Guía de viaje por Portugal al norte y al sur

Plaza del comercio, Lisboa
Parque de las Naciones
Estación Oriental de Lisboa
Interior de la Catedral de Santa María Mayor
Rua Augusta, Lisboa

Si no dispone de muchos días para visitar Portugal, céntrese en Lisboa y dedique una jornada para descubrir la serranía litoral.

Desde la neomanuelina Estación del Rossio se llega fácilmente en tren a Sintra, con sus antiguos palacios y señoriales residencias que dan fe de un pasado glorioso. Almuerce (o duerma) en el histórico Palacio de Seteais, y además de las visitas habituales, haga que le enseñen la Quinta da Regaleira, soberbio capricho arquitectónico en medio de una naturaleza apabullante. Un paseo por Cascais –con parada incluida en el mercadillo de la Boca do Inferno– sabe mejor si se almuerza pollo al carbón con piri-piri y cerveza Sagres en la Casa dos Frangos, y tras una pausa cultural en la ultramoderna Casa das Histórias-Paula Rego, por qué no gastar unos cuantos euros en el cercano Casino de Estoril, el mayor de Europa. Pero si no tiene prisa, alquile un carro y viaje hacia el norte.

Deténgase en Óbidos, uno de los pueblos más bellos de Portugal, y en Alcobaça, donde le contarán la historia de doña Inés de Castro, o cómo reinar después de morir. Nazaré tampoco puede faltar en nuestra ruta lusitana, con su playa de humildes pescadores en la marina baja y las lindas calles de su medieval castro alto. Muy cerca, el Monasterio de Batalha, exuberante y gótico, recuerda las siempre difíciles relaciones históricas entre Portugal y la Corona de Castilla. Y mención especial merece el Santuario de Nuestra Señora de Fátima: El trece de mayo/ la Virgen María/ bajó de los Cielos/ a Cova de Iria.

“Lisboa canta, Coimbra estudia, Oporto trabaja”. La ciudad universitaria por antonomasia en Portugal es Coimbra, a orillas del río Mondego. Callejear por su bello casco histórico, siempre animado por la presencia de jóvenes estudiantes, es todo un placer. Para descansar, cruce el río y consiga una habitación en la Quinta das Lágrimas, a la sombra de la sequoia que plantó el duque de Wellington cuando se alojó acá. O desvíese unos cuantos kilómetros al noreste, hacia la majestuosa Mata do Buçaco, para dormir en el hotel más increíble de todo el país (y uno de los más bellos del mundo): el Bussaco Palace, en tiempos habitado por los reyes portugueses.

De nuevo rumbo al norte hay que detenerse, aunque sea brevemente, en Aveiro, la Venecia portuguesa, y comer un arroz con pulpo en cualquiera de sus excelentes restaurantes. Y por fin, a orillas de la desembocadura del Duero y tras superar el puente diseñado por Eiffel que la une con Vila Nova da Gaia, el viajero llegará a Oporto. Quizás quiera alojarse en Vila Nova, rodeado de grandes bodegas: hay que hacerlo en el Vintage House, nueva dirección de moda, propiedad de Fladgate Partnership (o lo que es lo mismo, el grupo formado por los tres gigantes del vino de Oporto: Taylor´s, Croft y Fonseca Guimarães). Cuenta con un spa especializado en vinoterapia, y al mando de su restaurante (único con estrella Michelin en la ciudad) se encuentra un Ricardo Costa en estado de gracia. Las vistas sobre el río y la ciudad son sencillamente espectaculares. Si prefiere dormir en Oporto, hágalo en el Infante de Sagres, tan descaradamente british, en la histórica Pousada Freixo Palace (algo alejada del centro) o en el Pestana, asomado al Duero.

Muy cerca de este último se encuentra el excepcional restaurante Don Tonho, y si prefiere vistas al amplio océano, acérquese hasta el punto donde el río desagua en el Atlántico y goce con la fusión luso-asiática del exclusivo y minimalista Shis. De noche, rumba segura al otro lado del Duero, en la ribera de Vila Nova, con multitud de locales para todos los gustos. Si solo dispone de unas horas para conocer Oporto, no se pierda el contemporáneo Museo Serralves, la modernísima Casa da Música (obra del laureado y siempre polémico Rem Koolhaas), los edificios diseñados por Alvaro Siza para la Escuela de Arquitectura, la iglesia y convento de San Francisco (barroquísimos) y la librería Lello e Irmão, la más hermosa de toda Europa.

Cerca de la ciudad, un par de días bastan para descubrir Guimarães, cuna de Portugal protegida por la Unesco; Braga y Bragança, cargadas de historia; y Barcelos, donde se producen los gallos de barro cocido símbolo del país, recordando el cuento peregrino-jacobeo de la gallina que cantó después de asada.

Al sur de Lisboa, Portugal también existe. Evocar el pasado islámico del país remite a localidades como Beja, Serpa o la desconocida Mértola. Y más lejos, el Algarve, con fantásticas playas y un clima benéfico durante todo el año. Tesoros esperando a ser descubiertos en uno de los extremos de Europa.

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