High Line: El parque que cambió a Nueva York

Hace poco se inauguró la segunda etapa del High Line Park de New York, uno de los proyectos de espacio público más revolucionarios de los últimos tiempos.

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En New York, la memoria de los lugares se desdibuja con facilidad gracias a la rápida evolución de la ciudad. Un parque o una calle guardada en la mente de sus habitantes puede mutar en un espacio radicalmente opuesto en tan solo unos años. Pasó con Little Italy, recordada por sus pendones y jardines multicolores que atravesaban sus calles y que hoy son devoradas por la expansión de Chinatown y sus caóticos restaurantes y mercados. Está sucediendo en Harlem, tradicional y decadente barrio que se disputaban negros y latinos, y que ahora es repoblado por estudiantes universitarios y jóvenes familias adineradas.

Pero la transformación urbana más importante de la ciudad se encuentra en el lado oeste de Manhattan, en un triángulo conformado por los sectores de Chelsea, Meatpacking District y Hell’s Kitchen. Estos vibrantes vecindarios de carácter artístico son desde hace unos años los más fieles representantes de la New York contemporánea. Las tendencias de diseño, arquitectura, moda gastronomía, fiesta, música, y en general todo lo que tiene que ver con la vanguardia creativa, tiene su epicentro en este lugar.

Por eso cuando se camina por la calle Gasenvoort, con sus vitrinas de alta costura y sus restaurantes gourmet, cuesta creer que hace menos de tres décadas estas mismas calles eran zonas oscuras y sucias, auténticos agujeros de una ciudad que les daba la espalda a sus puertos industriales. Era la “selva” que recorría Robert De Niro cada noche en Taxi Driver, la cinta clásica de Martin Scorsese.

Pero la rápida e inusitada cotización del oeste de Manhattan en la década de los noventa hizo que las autoridades plantearan derrumbar una de las mayores cicatrices de la zona: el High Line, un pesado puente de hierro por el que transitó (hasta 1980) el antiguo ferrocarril de Manhattan. Sin embargo, los nuevos inquilinos – la mayoría de ellos artistas- no estaban de acuerdo con la idea de borrar esta huella del pasado, aunque fuera considerada como una herida urbana que obstaculizaba el tránsito de los peatones. En cambio propusieron abrir un concurso arquitectónico para aprovechar esta emblemática estructura en bien de la comunidad. El resultado es el High Line Park, el proyecto de espacio público más importante construído en New York en las últimas décadas. Una obra urbana, arquitectónica y artística que cambió para siempre la cara de la ciudad.

Según The New York Times: “Las vías del ferrocarril han creado un parque, un barrio y una marca: ahora es posible comprar un condominio en el High Line Building, comer en el delicado High Line Thai Restaurant, bailar en el High Line Ballroom y celebrar en el High Line Festival”.

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Historia

El High Line se construyó en 1930 con el fin de solucionar el tráfico de trenes de mercancías que ingresaban a Manhattan. La vía, abandonada desde 1980, se encontraba a punto de ser demolida cuando en 1999 el periodista Joshua David y el artista Robert Hammond fundaron Friends of the High Line, una organización encargada de salvaguardar la memoria del puente y sus construcciones industriales vecinas. Gracias a su liderazgo, en 2003 se abrió un concurso de diseño que recibió 720 propuestas. Los ganadores fueron las firmas locales James Corner Field Operations & Didier Scofidio + Renfro.

En 2006 se abrió la primera parte del parque, la cual inicia en la calle Gansevoort y culmina en la calle 20 (cerca de 2,5 kilómetros). Y en junio pasado se inauguró la segunda etapa que extiende el parque hasta la calle 30 (2.8 km). La tercera y última etapa se construirá en dos años y llegará hasta el sector de Hell’s Kitchen, en la antigua confluencia de rieles conocida como Rail Yards.

El diseño del High Line Park es notablemente sencillo. Se trata de una intervención vegetal suspendida a 10 metros de altura sobre la calle, inspirada en la naturaleza salvaje que creció durante los casi treinta años en los que el puente permaneció cerrado. La naturaleza, que parece pertenecer a una metrópoli sin humanos, incluye diferentes especies de plantas y pastos que cubren las líneas del ferrocarril.

“Nos inspiramos en la belleza melancólica y sin reglas de la abandonada High Line, donde la naturaleza renacía entre los agujeros de una zona posindustrial”, explica el arquitecto Charles Renfro, miembro del equipo de diseño que estuvo recientemente en Bogotá.

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A un costado de la vegetación se despliega una pasarela de concreto con espejos de agua, iluminación y mobiliario. En algunos puntos estratégicos se construyeron baños públicos, ascensores, instalaciones de arte y miradores con graderías de madera. “En la práctica, eso supone la combinación de senderos de concreto con plataformas de madera y un entorno de vegetación natural, todo ello manteniendo los rieles en su ubicación original. Así, puede verse gente leyendo, dibujando, escribiendo y pintando, sentados sobre bancas de madera que parecen crecer directamente de las vías; o bien tomando el sol, comiendo y paseando sobre placas de concreto estrechas y alargadas que en los extremos se abren, se levantan y separan como rieles en cuyos recovecos y entresijos crecen las plantas a imitación de la vegetación salvaje que intenta recuperar su espacio perdido”, comentó en The New York Times la arquitecta Elizabeth Diller, miembro del equipo de diseño.

El impacto ha sido tan positivo que a lado y lado se levantan ahora nuevas construcciones diseñadas por reconocidos arquitectos como Jean Nouvel y Frank Gehry. En una esquina de la calle Gasenvoort, el arquitecto italiano Renzo Piano diseñó la nueva sede del Whitney Museum, un tradicional espacio dedicado al arte contemporáneo que tiene su actual sede en un edificio de estilo brutalista del refinado sector del Upper East Side.

El Whitney tomó la difícil decisión de mudarse después de una larga controversia en la ciudad ante la presión que ejerce la vanguardia artística del West Side y el High Line Park.
La influencia del parque también ha golpeado las puertas de las principales universidades de diseño. La escuela de Parsons está construyendo un nuevo edificio a pocas cuadras del lugar, mientras que el Pratt Institute abrió una sede en un edificio estilo Tudor recientemente restaurado.

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