Yoga, ¿una excusa para obtener dinero de los turistas en la India?

Hacer un curso de yoga en India es, para los seguidores del movimiento, un hito en su camino hacia la espiritualidad. Pero no siempre sucede así. Crónica de una infructuosa y accidentada búsqueda.

Luego de practicar yoga por más de ocho años, mi esposa y yo empacamos nuestras maletas y partimos hacia India en busca de la paz y la tranquilidad que nos ofrecería un curso de yoga en la capital mundial. Aterrizamos en Delhi y luego de soportar varios intentos de estafa en la compra de boletos del tren, de perder el tren a causa del peor monzón en los últimos treinta años y volar a la capital de Utarakhand, tomar un taxi modelo 54 hasta Rishikesh y caminar el puente colgante de Laxman Jhula que atraviesa el Ganges, llegamos al Ashram de Parmarth Niketan.

Tras cuatro horas de registro entramos a nuestro cuarto. Era muy humilde, eso lo esperábamos, pero no semejante cantidad de mugre: las puertas de entrada y del baño estaban completamente cubiertas de hongos, y en el piso había huellas de escupitajos y de lo que parecía ser sangre. Junto a otros extranjeros protestamos por el cuarto y nos prometieron uno mejor al día siguiente. Ignorando el ecosistema de insectos que compartía nuestra cama, pasamos nuestra primera noche en la llamada “tierra de los dioses”.

Al día siguiente tuvimos nuestra primera clase de yoga, que no fue una clase sino un largo rito religioso. No bien terminamos de rezar, procedimos a la donación “voluntaria” de 700 dólares por persona. El pago y registro tardó unas cinco horas y todavía no había ni rastros de los cuartos nuevos. La mayoría de los extranjeros se dieron por vencidos y regresaron a sus cuartos. Nosotros decidimos insistir y fuimos a la oficina de registro. Allí, por casualidad, vimos al gurú del Ashram y se reveló ante nuestros ojos la cruel realidad del lugar: los administradores odiaban su trabajo y trataban muy mal a toda la gente que los rodeaba; la suciedad y la miseria, justificada por la pobreza, desaparecía en los aposentos privados del gurú, donde había jardines bien mantenidos, limpieza digna de un hotel cinco estrellas y tecnología de última generación. El yoga en lugar de ser una filosofía aplicada, era, más bien, una herramienta para sacarle plata a turistas occidentales.

Eso desató nuestra ira y decidimos marcharnos. Los administradores se disgustaron un poco pero no les pareció muy trascendental, hasta que pedimos nuestra plata de vuelta. Entonces hicieron todo para que nos quedáramos: dijeron que era tarde y que por lo menos tendríamos que pasar otra noche en el Ashram y, como último recurso, nos pasaron a un cuarto gigante, muchísimo más limpio y con vista al Ganges, eso sí, pidiéndonos que no le contáramos a nadie del curso de la existencia de la habitación. Aburridos por la hipocresía del lugar decidimos marcharnos al día siguiente.

En la mañana salimos del Asrham con nuestras intenciones de un viaje espiritual hechas trizas: llevábamos cinco días en India y en este corto tiempo nos habían estafado o tratado de estafar en taxis, tuk-tuks, centros oficiales de atención al turista, estaciones de tren y centros de recogimiento y religión. Decidimos cancelar nuestro viaje de fe y recogimiento, renunciar a cualquier posibilidad de espiritualidad y llamar de inmediato a la agencia de viajes para partir, cuanto antes, hacia duchas limpias, agua caliente y comida supervisada por el departamento de salud.

Corrimos a un café Internet para llamar a nuestra agencia de viajes. La llamada fue más o menos así: “Gracias señorita, estoy en la India, tengo mi siguiente vuelo hacia Estados Unidos en dos meses pero esto es horrible y me quiero ir ya”. “Claro señor, estamos para servirle, permítame revisar la multa y cambio de tarifa por el cambio de fecha”.

Aquí doy números de reservas y espero media hora sentado en un café Internet al lado del Ganges oyendo una balada en inglés por una oreja y música techno-hindú, por la otra.
–¿Mr. Convers? Para que salgan en el primer vuelo hacia San Francisco tiene que autorizarme que le carguemos a su tarjeta el cambio de tarifa.
–Por supuesto, ¿cuánto es?
–Serían 1.200 dólares por tiquete.
–Pensándolo bien señorita, este país es muy bonito y tiene muchas cosas que ofrecer todavía. Muchas gracias.

