Fernando Botero, una vida contra la corriente

Fernando Botero decidió ser pintor cuando los demás eran médicos o abogados. No se dejó tentar por la París con la que soñaban los artistas de su época. Así es Fernando Botero, un rebelde de 80 años.

Acercarse a Fernando Botero no es fácil. Intimida. Por su grandeza, por su fuerza, por su convicción. Es, de lejos, el artista colombiano con más reconocimiento a nivel internacional. Sus cuadros, que hacen parte de importantes colecciones privadas y museos alrededor del mundo, pueden costar varios millones de dólares. Sus esculturas, con toda la fuerza de sus voluminosas formas, han sido célebres huéspedes de ilustres escenarios como los Campos Elíseos en París, Park Avenue en New York, y la Plaza de la Signoria en Florencia.

Su obra es reconocida, valorada e imitada en todo el mundo, al punto que copiarla se ha convertido en un lucrativo negocio manejado desde lugares tan remotos como Vietnam. Sus obras han estado en los principales museos del mundo y está a punto de cumplir 80 años, una edad a la que muchos ya se habrían retirado pero que para él solo representa una etapa más en su prolífica vida. Por eso, sentarse a conversar a solas con Botero, el Maestro con mayúscula, produce algo de temor.

Al llegar a su casa de Rionegro está de muy buen ánimo y sonriente, a pesar de un ligero quebranto de salud la semana anterior. La pequeña finca, una colorida casa paisa con corredores, sillas mecedoras y patio, es su refugio en Colombia y el retorno a sus raíces. Allí, él y su esposa –la artista griega Sophia Vari– trabajan religiosamente todos los días cuando están en el país, tal y como lo hacen en cualquier lugar del mundo, los 365 días del año. El arte es su vida. Durante casi cuatro horas de conversación logramos recorrer paso a paso cada momento e ir dejando atrás el genio creativo para que surgiera el ser humano.

El que tuvo una niñez en medio de la escasez y sin padre, que odiaba el colegio, que trabajó sin descanso para poderse ir a estudiar a Europa, el que tenía que pintar y dormir de abrigo para no congelarse, al que ninguna galería de New York quería y el que quedó desolado cuando vio partir primero a su pequeño hijo de cuatro años. Y el mismo que con su afán por aprender, obstinación y férrea disciplina logró convertirse en el artista vivo que más exposiciones ha realizado y ahora, para celebrar sus ocho décadas de existencia, está a punto de inaugurar en México, con 185 obras, la muestra más grande de su vida.

– ¿Cómo fue su niñez, cuáles fueron las cosas que más lo marcaron?

Muy difícil. Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años y mi mamá quedó con grandes problemas económicos. Además, la época del colegio me pareció detestable, era como ir a la cárcel. Mi mamá trabajó siempre para mantenernos a mis dos hermanos y a mí, y la veía poco. Así que cuando falta la plata no se puede hablar de niñez feliz.

– ¿Cuando se murió su papá, hubo alguna figura paterna que lo remplazara?

No. Lo más cercano fue mi tío Joaquín Angulo, al que veía cada seis meses. Él me llevó a la primera corrida de toros.

– ¿Cuándo se dio cuenta de que quería ser artista?

Yo era el que mejor dibujaba en el colegio. Empecé copiando a Ruano Llopis, que hacia los carteles de toros en España y para mí era como Rafael. Un día hice una naturaleza muerta y me convertí en un artista. El día que uno hace una obra con la única pretensión de hacer arte ese día se puede llamar artista.

–Querer ser artista en medio de las dificultades económicas, ¿no le preocupaba a su mamá?

Mi mamá admiraba mi vocación. Cuando le dije que no estudiaba más porque iba a ser pintor, me advirtió que iba a tener muchas dificultades, pero me apoyó. Coleccionaba todo lo que yo hacía, pero no había ayuda económica. Desde el primer momento me tuve que ganar la vida. Mis primeros pesos los hice como ilustrador de un suplemento literario. Después hice mi primera exposición en Bogotá y gané también dinero. Cuando vino la segunda gané más. Siempre me gané la vida sin ayuda de nadie. La única vez que tuve que pedir algo fue una beca al Icetex y me la negaron, pero al mes me gané el Premio Nacional de Pintura, con eso financié mis primeros tres años en Europa.

– ¿Qué fue lo más importante de esa época?

