Medicina: El futuro de la salud

En un mundo de ancianos y achaques imposibles de costear, la salud dependerá más de los hábitos de vida que de las tecnologías.

Los futurólogos de la salud se dividen en dos bandos. La literatura popular y un sector limitado pero creciente de la literatura científica están plagados de optimistas que confían en que la nanotecnología y la medicina regenerativa solucionarán todos (o casi todos) los problemas. Un panorama más oscuro, sin embargo, es el que domina el mundo de las revistas más ortodoxas, el de los historiadores de la salud, los economistas en salud, los expertos en salud mental y, sobre todo, los demógrafos.

Empecemos con los pesimistas para cerrar con un tono esperanzador. Para ellos, uno de los hechos más preocupantes es el envejecimiento de la población y sus consecuencias sociales, económicas y epidemiológicas. Para los sistemas de salud implicará una menor proporción de aportantes y una mayor de dependientes.

No solo eso. La vejez tiene un precio: la acumulación de más y más enfermedades crónicas. Un estudio de salud canadiense, por ejemplo, muestra que en la población de 18 a 29 años la mitad de los sujetos no posee ninguna enfermedad crónica. En el decenio que empieza en los cincuenta ya una tercera parte tiene tres o más. A este fenómeno, ligado al cambio demográfico y a una mejor atención de los pacientes, es lo que llaman la “transición epidemiológica”.

Otro hecho preocupante es el encarecimiento de los costos de la salud. Cuando dicto clase sobre este problema, siempre hago el símil con aquella cátedra de Medicina Forense en la que se nos enseñaba a reconocer cuál de las heridas de un apuñaleado le había ocasionado la muerte; cuál herida era “esencialmente mortal”. El encarecimiento de los costos en salud tiene por lo menos cuatro causas esencialmente mortales, cuatro razones que, cualquiera de ellas, por separado, sería suficiente motivo de preocupación.

Ya despachamos la primera, el cambio en la pirámide poblacional. La segunda es esa mayor longevidad que tienen no ya los sanos, sino hasta los enfermos y los más enfermos. Los pacientes con cáncer, con enfermedad renal terminal o con VIH son buenos ejemplos. No hace mucho el diagnóstico de cualquiera de estas enfermedades era un llamado a escribir el testamento. Hoy viven años y hasta decenios.

Otra razón del encarecimiento de la salud es la tecnología biomédica, incluyendo los nuevos medicamentos. Es una paradoja que mientras todo en la vida va costando menos (en pesos absolutos), los medicamentos y los insumos médicos tiendan a costar cada vez más. Póngase a pensar cuánto representaba para una familia colombiana un pasaje a Europa hace medio siglo. O un automóvil. Todo ha bajado de precio, incluso la comida: pasamos de la desnutrición a la obesidad en una generación. Todo, menos los medicamentos.

La cuarta razón para los costos crecientes (y esta es apenas una lista abreviada) es que la valoración de la salud está aumentando. Los economistas lo llaman “elasticidad de la demanda al ingreso”, lo que quiere decir que a medida que un pueblo se desarrolla, está dispuesto a gastar una mayor proporción de su ingreso en salud. Eduquemos al pueblo, pues, y pagaremos por ello. La medicina está tan sobrevalorada que todos esperan milagros de ella; nadie parece estar dispuesto a enfrentar el sufrimiento y la muerte como hacían en las generaciones que nos precedieron.

Un toque de optimismo
Pero claro, también están los optimistas: los diseñadores de nanorrobots programados para reconocer y atacar los coágulos, las placas de arterioesclerosis o las células mutantes; los cultivadores de células in vitro que, como en las colas de las salamandras, hagan reaparecer los miembros amputados, los riñones dañados o las neuronas carcomidas por el alzhéimer.
Es temprano para predecir el alcance de estos avances de la nanotecnología y la medicina regenerativa. Pero los resultados por ahora son modestos, y muy seguramente se limitarán a unas pocas lesiones específicas en medio de esa plétora enorme de síndromes que conforman la patología de los humanos.
Por eso, los esfuerzos de la medicina deberían concentrarse en los años venideros no tanto en los grandes avances de la cibertecnología y las drogas de diseño, sino en las medidas del sentido común que más influyen sobre la calidad de vida. La equidad, por ejemplo, que ha mostrado ser un mejor predictor de expectativa de vida que el ingreso bruto de los pueblos. La educación de las mujeres, que influye más sobre la mortalidad de los niños que las incubadoras, las unidades de cuidado intensivo neonatal o los ecógrafos obstétricos. O los estilos de vida saludable, que tienen más relación con el futuro del cáncer, la obesidad o la diabetes que los mejores medicamentos oncológicos, la cirugía bariátrica o los hipoglicemiantes.

Solo resta la pregunta, aún sin responder, de si la humanidad será capaz de forjar un futuro encaminado a la salud. Para mí que la historia no parece favorecer una respuesta afirmativa.

El diagnóstico de cáncer, enfermedad renal terminal o VIH era un llamado a escribir el testamento. Hoy estos pacientes viven años y hasta decenios.

Las 10 primeras causas de mortalidad en el mundo en 2030

  • Enfermedad isquémica del corazón 13,4%
  • Enfermedad cerebrovascular 10,6%
  • VIH/sida 8,9%
  • Enfermedad pulmonar obstructiva crónica 7,8%
  • Enfermedades de las vías respiratorias bajas 3,5%
  • Cáncer de pulmón, tráquea y bronquios 3,1%
  • Diabetes mellitus 3,0%
  • Accidentes de tránsito 2,9%
  • Condiciones perinatales 2,2%
  • Cáncer estomacal 1,9%

(Fuente: “Projections of Global Mortality and Burden of Disease from 2002 to 2030”. PLoS Medicine. Noviembre de 2006, volumen 3, edición 11, e442)

*DIEGO ROSSELLI: Neurólogo, profesor asociado del Departamento de Epidemiología Clínica y Bioestadística de la Universidad Javeriana. Alterna su profesión con la escritura y los viajes. Autor del libro Historias de 100 ciudades (Intermedio).

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