Panvivo: El paraíso de los veganos

Sebastián Ramírez y Clara Muñoz fundaron Panvivo en una casa del barrio Pasadena, de Bogotá. Un restaurante vegano que encierra en sí mismo el espíritu cambiante de la época.

Es una experiencia diferente. No se imagine un gran escenario, luces, ni cámaras, pero sí espere acción. Y luz. Es viernes y solo este día Sebastián, Clara y Ariel (de 14 meses) abren las puertas de su cocina para ofrecer un menú que, más allá de una receta vegana, contiene un espíritu de cambio de época.

Sentados allí, los 14 o 15 comensales pueden compartir no solo la mesa, sino un profundo deseo de vivir distinto, de saltarse las reglas de un sistema que se cree único. Decía el otro día alguien a mi lado qué buena excusa esta, la de comer, para juntar a la gente. Es cierto. Eso buscan los creadores de Panvivo, como caído del cielo, Sebastián Ramírez y Clara Muñoz, quienes hace 14 meses (los del niño) decidieron poner en práctica el mandato que su nombre espiritual les señalaba en el kundalini: servir en grande.

Así, primero (y aún) fueron los productos naturales a domicilio, completamente orgánicos y sin derivado animal alguno (leche de almendras, arepas de quinua, tamalitos de pipián, muffin de banano, kale crujiente, granola, empanadas vegetarianas), para ahora lanzarse a cocinarle a la gente lo que cada semana dicte el corazón (el menú cuesta 16.000 pesos).

Este viernes fueron delicias esenciales de la India, una cremita de lentejas con fríjoles sazonada al curry (dhal), arroz de almendras, pan de trigo integral (paratha), acompañado de un lassi cremoso de banano, mango, chirimoya, pera, canela, cardamomo y yogur. El anterior, ¡un menú mexicano! Mole (con el tradicional cacao, panela y semillas de girasol), pepinos rellenos de vegetales bañados con achiote y crema de almendras germinadas, tortillas y tomates orgánicos.

En estas dos ocasiones se han dejado acompañar de maestros de yoga de esos países, pues consideran que cuerpo y alma hacen parte de un todo que debe nutrirse por igual. La semana entrante será otra cosa. Igual de creativa. Lo bonito del proyecto: no despotrican del que come carne.

En su lugar, invitan a probar su estilo de vida, a tratar de encantarse con lo más poderoso que la tierra da (por algo será que en EE. UU. ya llaman superfoods a los granos de América, la quinua, el amaranto y el algarrobo) y muestran los resultados, una vitalidad envidiable. Esta idea, en una casa en el barrio Pasadena, puede ser un primer paso si está buscando un cambio.

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