Nueva Zelandia, el punto de partida para recorrer el mundo

Recorrer el mundo parece una utopía. Pero con rutas y presupuestos organizados es posible. Dos viajeros cuentan su viaje a Nueva Zelandia, el punto de partida en el que se convertieron en viajeros aficionados.

“Hace 12 años David y yo hicimos nuestro primer viaje fuera del país juntos. En esa oportunidad, recién egresados de la universidad y con muy poco dinero, pasamos una semana en Panamá y luego otras dos en Cuba. Fue una experiencia maravillosa, conocimos lugares hermosos y personas magníficas que definieron en gran medida nuestro deseo de viajar y recorrer el mundo.

Nos volvimos fanáticos de un programa de Discovery Channel llamado “Trotamundos” en el que unos viajeros recorrían diferentes países y mostraban las opciones turísticas de una manera descomplicada. Fue tanto nuestro interés, que grabábamos los episodios (en esa época en VHS) pensando que eran una buena base para los futuros viajes que nos imaginábamos. También teníamos un mapa gigante del mundo que cubría toda una pared del cuarto de David, era tan grande que cuando lo llevamos a su casa, ¡tuvimos que quitar la ventana para poderlo entrar! Allí íbamos dibujando rutas imaginarias por países desconocidos alrededor del mundo.

Recuerdo muy especialmente el episodio de “Trotamundos” sobre Nueva Zelandia. Además de hacer un recorrido por todas las actividades de adrenalina del país (que son muchas, de hecho aquí se inventaron el bungee jumping), mostraba un trekking por el Milford Track que terminaba en unkayak en el Milford Sound. Nunca lo olvidé y hace un par de meses cuando empezamos a dibujar nuestro primer borrador de Nueva Zelandia, le insistí a David en que debíamos incluir este camino.

La cosa no fue fácil: el camino en invierno (de abril a octubre) solo se puede hacer con guías (a la módica suma de casi 2,000 dólares por persona, ¡plop!) y en verano se deben reservar los cupos con mucha anticipación porque solo 40 personas pueden hacer el camino cada día, de tal manera que cuando ingresamos al sitio web del Departamento de Conservación (doc.govt.nz) para hacer las reservas, encontramos cupo para los primeros días de noviembre, siendo la fecha “más tarde” el 9 de dicho mes (entre más tarde mejor, ya que hay más probabilidad de que el camino esté abierto).

Unos cuantos cálculos nos enfrentaron a otro obstáculo: ¡hacer el camino es costoso! Se debe pagar el transporte en bus y luego en bote hasta el lugar donde empieza la caminata, 3 noches de alojamiento en los huts del parque y el bote para salir desde donde termina el trekking hasta el pueblo más cercano, en total USD 230 por persona. Luego de mucho pensarlo, cambiar tiquetes de avión y revisar el presupuesto, decidimos que sí haríamos la caminata.

Primero volamos de Auckland (isla del norte) a Queenstown (isla del sur), luego tomamos un bus de 2 horas a Te Anau y desde allí el transporte (bus + bote) hacia el inicio del camino. El primer día fue muy suave, una corta caminata de una hora entre un bosque supremamente húmedo en el que todo estaba cubierto por musgo. Nunca en mi vida había visto unos ríos de agua tan cristalina, aún en las partes más profundas se podía ver el fondo con facilidad. Este día conocimos a nuestras futuras inseparables compañeras de camino: las “sandflies”, unas pequeñas moscas cuya picadura es supremamente fastidiosa y lo peor, son miles y están en todas partes.

Esa noche dormimos en el primer hut (Clinton) compuesto por dos casas con camarotes (cada una con 20 espacios), una cocina-comedor y un bloque de baños. En este camino cada persona debe llevar su sleeping bag, utensilios para cocinar y comida, los camarotes tienen colchón y la cocina estufas a gas, pero no hay más comodidades. En la noche la “ranger” del hut nos dio una pequeña charla sobre las reglas del lugar, el pronóstico del clima y la descripción del camino del día siguiente. Una vez anocheció (casi a las 9 p.m.) hicimos una pequeña caminata para ver a los glowworms, unas larvas que emiten una luz verdosa que se puede ver en la oscuridad. En realidad hicimos la caminata sin saber qué íbamos a ver y encontramos un espectáculo increíble, parecía una constelación de estrellas debajo de una cueva.