Ser el pintor que yo quería requería conocer muy bien el oficio, así que entré a la Academia de San Fernando en Madrid y después a la de Bellas Artes de Florencia para aprender a pintar y me fui a los museos a ver los grandes maestros: Rafael, Leonardo, Piero della Francesca. Me entusiasmó mucho la pintura italiana de 1400, porque era muy consciente del color local de las cosas. Entonces se pintaba al temple que seca rapidísimo y se puede modificar muy poco. En el siglo XVI, con el descubrimiento de la pintura al óleo ­­–que daba la posibilidad de degradar un color hasta llegar al negro–, los pintores empezaron a interesarse en la luz y no en el color.

– ¿Y entre los maestros quién fue más importante para usted?

Todos eran unos monstruos de la pintura pero el más importante para mí fue Piero della Francesca que es el más grande colorista y poeta. Tengo una admiración muy grande por otros pintores que son la negación de lo que yo quiero hacer como Caravaggio o Rembrandt, cuya pintura es el arte de la luz, o como Van Gogh que tiene mucho sentido del color local, pero del cual no quiero aprender nada. Hay una diferencia importante entre admirar un artista y querer aprender de él.

– ¿De todos esos años en Europa, qué fue lo más importante?

Como todos los pintores jóvenes, me fui con el deseo de ser Picasso. Pero a mí la pintura moderna me decepcionó y decidí que quería aprender más bien de los grandes maestros. Así que de Madrid y París me fui a Florencia y de ahí a recorrer Italia en busca de los frescos de los grandes artistas. Haber hecho lo contrario de lo que se hacía entonces fue lo que le dio originalidad a mi pintura. Durante dos años recorrí –montado en una Vespa– todos los museos de Italia. Asistía también a la Academia de Bellas Artes, por aprender, porque me daban materiales gratis y porque había calefacción. Yo tenía un estudio antiquísimo que había sido de un pintor muy importante pero era helado y me tocaba trabajar y dormir con el abrigo puesto.

– ¿Quiénes fueron sus amigos de esa época?

En Colombia ser artista era como ser el bobo del pueblo, pero en Europa había gente de todo el mundo que tenía la misma pasión y era fantástico poder hablar de pintura o escultura con personas provenientes de Paquistán, Noruega, Islandia, de todos lados. Así que conocí mucha gente.

– ¿Qué pasa después de Europa?

Hice una exposición en Bogotá que no tuvo mucho éxito y me fui a México. Allí tuve la primera oportunidad de tener una galería y vender. Fue la galería de Antonio Sousa, donde estaban Rufino Tamayo y Leonora Carrington. Él vio mis trabajos y me hizo dos exposiciones que me permitieron vivir por primera vez de la pintura.

– ¿Recuerda cuál fue el primer cuadro que vendió?

Creo que fue una pequeña naturaleza muerta con piñas.

– Regresó a Colombia y después se fue a New York. ¿Cómo fueron esos años?

En Colombia me quedé dos años. Era el pintor joven de más éxito y pude vivir muy confortablemente de mi trabajo. Después me fui a New York en el año 60 y tuve que empezar de nuevo. Fueron años muy difíciles. En New York el arte abstracto era muy fuerte y yo iba contra la corriente. El primer año viví al borde de la quiebra, llegué a tener un día 27 dólares en el bolsillo, pero rápidamente empecé a ganar con mi trabajo. En el año 64 ya tenía una casa de campo en Long Island y mi estudio en el Greenwich Village. Uno solo encontraba galería si era abstracto, así que durante años yo tuve que vender mi propia obra y la vendía.

– Pero fue persistente. Eso era lo que quería hacer y no otra cosa…

Durante años traté de tener una galería en New York y nunca pude. Un día un galerista alemán, Dietrich Mahlow, vio un cuadro mío y me dijo que quería venir a mi estudio. Vio mis obras, le gustaron y me organizó cinco exposiciones en Alemania. Después todas esas galerías de New York que no me habían querido ni mirar empezaron a buscarme. Y pasé de nada a tener propuestas de las galerías más importantes del mundo. Por eso mi éxito se lo debo a los alemanes.

– ¿Cómo logra uno volverse un gran artista? ¿Qué marca la diferencia?

En esto hay 10% de inspiración y 90% de transpiración. Hay que trabajar muy duro. Un pintor se vuelve importante cuando logra decir algo distinto. Es una mezcla de talento, suerte y de visión personal. Yo logré tener una visión distinta y por eso un cuadro mío se reconoce a un kilómetro de distancia. Para llegar a eso se necesita asimilar influencias, adquirir cultura visual y después hacer una reflexión que lo conduzca a una expresión personal.

Botero se confiesa. Segunda parte de la entrevista

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