La Canasta: el servicio de venta de hortalizas que cuida al medio ambiente y los campesinos

La canasta entrega mercados a domicilio
Los mercados se solicitan a pedidos@la-canasta.org
Los cultivos agroecológicos
Karen Langton, creadora de La canasta
Pedro Vicente González
La Canasta
Los mercados puede ser desde $30000
Honorio Ocampo, uno de los campesinos aliados
Producto agroecológico
Karen y Daniel, fundadores de La Canasta
Cultivo agroecológico
La Canasta

La Canasta es un proyecto agroecológico que hermana al consumidor con el campesino. Para sus promotores, comer saludable es un derecho y consumir responsablemente, un deber.

Es martes y la casa de Karen Langton parece una plaza de mercado. Huele a cebolla y cáscara de naranja. Hay canastas con yucas y tomates donde antes había un sofá y bultos de pepino, pimentón y rábano donde estaba el escritorio. Atravesado entre la ventana y la biblioteca de la sala, un palo de escoba sostiene una rudimentaria pesa de tendero por la que pasan manotadas de papas, naranjas, limones y zanahorias. Desde las seis de la mañana han llegado a esta casa del barrio La Soledad campesinos de Subachoque, Vianí, Soracá, Guasca, Silvania y Cachipay cargados con productos recién cosechados.

Hoy mismo, La Canasta distribuirá en Bogotá estas frutas, tubérculos, verduras y hierbas aromáticas naturales y saludables. Han sido cultivadas sin usar fumigantes ni abonos artificiales y han sido rociadas con fuentes naturales de agua limpia. También hay café de origen, chocolate, pan orgánico, hamburguesas vegetarianas, quinua, orellanas y hasta ají del Guaviare.

La Canasta es un proyecto agroecológico que significa consumo responsable, respeto al medio ambiente y un modelo económico favorable tanto para productores como para consumidores. Comulga con la agricultura orgánica y con movimientos como el slow food y la economía verde. Todo empezó hace dos años con un experimento llamado ‘La canasta solidaria’: familias que se unían para comprar por cantidades directamente a campesinos, hasta que el grupo creció tanto que necesitó una mejor organización. Fue allí cuando se encontraron los actuales socios de La Canasta.

Karen Langton, antropóloga, había trabajado en programas de salud pública y desarrollo sostenible; Sabina Rasmussen, politóloga nacida en Argentina, estaba enfocada en temas medioambientales y Daniel Jiménez, ingeniero civil desencantado, se había dedicado al comercio justo. Juntaron sus experiencias y, replicando modelos que conocieron en Argentina, Alemania y Ecuador, crearon este proyecto como puente entre el campo y la ciudad.

Su modelo de producción, comercialización y distribución logra que todos —campesinos, consumidores y medio ambiente— ganen. El consumidor deja de pensar que es “un lujo” comer saludable y las agremiaciones de campesinos proveedores salen beneficiadas pues La Canasta les asegura la compra de toda su producción a un precio fijo que los mismos campesinos determinan. Además, en esta cadena no se explota la tierra hasta dejarla inservible, no se contamina ni se desperdicia agua y no se generan desperdicios.

Cada martes, La Canasta entrega a domicilio mercados de 50.000 o 30.000 pesos a quien lo solicite escribiendo a pedidos@la-canasta.org.

Hay que probarlo

Hacia las cuatro de la tarde, recibo en la puerta de mi casa una caja de cartón con 10 coloridos kilos de mercado. Me asomo para explorar su contenido y tras un vaho de tierra fresca encuentro remolacha, lechuga, un pepino del tamaño de un zeppelín, cebolla larga, acelga, rúgula y un racimo de bananos criollos, entre muchos otros.

Al hacer el pedido por Internet, no tuve opción de escoger nada de lo que recibo; La Canasta simplemente entrega el fruto de la cosecha semanal proveniente de huertas de sus proveedores en climas cálido y frío. “Aquí el cliente no tiene la razón, la tiene la Tierra”, cuenta Daniel.

También hay huevos campesinos, su cáscara marrón no se parte con facilidad; la clara cae pesada y la yema parece el sol llanero. “Fueron puestos por gallinas en transición a ser felices”, dice, por su parte, Sabina. Estas gallinas no viven en encierro perpetuo, comen granos en vez de concentrado, tienen espacio suficiente para caminar libres sin matarse unas a otras y ¡les dan aguapanela cuando hace frío!

Palpando el fondo de la caja y en medio de dos recetas para animarse a descubrir sabores, agarro algo que a primera vista parece un gusano blanco gigante y disecado. Es un cubio, un tubérculo riquísimo en vitamina C pero pobre en popularidad por su sabor amargo. La Canasta reivindica la variedad de productos propios del país y rescata tradiciones culinarias. Por eso incluyen en su oferta “rarezas” como la guatila o el balui, un primo cercano del fríjol muy alimenticio.

Como los demás campesinos aliados a La Canasta, don Onorio hace rotación de cultivos todo el año, riega la tierra con aguas de fuentes naturales —un pozo en su caso— y la abona con un compuesto natural a base de boñiga, cal, melaza y desechos orgánicos vegetales. Por eso son tan buenas las ensaladas que se preparan con las entregas semanales de La Canasta: son ricas en vitaminas y minerales, como la tierra de la que provienen. “Yo en Bogotá no me como una ensalada ni multado”, dice Onorio, orgulloso de su propia huerta.

Tras casi un año de labores con el nuevo modelo, los pedidos que recibe La Canasta en Bogotá se han duplicado. Su apuesta es implementar a gran escala esta forma de producción para cubrir, con mejores productos, las necesidades de más y más gente en la ciudad, al tiempo que se benefician más de 50 productores que usan métodos agroecológicos. Consciente de su papel, Daniel concluye: “La idea a futuro es que ya no seamos necesarios como intermediarios”.

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