundición.

– ¿Cuándo surge la idea de hacer esas grandes exposiciones en los espacios públicos?

La primera fue en el Forte de Belvedere en Florencia. Después le propuse a Monte Carlo que hiciéramos una en el jardín frente al Casino. Fue la primera que hice en la calle. Después vino la de los Campos Elíseos de París, la más grande que he hecho en mi vida, con 32 esculturas monumentales. Fue única. Nadie la ha repetido.

– Usted ha sido muy exitoso internacionalmente. ¿Cuál es la clave del éxito en ese mercado? ¿Un buen merchant?

Como dicen los toreros, los contratos no los hacen los empresarios, sino el torero que se arrima al toro. Tantas exposiciones que he hecho van convenciendo a la gente de la importancia de lo que uno hace y le dan confianza al público sobre la obra de un artista.

– ¿Se considera bien tratado por la crítica internacional?

He tenido muy buenas críticas y muy malas. Uno de los críticos más importantes del mundo, el alemán Werner Spies, escribió un libro en el que elogiaba mi trabajo, y Roberta Smith, la crítica del New York Times dijo que mi exposición de Abu Ghraib era una de las 10 mejores del año. Pero para mí lo que más cuenta es el hecho de que me hayan invitado a exponer en todos los grandes museos del mundo, porque el director de un museo es escogido entre críticos para ser director.

– ¿De dónde nació la idea de donarle a Colombia su colección de arte?

Llevaba coleccionando muchos años, pero como eran cuadros muy grandes, los tenía guardados en un depósito. Si ni siquiera yo podía tener el placer de verlos, pensé que era mejor regalárselos a Colombia. Primero se los ofrecí a Medellín, pero no me pararon muchas bolas. Afortunadamente el Banco de la República ofreció hacer esa casa y después se hizo lo de Medellín. Ambos son museos vivos que reciben mucho público.

– ¿Cuál considera usted la obra más importante de su vida?

Haber hecho ese par de museos.

– Pasemos un poco hablar de usted como persona. Es un hombre de familia, ¿no le cuesta trabajo estar lejos de sus hijos, de sus nietos?

No he vivido cerca de ellos casi nunca, pero nos mantenemos en contacto permanentemente. Todos los años vienen a Pietrasanta en julio y estamos toda la familia: hijos, nietos y muchas veces amigos. Dicen que es el momento más feliz del año y les creo.

– ¿Cuál cree que es el rasgo más determinante en su carácter?

Soy cabeciduro. Cuando se me mete una idea en la cabeza, la saco adelante.

– ¿Y cuál el que le ha sido más difícil de manejar? 
Soy tímido para ciertas cosas, como hablar en público. Si me toca lo hago, pero no lo disfruto.

– ¿Es una persona de muchos amigos? 
Más bien pocos. Para tener amigos hay que tener tiempo para cultivarlos.

– ¿Y enemigos?

Innumerables, no sé cuántos. El éxito no inspira mucho amor en mucha gente.

– ¿Es una persona rencorosa?
No tengo tiempo.

– ¿A pesar de todo su éxito, no todo ha sido color de rosa. ¿Cuáles han sido los momentos más difíciles?

Cuando murió mi hijo Pedrito. Fue devastador. Entonces trabajé el doble y eso me ayudó a superar el haber perdido a un niño de cuatro años y medio. El arte fue como una tabla de salvación.

– Otro episodio complicado fue lo que sucedió alrededor de su hijo Fernando. ¿Considera pasada la página?

Él sufrió mucho. No solo cuando estuvo detenido. También porque no pudo seguir actuando en política que era su pasión. Es como si a mí me prohibieran pintar. Pasé varios años alejado de él, pero hoy en día tenemos una relación excelente.

– ¿La fama transforma a una persona? ¿La hace pasar a otra dimensión?

La fama en el arte es subterránea. A veces me llevo unas sorpresas tremendas. En Marruecos, por ejemplo, se me arrimó un árabe a felicitarme por mis cuadros. En Vietnam hay una fábrica de Boteros falsos y en Grecia hay un restaurante decorado con cuadros míos, todos falsos.

– Para Sophia no debe ser muy fácil moverse al lado suyo, y menos siendo también artista…

Cuando nos conocimos ella empezaba y yo ya tenía una gran trayectoria, pero la atracción no empezó porque era artista, si no porque era bellísima. Hoy en día ha hecho muchas exposiciones y tiene mucho éxito. Eso nos ha unido más, en el sentido de que ella dedica casi tanto tiempo como yo a su trabajo.

– Llevan 35 años juntos. ¿Cuál es el secreto?

Pintar todo el día.

– ¿Es una persona vanidosa?

No, en lo absoluto.

– ¿Puede decir que ha sido un hombre feliz?

La palabra felicidad es una palabra un poquito desacreditada. Para mí el trabajo es la gran fuente de la felicidad. En ese sentido sí he sido feliz, he hecho lo que me gusta.

– ¿Es una persona creyente?

Creyente a ratos, pero no religioso. No practico.

– ¿Y no piensa alguna vez si habrá algo más allá?

No. La idea del castigo eterno es absurda, sería una injusticia muy grande. Todo lo que va a pasar, pasa en esta vida. Creo que uno se muere y desaparece.

– ¿A qué le tiene miedo?

A que me dé algo que me impida pintar. Me parece aterrador estar vivo sin poder pintar.

– ¿Y a la muerte?

No. Es obligatoria. Eso sí, me encantaría morirme sin darme cuenta. En un avión sería ideal.

– Después de vivir en tantos sitios, ¿le gustaría morir en uno en particular?

En Pietrasanta, porque es lo más parecido a nuestro hogar.

– ¿Qué quiere que diga la gente cuando se acuerde de usted?

¡Qué buen pintor!

 

Fernando Botero, un rebelde de 80 años. Primera parte de la entrevista.

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