Carlos Arbeláez: “No soy cinéfilo. Soy terco”

Carlos César Arbeláez le llevó al mundo Los colores de la montaña y, a cambio, el mundo le dejó galardones.

Acaba de deshacer maletas después de una travesía por 30 festivales internacionales de cine. Carlos César Arbeláez le llevó al mundo Los colores de la montaña y, a cambio, el mundo le dejó galardones y un tarjetero enorme de contactos. Abrió el Festival de Cine de Cartagena el año pasado y ganó, entre otros, el premio Kutxa-nuevos directores en el Festival de Cine de San Sebastián. Llegó con un par de ideas en mente: “Lo más importante de una película es buscar la sensibilidad” y “a veces ser más provinciano es ser más internacional”. Por eso seguirá buscando historias entre las montañas de Medellín y sus personajes anónimos.

Aún le cuesta trabajo creer el éxito que obtuvo su primer largometraje entre la crítica especializada. Cuenta la historia de cómo fue posible hacer Los colores de la montaña como una enumeración rápida de hechos, en su mayoría desafortunados.

En 2001 realizó la primera versión, muy diferente de la que el público conoce. Duró dos años más buscando recursos, pero en 2004 se canceló el rodaje. Al año siguiente, resultado de una depresión por tener que abandonar su proyecto, surgió la idea de la película Eso que llaman amor. En 2006 envió al Ministerio de Cultura su último trabajo y, casi obligado por un amigo, su fallida obra anterior: justo la que resultó premiada. Se reanudó la búsqueda de apoyos para materializar la idea de unos niños que quieren rescatar su balón en un territorio minado, pero en 2008 se volvió a cancelar. “Por fin en 2009 la rodamos con muchas penurias, luego ganó en Toulouse y de ahí todo empezó a mejorar. Hay que ser muy terco para dedicarle nueve años a una película y no desfallecer”.

Dice que aún no tiene un sello único de director: “Hasta ahora me estoy haciendo como artista y creador”. Está experimentando, pero tiene algo en claro: “Me gusta el cine clásico”. Esto significa sencillez, honestidad, pocas luces artificiales, estilo documental, cámaras al hombro y artistas naturales. Su interés por los actores no profesionales lo justifica en la sensación de realismo que le dan a las historias y porque “en Colombia aún no hay una escuela muy importante de actores, muchos están formados en televisión”.

Desde sus inicios como documentalista, se inspira en el amor-odio que siente por Medellín. Justo ahora debe estar seleccionando los protagonistas de su segundo largometraje, que será un homenaje a esta ciudad, Eso que llaman amor; cuatro historias de amor, sobre todo entre familias, que en algún momento se cruzan. No habrá conflicto armado ni mensaje político, a diferencia de Los colores de la montaña, sino un relato sicológico y pesimista.

No se cree cinéfilo: “No me veo tres películas al día. Incluso pasan semanas sin ver nada. Me gustan más la literatura y la música”. Se graduó de comunicación en la Universidad de Antioquia “a falta de escuelas de cine”. Hizo cursos de cine en Cuba y Argentina, y cuando le preguntan si aprendió, responde: “La pasé bueno”.

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