Música: El futuro de la música

Del vinilo al casete y del casete al CD, ninguna revolución tecnológica ha afectado tanto la industria de la música como la llegada de Internet. El futuro es ahora.

Cada vez que alguien descubre a qué me dedico, recibo una mirada de preocupación acompañada de la pregunta: “¿Qué va a pasar con la industria musical?”. Y es que no se necesita ser un experto para notar que las cosas están cambiando, y rápido: en la última década, el negocio ha sufrido más cambios que en los cincuenta años anteriores. Y si el cambio constituye una forma de progreso, ¿qué es lo que causa tanta angustia con respecto al tema?

En primer lugar, esta industria fue el primer gran medio afectado por la revolución digital. En los noventa, el uso de archivos compartidos se difundió y despejó el camino para la era de la música gratuita. Cuando empezó el intercambio de música por Internet de manera ilegal, sucedieron cosas importantes: sin un CD físico, la música se desmercantilizó y condujo a que la juventud cambiara de actitud con respecto a lo que significaban los derechos de autor e incluso robar. Los chicos estaban igual de obsesionados por la música que antes, pero no corrían a comprarla, sino que preferían quedarse en casa y descargarla a través de Napster. Sin embargo, en la última década dos innovaciones importantes cambiaron el panorama. La innovación más notable es iTunes de Apple. Desde que las disqueras empezaron a desangrarse como resultado del uso compartido de archivos, iTunes logró sellar negocios que les permitieron a estas distribuir canciones individuales por menos de un dólar y así satisfacer un mercado sediento por sencillos y éxitos radiales. Pero como todos sabemos, Apple no es una productora sino una compañía de hardware que ha usado la música como una herramienta para vender todo su arsenal, en vez de promocionar a los artistas que con sus canciones llenan sus iPods. Por esta razón, los negocios entre Apple y las disqueras dejaron a los artistas sin un peso. Unos años después aparecieron plataformas como Pandora y Spotify, que funcionan a partir de recomendaciones y transmiten música por una cuota mensual –o incluso de manera gratuita– sin que el usuario tenga que comprar una sola canción y permitiéndole llevar su música a todas partes. Y ni hablar de YouTube, que ya ha superado a la radio al convertirse en el recurso principal para escuchar música. En este contexto que parece de pocas ganancias, ¿qué futuro aguarda, entonces, a los artistas y a las disqueras?

Primero lo primero. Los músicos ya no cuentan con vender su producto para ganarse la vida. Actualmente millones de bandas suben su música a la red con la esperanza de encontrar una audiencia, y muchas lo han logrado. Y es que para la mayoría de los músicos la meta nunca ha sido fama y fortuna, sino poder ganarse la vida haciendo lo que les apasiona, tomar riesgos y entrar en contacto con los fans. Por otro lado deben vender funciones en vivo, mercancía y licencias para, de tal modo, poder sobrevivir en medio de un mercado totalmente nuevo. Al no estar atados del cuello a las disqueras, los artistas se encuentran en control de su propio destino y seguramente presenciaremos el resurgir de escenas regionales en las que el sonido local contará con el apoyo de su comunidad. Y ventas más personalizadas y sin intermediarios, claro, como lo que hace Bandcamp.

Por el lado de las disqueras, el reto es mayor: sin la posibilidad de financiar innumerables bandas con la esperanza de que una de ellas alcance el éxito, volverán a concentrarse en una lista más selecta de artistas, que perdurarán en el tiempo gracias a sus presentaciones en vivo. En esencia, la mayoría de las disqueras hacen cosas que nadie más puede hacer: dedicarle su fuerza y poder principalmente a estrellas internacionales para sincronizar el mercado y la distribución de música a escala global. Es por esto por lo que las bandas de pequeña escala, las mismas que nacen de la escena local antes mencionada, no tienen en principio lugar en estos sellos monstruosos. Esto llevará a que las disqueras independientes se hagan más visibles en la medida en que tengan una visión clara de negocio, y trabajen con artistas de ideas afines en un espacio geográfico reducido con posibilidades de expandirse digitalmente.

¿Y la música en vivo? Por un lado la tecnología no solo ha afectado el proceso de comprar entradas –pronto ni siquiera tendremos que usar una entrada impresa, con un teléfono móvil las posibilidades son infinitas–, sino también la experiencia. Seguramente muchos todavía son fanáticos que están dispuestos a esperar horas por el lugar más cercano al escenario, donde puedan sentir el sudor del artista de turno, pero hay muchos otros que se han rendido y prefieren ver un concierto desde la comodidad de su hogar. Por eso, festivales como Lollapalooza o Coachella ya cuentan con transmisiones en vivo vía YouTube de las presentaciones más importantes del día. Con este método crecen las audiencias y crecen las comunidades que se reúnen a distancia para presenciar momentos claves de la historia de la música, como cuando en Coachella de 2012 Tupac hizo su aparición después de muerto gracias a un holograma. Comunión y tecnología al servicio de la música.

Sin temor a equivocarme puedo asegurar que en el futuro la música estará más cerca del público que nunca: a medida que el software basado en recomendaciones se vuelva cada vez más inteligente y confiable, tendremos más música de donde escoger, y nos encantará. Las plataformas digitales, que crecen exponencialmente, nos permitirán saciar nuestra imperecedera necesidad de novedad e inmediatez. Nuestro rol como consumidores es acoger la tecnología en lugar de lamentarnos por plataformas anticuadas. Así las cosas, ¡actualícese y comparta su última lista de reproducción! El futuro de la música ya está acá.

 

*JEFF RABHAN: Agente y consultor ejecutivo de la industria musical internacional. Actualmente se desempeña como director del Departamento de Música Clive Davis de la Escuela Tisch de la Universidad de Nueva York.

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