Así es la vida entre dos Coreas; crónica de Andrés Felipe Solano

Sesenta años bastaron para cambiar el rumbo de un país que tuvo la misma historia por siglos. Pyongyang y Seúl son tan disímiles que alguien que llega del norte al sur debe reeducarse del todo.

Un vistazo a dos mundos por un cronista agudo que decidió construir su vida allá.

En el 2008 pisé por primera vez Corea del Sur. Llegué invitado por el Ministerio de Cultura a una residencia literaria de seis meses. Tenía la libertad y el tiempo para escribir, cosa que por supuesto no hice. Pasé poco tiempo en mi estudio y me dediqué a recorrer Seúl, a preguntar aquí y allá por todo lo que me era extraño, incluido el tema de Corea del Norte. Después de mucho rogarle, una amiga coreana me ayudó a contactar a un desertor a través de una agencia oficial de refugiados.

Fuimos una tarde a una casa en un barrio en el centro, muy cerca del antiguo estadio de béisbol, que por ese entonces todavía estaba en pie. Antes de regresar a Colombia la construcción fue derribada y reemplazada por un centro de diseño parecido a una gigantesca ballena de metal. En Seúl todo cambia con increíble rapidez, todo lo contrario a lo que pasa en Pyongyang, una ciudad que parece un gran mausoleo, un lugar donde no existe la publicidad, solo la propaganda, donde el metro fue construido para que sirviera de refugio en caso de guerra.

En los centros de refugiados se capacita a los desertores para hacerse a una vida en medio de una libertad a la que no están en absoluto acostumbrados. Por supuesto, el gobierno surcoreano les brinda ayuda solo después de comprobar por todos los medios posibles de que no se trata de espías. Es muy común encontrarse con historias de agentes secretos enviados por el gobierno comunista de los Kim; incluso, hay una novela de un escritor surcoreano titulada Your Republic Is Calling You cuyo tema central es el último día de un hombre con una doble vida antes de regresar a Pyongyang después de pasar diez años en Seúl.

Recuerdo que el día de mi visita, el verano ya se había instalado con su humedad y sus lluvias torrenciales producto de los vientos monzónicos. El hombre con el que hablé rondaba los cuarenta años. Flaco y algo temeroso, me contó toda su historia mientras un ventilador iba de esquina a esquina con lentitud y bebíamos uno de los jugos que mi amiga compró de regalo.

El hombre había escapado hacia China. En un mapa de la península me mostró el sitio exacto. Atravesó el río Doo Hang aprovechando que se celebraba Chuseok, la fiesta más importante para los coreanos, tanto los del norte como los del sur.

Estas dos naciones, que fueron una sola por varios milenios, solo han estado separadas 60 años, tiempo que no ha sido suficiente para que tradiciones ancestrales desaparezcan tan fácilmente en el norte. Durante Chuseok se les rinde el culto a los ancestros. La estructura patriarcal y la línea de sangre son rasgos muy importantes para la sociedad surcoreana y norcoreana. Se hace todo lo posible para no cortarla, factor que usó a su favor Kim Il Sung cuando nombró a su hijo Kim Jong Il como sucesor y que se prolongó con el nombramiento en el poder del nieto, Kim Jong Un. Algo común para los coreanos como las sucesiones generacionales, en Corea del Norte derivó en un monstruoso culto a la personalidad de una sola familia.

Durante los primeros meses en China el desertor durmió en una cueva. Después logró trabajar en fábricas y restaurantes hasta que fue denunciado. Logró escapar a Mongolia y luego pasó a Tailandia. Finalmente pidió asilo en la embajada surcoreana de Bangkok y llegó a Corea del Sur luego de un largo rodeo por todo el continente.

Cuando empezó a vivir en Seúl todavía se sentía paranoico. Creía que lo estaban espiando todo el tiempo. Las secuelas de lo que se conoce como el Sistema del Triángulo todavía estaban muy vivas. El gobierno de Corea del Norte obliga a cada persona a vigilar a otra, esta a su vez vigila a alguien más y esa última vigila a la primera. Había otras cosas que también le alteraban los nervios y tenían que ver sobre todo con tomar decisiones. Por ejemplo, podía ir de una ciudad a otra sin pedir permiso y llevar el pelo tan largo como quisiera. En Corea del Norte la longitud máxima para los hombres es de cinco centímetros, siete para los ancianos; las mujeres tienen que escoger entre 18 cortes de pelo oficiales. Una pequeña, pero contundente muestra de cómo toda la vida, desde el detalle más pequeño, está atravesada por una infinitud de reglas oficiales que pretenden borrar las diferencias.

Al principio, el desertor tampoco entendía por qué existían palabras en konglish (mezcla de coreano e inglés) o se usaban directamente en el idioma extranjero.

Le parecía una aberración que no existieran expresiones para ice cream y hamburger en Corea del Sur, como sí pasaba en Corea del Norte. Igualmente, no comprendía qué significaban ciertos términos que usaban los locutores de fútbol para narrar los partidos. No tenía ni idea qué era corner, free kick, fault, offside. Lo desconcertaba la profusión de iglesias cristianas pero, más allá de eso, la libertad para realizar ritos chamánicos, parte central de la cultura coreana por siglos que en el norte fue totalmente proscrita con la llegada de los Kim. También tuvo que aprender que la planta que conocía como Kimilsungia (en honor a Kim Il Sung) era una orquídea, y la Kimjongilia (en honor a Kim Jong Il), una begonia.

Y por supuesto tenía que luchar a diario por esconder su fuerte acento. De hecho, durante nuestra charla usó algunos arcaísmos que mi amiga no entendió del todo. Cuando regresamos en el metro me explicó que era como si alguien de repente me hubiera hablado con expresiones usadas por Cervantes.

Ese mismo año visité el paralelo 38 y la DMZ (zona desmilitarizada). Vi los cuatro túneles cavados por norcoreanos en los años setenta para tratar de invadir el sur. Vi desde una torre campos de arroz al otro lado de la frontera, un apacible pueblito y la línea de ferrocarril que se activará en caso de que haya reunificación. Está ahí, a la espera, desde hace décadas. La DMZ posiblemente sea una de las zonas menos contaminadas del mundo. Ningún humano la ronda, es una franja de tierra en la que hace 60 años nadie pone un pie. Solo allí se ven ciertas especies raras de pájaros, águilas y zorros que caminan por campos de avena salvaje.

En el 2010 y 2011 visité de nuevo Corea del Sur y finalmente me instalé en Seúl a principios de enero. A veces, en el metro descubro una cara que no parece encajar del todo, que parece no sentirse cómoda con los anuncios de cirugías plásticas a la salida de las estaciones, ni con las inmensas librerías donde hay estantes repletos de libros sobre Corea del Norte. O con las luces de neón, las minifaldas, los teléfonos celulares en los que se pueden ver películas, partidos de béisbol o programas de televisión donde se burlan de los políticos. Me pregunto si esa cara pertenece a un desertor y, en ese caso, qué piensa cuando en semanas como las últimas, el heredero de la dinastía Kim ha vuelto a abrir la boca y genera pánico en todo el mundo, menos aquí, donde la gente ya se ha acostumbrado a que se hable de guerra nuclear y finalmente no pase nada.

El sábado en que Kim Jong Un declaró el estado de guerra en su país, las calles de Seúl, a tan solo 50 kilómetros de distancia de la frontera, estaban repletas de compradores. Por ahora, el único motivo de alarma parece ser un frente frío que puede arruinar el clima primaveral. Yo, sin embargo, toco madera cada vez que puedo.

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