La respuesta de nuestra agencia de viajes nos hizo recuperar la esperanza de encontrar una experiencia espiritual en la India. Con fe renovada decidimos permanecer unos cuantos días más en Rishikesh, confiados en encontrar si no la paz, por lo menos la tranquilidad. Y si no la tranquilidad, por lo menos un baño limpio.

Conseguimos un hotel no muy caro a la orilla del Ganges. Al día siguiente logramos dar con el Ashram de Sivananda, uno de los más serios y místicos de la zona en el que de verdad había silencio y recogimiento. Aunque no recibían gente, sí ofrecían una clase de yoga todas las mañanas. Felices con nuestro descubrimiento regresamos al hotel. Entonces empezó a caer un aguacero feroz. Mi esposa se levantaba cada media hora de la cama, se asomaba a la ventana de nuestro cuarto y luego volvía preocupada. No sabíamos qué tan normal era el salvaje caudal del río así que fuimos a preguntarle a Gita, la administradora del hotel, quien respondió que esa lluvia era aterradora, que en los 27 años que llevaba viviendo en Rishikesh jamás había visto el Ganges tan crecido, y que esa noche iba a dormir en el segundo piso, por si acaso. Con esas reconfortantes palabras empacamos nuestras maletas y nos despedimos.

Siguiendo los consejos de Gita, tomamos un bus público que nos llevaría a Dhera Dun, la ciudad más cercana hacia las montañas. Tras una hora y media de aterrador recorrido por una carretera negra, arrullados por el siempre presente sonido del pito, llegamos a Dhera Dun, donde pasamos la noche. Al día siguiente, mirando el mapa del estado de Uttarakhand, descubrimos que el mejor lugar al que podríamos dirigirnos era Mussoorie, un famoso pueblito que queda a unos dos mil metros de altura en la falda de los Himalayas, parada obligatoria para los osados que hacen el largo camino hasta los monasterios de Yamunotri y Gangotri, y uno de los destinos tradicionales de luna de miel en la región.

Tras un viaje escalofriante por el borde de un precipicio llegamos al hotel Padmini Nivas donde nos acomodamos en un cuarto decente, limpio y con una hermosísima vista. Pasamos una noche nada despreciable en Mussoorie. Nuestros vecinos de cuarto, todos indios, eran cordiales, y su actitud de paseo era la de no hacer nada, saborear el té y disfrutar del saludable aire de la montaña. Nos contagiamos de esa conducta maravillosa y empezamos a deleitarnos lentamente con el paisaje, la comida y la sencillez de nuestra habitación. La vista hacia el valle de Dhera Dun era magnífica; un horizonte infinito en el que la tierra parece que nunca se fuera a acabar. Viendo ese paisaje tuvimos nuestra experiencia más mística en India.

Agarrados de las manos, mirábamos el sol caer en un horizonte muy lejano. Era como estar parados en el cielo, viendo el planeta desde otra parte. Sentimos, por primera vez, la inmensidad del subcontinente indio y entendimos que no habíamos llegado a hacer un ejercicio espiritual ni a experimentar una conexión mística. Habíamos ido a tomar fotos, millones de fotos, fotos impresionantes que produjeran envidia entre amigos y conocidos, porque India podía ser cochina, aterradora y difícil, pero era también increíblemente fotogénica, así que, si íbamos a sobrevivir, lo íbamos a hacer como turistas profesionales. Íbamos a ser unos exploradores, pero de cuartos de hotel: viajaríamos rápidamente a todos los lugares dignos de ser fotografiados y todo el mundo diría, como dijimos nosotros alguna vez: ¿no sería maravilloso estar en India?

Esos fueron nuestros planes, y empezaron a cumplirse al día siguiente cuando tuvimos que partir de Mussoorie porque nuestro cuarto fue invadido por una manada de micos salvajes. Luego de nuestra transformación de viajeros místicos a turistas rasos, bástese con saber que, como lo prometimos, tomamos un millón de fotos, conocimos Rajasthan y el Taj Mahal y quince días después viajamos a hacer, ahora sí, un curso intensivo en la otra capital mundial del yoga: California.
 

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