Recorrido intenso por el Salón Nacional de Artistas, tercera parte

“Nada me conectaba con nada. Pero era yo, claramente. Así, al regresar, lo primero fue ver en el primer piso el inicio del performance de Maria José Arjona.” En la foto: François Bucher, “La duración del presente”, obra participante en el Salón.

La primera tanda de arte estuvo muy bien. Pero me fue imposible seguir al segundo piso el mismo día. Lo empecé, ilusa, creyendo que podríamos acabar con el museo, pero el agotamiento visual era tal que la experiencia no resultó buena.

Nada me conectaba con nada. Pero era yo, claramente. Así, al regresar, lo primero fue ver en el primer piso el inicio del performance de Maria José Arjona.

Empezaba el día con mucho poder. Seguir al segundo piso del Museo de Antioquia resultaba, así, una invitación. Como lo hacía la obra que daba la bienvenida, un enorme tapete de tierra de Adrián Gaitán. Su naturaleza muerta, inventada, construida a mano. Era el prefacio perfecto para ingresar a un paisaje. a su lado, las preciosas libretas de dibujos de Hernando Tejada, sus diarios de viaje, de apuntes vegetales, de recuerdos, eran apenas el abrebocas para nuestro propio viaje.

A su lado, Marcos Ávila nos presenta una instalación con el trasegar de cómo un árbol selvático se convierte en una artesanía tallada; sigue Abel Rodríguez, dibujante indígena, artesano increíble que también tiene una pieza preciosa de cestería en la exposición del Mamm, acá nos presenta su noción del tiempo narrado a través de los cambios que va viviendo un árbol en la selva. Sus minuciosos dibujos, llenos de detalles, anotaciones y cambios sutiles resultan un deleite visual. Y permiten llenarse de belleza para seguir con la obra de Juan Manuel Echavarría, un paisaje de desolación y abandono. Allí, el salto de la exuberancia a la soledad es inevitable.

Continúa una obra de Adriana Salazar, curiosa, amorosa, un árbol artificial, pero no porque sea plástico, sino porque son unas ramas de bambú vueltas árbol al que, además, le introduce movimiento con unos motores, llevando a la realidad una suerte de fantasía del viento en los sauces… Y esta obra se suma de forma interesante con la que sigue, un paisaje geométrico, literalmente, de John Mario Ortiz. Construye, con reglas de cálculo de madera, unos paisajes muy bellos. Y que se vuelven antesala de las maquetas de Germán Botero, el boceto de la estructura flotante que vimos instalada en el jardín botánico. Y aquí, en este punto, de todo un recorrido visual muy claro, que se va sumando el uno al otro, pasamos a una transición.

Las obras de Camilo Echavarría y Libia Posada son otra cosa. El video de Echavarría, una toma de un mismo punto de un paisaje, se vuelve pura poesía a ver que superpone el paso del tiempo sobre la imagen. El cielo se va despejando, las nubes se mueven y le dan paso al sol y así, en un largo etcétera, nos hipnotiza pormsu belleza. Asimismo, la instalación de Libia Posada, Hierbas de sal y tierra, nos remite de nuevo a su formación como médica, construyendo una sala de cirugías, aséptica, pero a la que le suma los saberes tradicionales de la medicina, donde se cura con plantas. Pese a lo impecable que está todo, a la instalación impecable de cada una de las plantas dentro y fuera de los escaparates, la artista logra crear cierta tensión al sumarle a la obra tres fotografías, que denotan que no hay tal serenidad. Las imágenes son bellas, cómo dudarlo, pero es imposible preguntarse si esas niñas que allí están, hermosas, yacen muertas y las flores que las acompañan son una ceremonia del adiós. La tercera foto, de una mujer empujando una camilla junto al mar, es tan trágica que reitera esa desazón que rompe con una escena aparentemente tranquila. Es un buen punto para continuar un recorrido de la exposición que se empieza a llenar de ambiguedad.

Ya nada parece tan claro como los pasos previos, de ese paisaje tan claro que veíamos al inicio, pasamos a otro más blando, más peligroso. Fredy Alzate nos lo sugiere con una pinturas oscuras, paisajes desolados y lejos del romanticismo del que veníamos. El color de la sala, la iluminación cambia escenográficamente. La oscuridad se complementa con la instalación de Álex Rodríguez, la geografía de una hoya, donde una sábana inmensa de papeletas de bazuco es el telón de fondo de una maqueta de escuela, decadente y violentada.

Así, la obra que sigue, de César del Valle, un aparente orden de dibujos en carboncillo, se rompe al ver que todos los que manipulamos sus cuadernos, quedamos impregnados de grafito del que nos queremos deshacer. Al segundo día, la mesa que los soportaba ya tenía las huellas impresas de decenas de visitantes que querían huirle a la escena. Es, ciertamente, perturbador. Como lo que sigue, las fotos de Gian Paolo Minelli, vistas a edificios devorados por el tiempo o por el hombre, la escultura del Colectivo Octavo Plástico, una especie de estructura llena de cajones y mensajitos que, pese a parecer tierna, resulta un poco obsesiva. La sala con las pilas de papel de Kevin Mancera adquieren otra dimensión, y de un chiste en el que nos obliga a ‘Aprovechar el tiempo’, reclamándonos atención plena, condicionándonos a no distraernos en y con nada, nos introduce impecablemente al universo que propone François Bucher, un delirio sobre el paso del tiempo que es mejor no tratar de entender, sino mejor estar y dejarse envolver por la confusión.

Y por el título de la obra, La duración del presente (¿No es una imagen maravillosa?), y que tiene que ver con la investigación neurofisiológica del científico mexicano Jacobo Grinberg, que investiga “el umbral minúsculo y a la vez infinito que llamamos presente (…) es lo que oscila de lo denso a lo sutil, según los caprichos del péndulo; de lo pasajero a lo eterno…”. Allí se vuelve más palpable su invitación a perdernos en su tiempo. Y si de perderse se trata, qué mejor que meterse en el video de Miguel Jara, Let’s face it, extravíos mentales, una suerte de alucinación, caótica y desordenada como la escena misma en la que estamos. Y como la que ha de ser modificada a lo largo de los días, con la obra de Felipe Arturo y su Historia Colonial del Caucho, un juego de damas chinas que el artista busca que se vaya interviniendo por parte del público visitante.

Nos faltan dos espacios: la naviera y la Casa del Encuentro. Será la siguiente nota.

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