Un artista debe ser el farmacéuta del alma

Olga Sinclair es una artista cosmpolita, madre divorciada y mujer preocupada por las brechas sociales, que tuvo su primera exposición a los 18 años. Así es su vida y su arte.

Sábado, 9:20 a. m. En el Casco Viejo de Panamá todo es luz y actividad. Una anciana saca una silla a la acera para disfrutar del esplendor matinal que envuelve al barrio, ubicado en la parte antigua de la ciudad. Un hombre entra en una abarrotería cargando un saco con botellas vacías, buscando ganarse las primeras monedas del día. Un joven de suéter negro atraviesa la calle con una bolsa de empanadas e ingresa en un viejo edificio de fachada violeta. Es uno de los voluntarios de la Fundación Olga Sinclair, creada el año pasado por la  reconocida pintora panameña del mismo nombre.

En realidad, el lugar donde Olga ofrece talleres artísticos a niños y jóvenes, es una extensión de su taller, ubicado en otra zona de la urbe. Aquí también el suelo está salpicado de pintura. Acá la música tampoco para de sonar. Se pinta al ritmo de ella. Puccini, Strauss, para que los infantes se sientan levitar en la brisa que recorre la Avenida A hacia el mar de escamas doradas, volando en alas del arte. “La fundación es un santuario para ellos, para que aprendan a soñar. Creo que la función del artista es la de ser una especie de farmaceuta de las almas”, afirma la artista de ojos vivaces y rostro salpicado de pecas.

Los participantes del taller van llegando poco a poco. También más voluntarios, quienes estarán encargados de dirigir el taller en el segundo piso. Es una tarea delicada. Se trata de dictarles las primeras instrucciones a un grupo de inquietos niños de 10 años en adelante, de inculcarles la técnica básica para que así puedan expresarse más plenamente. Pero sin limitar su creatividad. Tal como el padre de Olga, el maestro Alfredo Sinclair, hizo con ella cuando tenía 12 años. “Desde los cuatro años yo pintaba con él. Me dejó explorar libremente mi potencial pictórico, tal como yo hago con estos niños”, cuenta Olga mientras agita sus manos expresivamente en el aire. Sus dedos manchados de pintura rozan su frente, dejando un línea azul sobre su piel morena.

En el piso de abajo se reúnen los más pequeños, los que tienen cuatro o cinco años.  Armados con sus pinceles mezclan colores y trazan formas sin que ningún criterio adulto se imponga a sus voluntades creativas: a los progenitores se les hace abandonar la habitación un vez comienza la sesión. “Un niño que siempre es vigilado por su padre, que no ha opinado por 12 años, a los 14  ya es un maleante… En Panamá cada día se agranda la brecha entre ricos y pobres. En vez de ser una nación donde la gente tiene las mismas oportunidades, nos estamos convirtiendo en un país rico lleno de gente pobre”, plantea la pintora y docente.

Más allá de la sombra paterna

Para Olga el camino como artista no ha sido fácil. En la residencia familiar, ubicada en la Avenida Nacional, recibía el apoyo incondicional de su padre, uno de los más  destacados maestros de la plástica istmeña. Sin embargo, en el colegio fue una de las víctimas de un sistema educativo que adormece los talentos y fomenta la mediocridad. “Cuando estudiaba en la escuela República de Francia me ponían ‘uno’ en arte. Lloraba por horas, pero mi papá me decía: ‘Olguita, sigue tu corazón’”.

Poco a poco, Olga comenzó a abrirse paso en el mundo del arte, a pesar del escepticismo de sus profesores y de quienes aseguraban que su padre le hacía sus obras. A los 18 años tuvo su primera exposición individual en la galería Etcétera. En 1976 ingresó en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Madrid, España. Ese mismo año expuso junto a su padre en la muestra Dos pintores panameños, en la Biblioteca Amador Washington, en la ciudad de Panamá.

Tiempo después retornó al Istmo y en 1984 obtuvo la licenciatura en Diseño de Interiores de la Universidad Santa María La Antigua. Dos años después contrajo nupcias con el holandés Hans Risseeuw y se mudó a La Paz, Bolivia, donde se desempeñó como agregada cultural de la embajada panameña.

En 1989 viajó a Yakarta, Indonesia, junto a su esposo. Allí nacieron sus dos hijas, Natasha y Suzanna, que actualmente estudian en Holanda. Durante los siguientes diez años participó en un sinnúmero de exhibiciones en Panamá, Estados Unidos, El Salvador, Nicaragua, Argentina, Chile, Colombia, Santo Domingo, Bélgica, Italia, Indonesia, etc. La revista Glamour le otorgó el Premio de la “Mujer del año” en la ciudad de Miami, en el 2004.

En el 2007 su creatividad encontró una nueva forma de expresión: la escultura. Algunos de sus trabajos escultóricos fueron expuestos en el Hotel Four Seasons, en la capital mexicana. Uno de sus máximos logros como artista tuvo lugar el año pasado, cuando 37 de sus obras fueron exhibidas en el Palacio de las Naciones Unidas en Ginebra, Suiza, en la muestra Mujer, tierra y cosmos.

Una empresaria que no está a gusto

En su rol como mujer de alto perfil que frecuentemente es invitada a participar en foros y eventos artísticos alrededor del mundo, Olga ha tenido la oportunidad de conocer a personas de múltiples culturas, estableciendo contactos que han sido de utilidad al momento de buscar fondos para sus talleres infantiles. Hace unos años atrás, dos amigos oriundos de Chicago le propusieron lanzar una edición limitada de alfombras con diseños extraídos de sus cuadros. La empresa Khiva Fine Rugs confeccionó 25 alfombras que fueron vendidas en Panamá, a precios que oscilaban entre los cinco mil y los veinte mil dólares.

En el edificio de la Fundación Olga Sinclair es posible adquirir, a un costo que va de los 50 a los 200 dólares, pinceles, tarros de pintura, brochas y demás objetos que la creadora emplea durante su trabajo en su estudio, en el que, por lo general, pinta tres veces a la semana, de 5:00 a 11:00 p. m. Además de las alfombras y la memorabilia, el rotativo panameño La Prensa comercializa vajillas que reproducen tres obras suyas.

A pesar de que todavía no se siente completamente a gusto en su rol como empresaria, comenta que es una faceta que continuará explorando en el futuro, a pesar de que “los artistas no conocen de números”. “El secreto del éxito es estar en control de tus proyectos. No puedes delegar demasiado a los demás, porque así como pueden comercializar tu nombre también pueden prostituirlo”, sentencia. Luego de 40 años de un trabajo artístico tenaz, de una voluntad de acero que se esconde tras su semblante risueño, Olga Sinclair ha podido convertir su nombre en una marca de exportación. Incluso ha recibido ofertas de casas europeas para el diseño de bufandas y bolsos. A pesar de su éxito no ha perdido su espíritu solidario, del cual se benefician los niños de San Felipe. Tal vez uno de ellos siga su ejemplo y se deje arrancar de la condena de la marginación para volar, entre melodías y pinceles, a un destino tan vasto y radiante como el mar que baña las murallas del Casco Antiguo.

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