El segundo día el clima estuvo perfectamente soleado y despejado. Caminamos por el bosque pero también por algunos valles desde donde podíamos ver las cimas de las montañas y unas gigantes cuevas de nieve formadas por las avalanchas de los días anteriores.

Nos tomó un poco menos de 6 horas llegar al segundo hut (Mintaro) y aprovechando el buen clima dejamos allí nuestros morrales y subimos hasta el paso Mackinnon (el punto más alto del camino, el cual se cruza en el tercer día) con el fin de apreciar el paisaje hacia ambos lados del paso. Lo que se ve desde allí es espectacular: hermosas montañas nevadas y cañones de bosque espeso entre ellas. Subir al paso y volver al hut nos tomó un poco más de dos horas. El resto del día lo pasamos tranquilamente conversando con Carmen y Juan Francisco, una pareja de españoles que estaban recorriendo el país como nosotros.

En la reunión de la ranger esa noche nos advirtió que se mantenía el riesgo de avalancha pero que no sería necesario cruzar el paso en helicóptero (como lo venían haciendo hace algunos días), en su lugar tendríamos una caminata controlada en la que ella iría encabezando y al llegar al refugio del paso nos daría instrucciones.

La decisión de caminar un poco más el segundo día fue muy acertada: al día siguiente amaneció lloviendo y cuando llegamos al paso había un viento fuertísimo que dificultaba la caminata. Además: !no se veía nada! Quienes no subieron el día anterior se perdieron de este hermoso paisaje! Allí estuvimos casi dos horas en el refugio hasta que la ranger nos dijo que ya habían cavado un paso en la avalancha de la noche anterior y era seguro caminar. Al bajar hacia el tercer hut (Dumpling) la lluvia se hizo aún más fuerte y a pesar de nuestra ropa impermeable llegamos bastante mojados al refugio. Ya nos habían advertido que tendríamos lluvia por lo menos un día, la parte positiva fueron los cientos de caídas de agua que se formaban desde lo alto de las montañas, un espectáculo hermoso de la naturaleza. Este día caminamos unas 5 horas.

El cuarto y último día fue el más bonito de todos. Encontramos unas caídas de agua bellísimas, además de ríos, lagos y bosques en nuestra ruta de 5 horas. Caminar se ha convertido en un gran placer para mí, y llegar hasta acá en compañia de David fue una experiencia maravillosa, saber que siempre me cuida y me apoya, aunque durante horas cada uno permanezca en silencio, me hace sentir plena y feliz de haberlo escogido como mi compañero de vida.
Al llegar a Sandfly point tomamos el bote de 15 minutos hasta Milford Sound.

Así cumplí un sueño que tenía hace muchos años. La caminata es hermosa pero durante muchos momentos nos hizo pensar en otro trekking que hicimos hace unos 10 años en Chile llamado Torres del Paine. Este camino es muy similar en cuanto a la vegetación pero el chileno además tiene unos glaciares que parecen océanos de hielo y unas formaciones rocosas (las Torres y los Cuernos) que son muy llamativas. Creo que en Nueva Zelandia hay caminatas igual o más bonitas que elMilford (ya nos lo habían dicho Julie y Iain nuestros anfitriones en Auckland) probablemente menos famosas y más baratas. El Milford es accesible, la caminata es relativamente suave y el paisaje es hermoso, pero quienes estén en Latinoamérica pueden ir a Torres del Paine y vivir una experiencia aún más completa.

Para terminar, pasamos la noche en Milford Sound y al día siguiente tomamos un crucero de un par de horas. El “Sound” es una formación geológica en la que las montañas “entran” al mar lo que forma los fiordos de Nueva Zelandia. Las caídas de agua llegan hasta una profundidad importante en el mar, lo cual crea un ambiente especial para los animales. En el crucero pudimos ver pingüinos y focas, algunas caídas de agua impresionantes y el hermoso paisaje de las montañas.

Nota tomada de: malaquita.wordpress.com

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