¿Bicicleta, carro o metro…?

El cronista Juan Guillermo Isaza se dio a la dispendiosa tarea de comprobar qué medio es más eficaz para llegar a un mismo punto de la ciudad de Medellín. ¿Por cuál apuesta?

Cuando me propusieron hacer una crónica sobre el tiempo comparativo que se tarda en llegar a un mismo sitio en transporte público, en automóvil y en cicla, de inmediato y malévolamente escogí elParque Arví, última estación de mi bienamado metro, al que una serie de afecciones técnico mecánicas del viejo Twingo propio de mi profesión me habían hecho cobrar un inusitado afecto.

Así, cronómetro en mano, me subí al metro en día y hora valle, bajé las escaleras de la estación San Antonio de tres en tres, transbordé, tomé nota de esos rostros pacíficos y abstraídos, volví a transbordar en la estación Acevedo y empecé el ascenso por encima de las interminables terrazas alguna vez adornadas con los rostros gigantescos de aquellos que habían dado ejemplo de convivencia, mientras miraba ansiosamente el reloj y calculaba mentalmente por dónde iría mi rival imaginario en su viejo Twingo. El tiempo se había puesto en mi contra durante los transbordos. Luego de la estación Santo Domingo, el metrocable inició su único tramo estrictamente turístico, la ciudad empezó a hundirse vertiginosamente y ralearon los ranchos de madera y lata, mientras hacían su aparición algunas inusitadas cabras y las primeras vacas holstein. Al llegar al filo, comenzaron los cinco minutos más esplendorosos del trayecto, sobre el dosel de pinos implantados a la fuerza, que le daban a la región un aire inapropiado pero turísticamente alpino. Al llegar a la estación Arví habían transcurrido cuarenta y tres minutos y el viejo Twingo nada que aparecía. Sonreí satisfecho, hasta que recordé que debía bajar nuevamente, montarme en él y volver a subir.

Lo hice con el tesón y entusiasmo de un verdadero deportista imaginario. Tenía que derrotarme a mí mismo en nombre del parque automotor de toda la ciudad. Pitaba como un energúmeno en los tacos, cosa que no suelo hacer, y me le adelantaba donde podía a los buses de Buenos Aires, cosa que menos. Luego de sobrepasar el sitio conocido como Las Mellizas, donde lo urbano empieza, con reticencia, a dar paso a lo rural, me dije que mi hora había llegado y hundí el acelerador al piso. Al principio todo marchó sobre ruedas, pero luego de sobrepasar el seminario le di alcance a un todavía más viejo Renault 9, el auto oficial de la vereda Santa Elena. Estaba lleno hasta el techo de unos fardos de contenido misterioso envueltos en plástico de un rosado incandescente. Su propietario, siguiendo la tradición de quién sabe qué antepasado arriero, al parecer trataba de matarlo mediante una sobrecarga. Con cierto odio inexplicable, se dedicó a abrirse en las curvas cerrándome el paso como si fuera un Juan Pablo Montoya de la Montaña. Apretando los dientes intentaba sobrepasarlo una y otra vez, aunque no con mucho empeño, temeroso de las curvas cerradas y las flotas que bajaban enloquecidas. Pero a medida que ganaba altura, las bujías (¿hacía cuánto que no las cambiaba?) empezaron a protestar a su manera y el carro dio en subir, según lo definió alguna vez un taxista experto, “humilladito”. Luego de alcanzar El Placer, la tradicional venta de arepas de chócolo que precede al alto, noté con alegría que podía meter cuarta y en ocasiones, hasta quinta. Pero el daño ya estaba hecho. Al llegar a la estación Arví habían transcurrido sesenta y ocho minutos. Sonreí con cierta suficiencia. Fue muy humillante.

De nuevo, y dispuesto a ganarme unos pesos moviendo las piernas, tomé mi cicla todoterreno, me ubiqué por última vez en la estación Suramericana y apretando el cronómetro me lancé por las congestionadas calles de Medellín, sorteando con gracia buseteros prepotentes, particulares apresurados y los siempre sorprendentes y no pocas veces letales motociclistas. Pero antes de llegar a Las Mellizas comprendí, como en una iluminación, la expresión “botar el bofe”. El bofe, para que me entiendan los p’afueranos, es como se les dice localmente a los pulmones de la res y por extensión, a los del cerdo. Resollando como uno de estos últimos, solo quería botar la cicla, deshacerme de ella. Y lo hice. Tomé el celular y llamé a mi amigo José Villegas, quien en su juventud subía desde San Rafael hasta Guatapé en una bicicleta sin cambios. ¿No le gustaría hacer lo mismo hasta la estación Arví, tomar el tiempo y que yo lo mencionara como a un héroe, con nombres y apellidos? Con algo de reticencia, debido a que no se desempeñaba ni en la política ni en el espectáculo, me hizo un breve recuento de sus compromisos. Pensé en sobornarlo materialmente, compartiendo con él los jugosos ingresos provenientes de la crónica, pero antes de que saliera de mis labios la miserable cifra que tenía preparada, me dijo que sí, que listo.

Cuando iba a empezar el recorrido me llamó, como habíamos acordado, y le pedí que me avisara en cuanto llegara a la estación. Luego me puse a comerme las uñas y jugar al solitario en el computador. Por fin entró la llamada. Su voz desfalleciente, al borde de un ataque cardiaco, estaba al mismo tiempo preñada de orgullo. En verdad se había comportado como un héroe. Salvo por un pequeño detalle: ninguno de los dos había tomado el tiempo. No sabía si echarme a llorar o simplemente pegarme un tiro. Pero entonces, y hasta para un ateo esto tiene que ser prueba de que Dios existe, me di cuenta de que, al colgar la llamada que me había hecho al comienzo del recorrido, no había colgado, sino encendido la grabadora. Al entrar su segunda llamada, la grabadora se había detenido. El tiempo era 2.17.35.

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