Beatriz González, la artista que no tiene modales

Fragmento de Ángel custiodio de Popallanta
Fragmento de Boceto de Netsion
Billares Bochica
Fragmento de Bachué
Fragmento de Autorretrato desnuda llorando
Auras anónimas (columbarios). Secuencia completa.
Asesinada mujer en hospedaje
Fragmento de Apuntes para la historia extensa 2
Fragmento de Apuntes para la historia extensa 1
Cada uno con su ofrenda III

El Museo de Arte Moderno de Medellín presenta una de las exposiciones más importantes del año: 50 años de la obra de Beatriz González, una artista transgresora que ha pintado la tragicomedia colombiana.

A Beatriz González le gusta molestar y, además no tiene modales. Eso dicen ella y Alberto Sierra, uno de los curadores de “La tragedia y la comedia”, su restrospectiva en el Museo de Arte Moderno de Medellín. Hace años,Beatriz se cansó de que en la prensa la catalogaran como una señora elegante y fina que pintaba. Se desilusionó de sí misma y semejante crisis de identidad la llevó a revelarse, a dejar la elegancia, la finura y quedarse sin modales. Eso, según Sierra, es lo que dicen de la gente de provincia: que va diciendo las cosas como le van saliendo. Pero para él se llama honestidad y de eso está cargada su pintura.

Beatriz es una mujer, colombiana y de provincia, factores que determinaron en algún momento su carrera. “Ser colombiana jamás va a ser una desventaja”, dice con la seguridad de que haber nacido en un país donde no pasa nada, seguramente la habría llevado a pintar naturalezas muertas ad infinitum. Aunque muerte si ha pintado y desde siempre. Primero como personaje, en los “Amantes del Sisga”, esos suicidas, cómplices y, quizás valientes (o cobardes dirán otros) que decidieron arrojarse a la represa porque no podían vivir en un mundo lleno de banalidades, lujuria y pretensiones. Luego, la misma muerte siguió rondando en sus mujeres que lloran, en la máquina represora del gobierno de Julio César Turbay y, ahora, en quienes desfilan con pequeños cajones entre sus manos y cargan los restos de los desaparecidos, encontrados en las entrañas de una tierra vengativa e injusta.

Ser mujer, por otro lado, fue difícil en la década de los 40, cuando se esperaba que fuera la artista dedicada a pintar flores y retratos, bien casada y hacendosa. La provincia, su Santander, alimentó la paleta de colores, por el privilegio que tuvo de ver atardeceres arrebolados, la profundidad del Cañón del Chicamocha y la fuerza de su naturaleza infinita.

No sabe qué sería de ella si hubiera terminado arquitectura, esa carrera que comenzó a la espera de encontrar el arte y halló la técnica y la construcción que jamás la inspiraron. No lo dudó y fue poco lo que permaneció en esos salones, para pasarse a los talleres de arte de la Universidad de los Andes y dice Sierra, que fue tremendamente afortunada, porque su “compañerito” de clases era Luis Caballero, el profesor Juan Antonio Roda y la mentora Marta Traba.

Su arte lo catalogaron como copia, porque reproducía las fotos que veía en los periódicos o hacía su versión de un Renoir y hasta el Guernica de Picasso, cuando el arte europeo llegaba a Colombia en unas reproducciones, quizás no muy fieles. “Las imágenes se evaporan en la prensa y ella selecciona ese grupo que refleja el dolor, para que la gente le dé a esas imágenes su verdadero valor”, dice Sierra. Es como la intención de querer guardar una memoria, clara, dolorosa, trágica, pero también cómica, de la misma ironía, de la misma vergüenza.

Beatriz González es una mujer metódica, rigurosa. Ha guardado sus 50, o quizás 60 años de historia pictórica, en unas fichas muy bien organizadas, por su “camiseta de investigadora” dice ella, con esa voz tranquila y casi silenciosa, con esas manos delgadas y ya frágiles, las mismas que han sido capaces de pintar el desafío, de ser honesta, o sin modales; de ser piedra en el zapato, de ser palo en la rueda, de ser memoria de una país que la pierde en cualquier esquina, de no quedarse callada y de molestar, como a ella tanto le gusta.

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